lunes, abril 07, 2008

Martin Newell, el genial secundario de Wivenhoe

Por Manolo Martos


Levantemos nuestras jarras en honor de aquellos que logran mantener el pop en las regiones de la verdad, evitando su olvido por culpa de los protagonistas egocéntricos y absolutos de La Gran Historia Oficial del Rock. Volvamos a levantarlas, pero sin triunfalismos; sonriendo con una leve sombra de cólera, pero sin malevolencia, en honor a uno de esos personajes de fondo, desenfocados, que a pesar de su condición subalterna se han vuelto imprescindibles en el afecto de bastantes seguidores de las melodías pop sinceras, humildes y entonadas.

Se trata de Martin Newell, el llamado bardo de Wivenhoe, encargado de trasmitir las historias, leyendas y poemas de su tierra; ejemplificando durante todos estos años esa cualidad de ser el excéntrico almacén de toda la esencia pop inglesa heredada de los Beatles, Kinks, Syd Barret… ya saben. “Pop tradicional inglés como solía hacerse en los sesenta”, dice, con los valores-guía de buenas canciones hechas espontáneamente, sin estar sobreproducidas, y con letras llenas de modestas viñetas de todas esas pequeñas cosas de la vida británica que son salvables y que están desapareciendo, cada vez más rápidamente: la cortesía, la campiña y la vida rural , el cambio de las estaciones… Lecciones regocijantes que resumen la visión de un mundo potenciada, además, con su labor como poeta y esa costumbre de vestir de modo dickensiano (¿no recordamos a Dickens mejor por sus personajes secundarios? ¿No es acaso el criado Sam Weller el que logra mantener el interés durante la lectura de Los papeles del Club Pickwick?), con lo que tenemos una especie de reliquia de atmósfera victoriana. Como un agradable olorcillo de ostras y cerveza negra… añadiéndole otro de sidra casera y marihuana, para rebajar un posible clasicismo encorsetado. Sobre todo en los primeras tiempos de la carrera de este ilustre excéntrico no egocéntrico.

“Debo de haber sido el único tipo del mundo en unirse a una banda para escapar de las drogas”

Colchester -noreste de Essex-, sobre 1973, y con veinte años recién cumplidos. Sus comienzos musicales fueron producto de su tiempo: The Mighty Plod, una banda glam rock. “Éramos la respuesta a The Sweet, en caso de que The Sweet fuese una pregunta”. Al mismo tiempo, formaba parte de una generación demasiado joven ya para ser hippies y que sentía que se había perdido el norte viendo a músicos ingleses con largas barbas que hacían largos discos de rock progresivo o que pretendían sonar como los Eagles. La leyenda cuenta que, finiquitada la aventura con The Mighty Plod, llegó a flirtear con aquellos London SS que fueron la semilla punk de la que germinarían The Damned, Generation X o The Clash. Respondió al anuncio en el que pedían un cantante “verdaderamente salvaje”, pero no llegó a ir a la audición.

Él dice que su introducción a la fama fue “Young Jobless”, el single que hizo para Liberty en 1980. Lo ponían en Radio One, y él lo escuchaba mientras fregaba platos en un restaurante. Ya vivía en Wivenhoe, cerca de Colchester, y llegó a tomar notoriedad por culpa de algún periódico que, a causa de la letra, quiso convertir a nuestro Martin en un recluso drogata y paranoico. “Muy importante, porque eso fue lo que me impulsó a formar The Cleaners From Venus”.

Canciones a cambio de bolsitas de té

Era 1981, y estaba determinado a hacer canciones pop directas, con malas o buenas letras, pero siempre música pop instantánea: “Bonitas melodías con algún toque psicodélico a las guitarras. En realidad era muy ingenuo: me gustaban los Beatles, los Monkees… ese tipo de cosas. Para qué complicarlo con otros aspectos intelectuales o técnicos”.

