lunes, mayo 04, 2009

El ladrón de melodías (IX)

Entramos en la casa y recorrimos un pasillo alfombrado. En una de las paredes colgaba un cuadro, casi ocupándola por completo, donde se veía un mar y algo semejante a una bola luminosa. Subimos unas escaleras y llegamos a la segunda planta.

Todas las ventanas estaban abiertas. El suelo, de baldosas blancas y brillantes, recogía los últimos rayos del sol. Llegamos a un despacho. La puerta estaba abierta.

–Entre –dijo mi desconocido y silencioso acompañante, antes de marcharse.

Detrás de la mesa, un hombre con evidente sobrepeso, de pelo cano y vestido con una camisa de manga corta a rayas rojas, me observaba a través de sus gafas excesivas, un modelo de pasta excéntrico que le ocupaba la mitad de la cara. Me estaba esperando, y parecía muy tranquilo. Tenía las manos una sobre otra.

–Buenos días, señor Alejandro.
–Hola, ¿cómo conoce mi nombre? ¿Y qué hago yo aquí?
–Usted sabe muy bien lo que hace. Lleva años buscando el templo de Apolo y por fin lo ha encontrado. No hace falta que disimule, conocemos cada uno de sus movimientos y no hay lugar a la duda.

Su voz era tan pausada y ausente de cualquier matiz agresivo que dejé de sentirme tenso. La ventana del lateral de la habitación estaba abierta y dejaba pasar aire con olor a pino, a viento fresco y salado y a cloro de piscina.

–Voy a ser todo lo breve que pueda, pero hay una serie de cosas que usted debe conocer. En primer lugar, tengo que decirle que le hablo en nombre de una sociedad dedicada a guardar el templo de Apolo. En estos momentos, yo soy el director, aunque no puedo decirle mi nombre. Llevamos muchos años en activo, miles de siglos. Puede decirse que gestionamos el uso que se hace del papiro. Entienda que la magnitud del secreto obliga a una máxima discreción.

Se levantó y empezó a caminar a un lado y otro de la mesa, con las manos apretadas detrás de la espalda.

–Como le he dicho, hace siglos que no cesamos en nuestras actividades de vigilancia, que incluyen tanto detectar a buscadores del templo de todo el planeta como mantener el secreto de su localización y preservar el papiro. A pesar de todo, hasta hace poco no tuvimos algo realmente concreto que vigilar. Anteriormente, conocíamos de forma aproximada el lugar donde debía estar el templo. A principios de los años cincuenta alguien llevó a cabo una serie de obras en la pared rocosa que usted ha visto esta tarde. Se derrumbaron algunas rocas y, ante la sorpresa de los obreros, surgió el templo de Apolo de su escondite milenario. Inmediatamente nos encargamos de que no se divulgara el secreto, y tuvimos que planear nuevas estrategias de vigilancia.

Se detuvo un momento frente la ventana, observando el exterior. Estaba de espaldas a mí, pero continuaba hablando.

–El templo se mantenía intacto. Parecía recién salido de la antigüedad. E incluía el papiro, también perfectamente conservado. Todo esto provocó en el seno de nuestra organización muchas controversias. Surgieron propuestas de muy distinto tipo. Algunos eran partidarios de quemar el papiro. Otros hablaban de lo necesaria que era su divulgación a toda la humanidad. Llegamos a la conclusión de que aquella fuente de belleza sobrehumana no podía permanecer tan sólo en nuestras manos. Fue el único punto en que empezamos a apartarnos de las raíces tradicionales de nuestra sociedad, que sólo hacen referencia a la vigilancia. De algún modo, queríamos que la humanidad saliera beneficiada. Éste es el motivo por el que usted está ahora mismo aquí. Sin embargo, su reproducción masiva sólo podía llevar al caos y a la confusión. Conducir repentinamente a todo el mundo a un nuevo estado de conciencia, sin ninguna progresión y de un momento a otro, supondría un peligro de insospechadas consecuencias para la especie humana
–¿Qué quiere decir con que debo mi presencia aquí a ese cambio de orientación?
–A que finalmente optamos por un término medio. La humanidad iba a beneficiarse del descubrimiento, pero poco a poco, a lo largo de los siglos. Sería posible acceder al papiro, pero sólo lo harían aquellas personas que lo estuviesen buscando. Conocemos todas las fuentes donde los autores clásicos ocultaron las pistas. Nos hemos desarrollado lo suficiente para detectar a las personas que están manejando esta clase de ediciones y someterlas a seguimiento, hasta que estamos convencidos de que han descubierto el secreto.
–¿Y entonces?

