martes, abril 28, 2009

El ladrón de melodías (VIII)

El viaje en avión me pareció eterno. Estaba ansioso por ver materializado mi esfuerzo. Y pronto estuve cerca del lugar que reflejaba el mapa. Se trataba de una de las playas más aisladas del Estado. En los alrededores sólo se extendían algunos núcleos de viviendas residenciales, y el resto estaba ocupado por espacios secos y arenosos. Por suerte, encontré un grupo de bungalows relativamente próximos a la zona donde yo intentaría encontrar el templo.

Para llegar a la orilla, era necesario descender un inclinado camino de tierra que parecía no acabar nunca. En ocasiones tenía que apartarme para dejar pasar camionetas con tablas de surf en el remolque o atadas al techo, y la mayoría adornadas con hojas de palmera. A mi derecha crecía una pared rocosa. A la izquierda, una hilera de pinos, salpicados por algunos matorrales, mezclaba su aroma en el aire salado. El camino giraba sutilmente hacia la derecha. El viento, cada vez más fresco, era una señal de que la playa estaba cerca.

Desde abajo, el espectáculo era sorprendente. La playa se alargaba hacia el fondo, separada unos quinientos metros de una pared de rocas. El mar emitía destellos bajo el sol de la tarde, pero en la orilla se rompía en grandes olas. El viento soplaba fuerte. Los bañistas hablaban en corro o dejaban pasar el tiempo estirados en sus toallas. A veces, de entre las olas emergía la figura de un surfista sobre su tabla. Cada cierto tiempo alguien tomaba entre los brazos una tabla y la deslizaba sobre la orilla, aprovechando un momento de calma. El resto aguardaba junto a las camionetas, aparcadas muy cerca de las rocas, y con las tablas de surf desperdigadas sobre la arena o apoyadas en los vehículos.

Empecé a recorrer la playa. Nunca he sido demasiado susceptible, pero al pasar junto a los grupos de surfistas me daba la impresión de que clavaban sus miradas en mí. A veces aplaudían las arriesgadas piruetas de uno de ellos sobre las olas. Si estaba cerca, aplaudía también, intentando disimular para los demás la sensación de intrusismo que me asaltaba.

Poco a poco los dejé atrás. La playa quedó desierta. El lugar tenía que estar próximo. Mis ojos no se apartaban un momento de las rocas, buscando algún indicio del templo en toda la uniformidad.
No recuerdo cuánto tiempo estuve caminando. Quizá una hora, en absoluta soledad. Por eso me asusté al ver que una figura alargada salía desde detrás de unas rocas, varios metros por delante de mí, y se acercaba hacia donde yo estaba.

Medía aproximadamente dos metros y vestía un pequeño bañador. Su piel estaba tostada por el sol. Era más bien delgado, pero de músculos perfectamente definidos. Su corte de pelo parecía el de un mohicano, rapado en la parte superior del cráneo y largo y rubio en los lados. A pesar de esta imagen imponente, sus ojos, azules y de mirada nítida y afable, me tranquilizaron.

–¿Puede esperar un momento conmigo, por favor?

Su voz era grave y segura.

–No tengo tiempo.
–Sabemos lo que está buscando. No se incomode, lo ha encontrado. Pero primero hay que seguir los pasos.

No tenía otra opción. No me veía capaz de hacer frente a aquel gigante educado, aunque sus últimas palabras me inquietaban. Mi mente flotaba aturdida, esperando una explicación que diera sentido a la situación en que me encontraba.

Escuché el traqueteo de un motor desde el lado de la playa que ya había recorrido. El gigante cruzó los brazos y fijó la mirada en la dirección de la que provenía el ruido. En unos minutos llegó una de aquellas camionetas decoradas con hojas de palmera.

–Métase en la parte trasera.

Pensé en salir corriendo, pero no tenía ninguna posibilidad de escapar. Me subí a la camioneta. El conductor era un hombre musculado y con el pelo largo y rubio. Su sencillo atuendo constaba de unos pantalones cortos y unas sandalias. Dio la vuelta y recorrió la playa en sentido inverso. Volvimos a pasar al lado de los grupos de surfistas y subimos la cuesta que conducía a la playa.

–¿Me puede decir adónde vamos?

Tardó unos segundos en responder.

–No.

Media hora después me acompañaba por la entrada de una casa de dos pisos, de amplios jardines y donde el color blanco de las paredes comenzaba a apagarse por la caída de la tarde. Atravesamos una piscina donde dos jóvenes, tumbados sobre colchonetas y con vasos de cóctel en las manos, conversaban y sonreían. No nos miraron al pasar, como tampoco lo hizo la mujer rubia y exuberante que estaba fuera del agua, en bikini y recostada en una hamaca, pintándose las uñas de los pies.

CONTINUARÁ