Se sentó de nuevo detrás de la mesa del despacho.

–Pues entonces, esta persona merece acceder al papiro. Pero tenga en cuenta que hay toda una serie de restricciones.

Abrió un cajón de la mesa, del que extrajo una hoja de color azul con varios puntos. Enseguida me quedaron claras las reglas de la sociedad:

1- No divulgar el secreto.
2- No exceder el tiempo permitido.
3- No acceder al papiro sin permiso.
4- Respetar las decisiones de uso de la sociedad.

–El primer punto es sencillo –me dijo. E incluso es de sentido común, porque comprenda que cuanta menos gente conozca el secreto, más se beneficiará usted de lo que pueda obtener. El segundo punto tampoco entraña demasiadas dificultades. A usted se le asignará un tiempo determinado de contacto con el papiro, y bajo ningún concepto lo sobrepasará. El tercero es bien sencillo. Y el último es indiscutible. Quiero decir que nosotros decidiremos el uso que usted va a hacer del papiro: cuánto tiempo podrá examinarlo y las veces que podrá volver.
–¿Son limitadas? ¿En qué se basan para decidirlo?
–En aspectos que nos reservamos. Pero tenga en cuenta que lo calculamos todo y que las decisiones nunca son arbitrarias. Sencillamente, si se le dice que no va a poder volver, se limitará a no volver. Quizá con suerte, al cabo de los años, se le permita acceder de nuevo.
–¿Lo usa mucha gente?
–Desde los años cincuenta, en total una treintena de personas, contando activos, es decir, los que pueden volver a usarlo, e inactivos, los que de momento no han vuelto a tener acceso. No todo el mundo ha sabido aprovecharlo por igual, pero le aseguro que los mejores músicos han pasado por el templo.
–¿Por ejemplo?
–Comprenda que no se lo puedo decir.

Sin embargo, en mi cabeza ya aventuraba posibilidades. Brian Wilson manipulaba el papiro y anotaba las canciones que lo convertirían en el más importante autor del pop. Arthur Lee aparecía en el ensayo con un puñado de canciones formidables y lo justificaba como un arrebato de inspiración propiciado por el presentimiento de su propia muerte. Burt Bacharach solía hablar de la complejidad musical necesaria en una buena composición, pero a solas se limitaba a interpretar los códigos extraídos del papiro.

Aquel hombre se levantó del asiento con una agilidad sorprendente para su tamaño, y me acompañó hasta la puerta del despacho.

–Usted debe estar mañana por la mañana a las diez en el mismo lugar de la playa donde le han visto los vigilantes.
–¿Los vigilantes? ¿Se refiere a todos los surfistas? ¿Son miembros de la sociedad?
–Así es. Y otra cosa. Espero que usted conozca las notaciones musicales clásicas.
–Soy experto.

Me tendió la mano.

–Un momento, ¿cuánto tiempo podré estar?
–Lo sabrá usted mañana. No se preocupe, y considérese un afortunado. Buenas tardes.

Al salir por el pasillo alfombrado presté más atención al cuadro que ocupaba la pared. La bola luminosa descansaba sobre un carro, con varios caballos atados alrededor. El mar reflejaba un cielo que parecía el del amanecer, de color naranja, más vivo y rojizo cuanto más cerca estaba de la bola. En una esquina, tendido sobre la arena, un hombre dibujaba formas circulares en un papel.

CONTINUARÁ