Se compró un portaestudio TEAC 144 (“Andy Partridge, Captain Sensible de The Damned… todos teníamos el mismo”), y junto a Lawrence –Lol- Smith (el que secaba los platos en aquel restaurante), comenzó con la aventura de los Cleaners From Venus, distribuyendo lo que grababan en cintas. “Fuimos los inventores de la cassette underground”. Estaban dispuestos a no comulgar con el sistema impuesto. Culpa del amigo Lol, muy metido en cuestiones alternativas (alguien “absolutamente sin ninguna disciplina, pero brillante y divertido”), que seguro le pasaba tratados anarquistas entre platos y cucharillas. Fueron unos comienzos llenos de pensamientos ingenuos y subversivos. “Si nosotros queríamos hacer música, y al parecer había gente que quería escucharla, la cuestión estaba en cómo sacarla de nuestros corazones y, a través de los dedos, meterla en los oídos de la gente sin que interfiriera toda esa plétora de parásitos de la industria. Aquel eslogan de Lennon: “¿Y si hubiera una guerra y nadie fuera?” Pues eso: ¿y si nadie firmara con las compañías de discos?” Y comenzaron a distribuir su música por correo, a cambio de… “Yo qué sé… alimentos no perecederos, ¡cualquier cosa! Pero cuando vimos que no podíamos costearnos los gastos de correo con bolsitas de té, intentamos entonces vender las cintas lo más barato que pudimos. Fuimos pobres pero felices”.

Los fanzines hicieron su bendito trabajo (especial mención para Joachim Reinbold, quien al frente de Jarmusic ha distribuido durante todos estos años el material de Martin Newell, cuidando de que siga habiendo vinilo en sus discos), y la cinta que hacía la número cinco (Under Wartime Conditions) se convirtió en el primer álbum de los Cleaners, editado en Alemania por Modell en 1985.

Going To England (Amunnition, 1987) fue el siguiente, ya en Inglaterra. En él está “Living With Victoria Grey”, una de esas canciones de las que cuesta evitar pensar que se trata de su composición más memorable. No olvidemos tampoco otras notables canciones del repertorio Cleaners incluidas en este álbum, como “Girl On A Swing”, “Mercury Girl” o “Illya Kuryakin Looked At Me”. Llegaron a vender unas 10.000 copias, y hasta el nombre apareció en un crucigrama de Sounds por navidades. Por entonces Martin ya contaba con la ayuda de Giles Smith a los teclados (otro de los compinches en su carrera musical, como lo fueron Lol Smith, Captain Sensible o el siguiente, Nelson).

Town and Country (Ammunition, 1988) fue el tercer y final álbum de los Cleaners (ya sin Lol, y en el que destaca “Felicity”, compuesta por Giles Smith), con lo que la aventura da un total de siete años, ocho cassettes y tres álbumes, resumida en un par de recopilatorios sacados por Tangerine Records, aquel sello de reediciones tan especial que logró propagar a principios de los noventa precisamente ese particular aroma tan inglés del que Martin Newell es tan culpable. Un sello que bien merecería una cariñoso recuerdo (Paul Bevoir y sus Jet Set; Squire!; Direct Hits…).

Esos recopilatorios (Golden Cleaners y Back From The Cleaners) recogen su más sustancioso talento pop, dejando aparte sonidos rudimentarios y espontáneos de gran significado para él, porque “es en las cintas donde se encuentra el verdadero espíritu, pues una vez firmado con las compañías de discos, enseguida te ponían ingenieros y músicos para parar todo aquel sinsentido. Pensábamos que la música debía hacerse instantáneamente. No creíamos en la laboriosidad y el refinamiento de los artesanos. El desorden era mucho más divertido. Sigo adorando la imperfección, el sonido barato. Es lo que evita a los profesionales y a los tecnócratas. Siempre prefiero pensar: “¡Anda! ¿Ya es la hora? ¿Quién se apunta a una cerveza?”. He aquí el espíritu de Sam Weller, el personaje que ejemplificó el incesante torrente de sinsentidos llenos de cordura. Volvamos a levantar esas jarras en honor de aquellos secundarios que supieron hacer de ello un ideal de vida buena.

Del problema de ni siquiera saber cómo ser corrupto, de la vida rural y de cómo conocer Inglaterra en bici.

Demasiada presión, demasiada profesionalidad para el gusto de Martin en los últimos tiempos de los Cleaners: “Todo el mundo veía oportunidades para hacer dinero, carrera, ambiciones, y yo nunca estaba hambriento por el dinero. Me gustaba la atención, claro; las entrevistas, conocer a gente… El problema es que soy un inocentón, y cuando los demás me empujan demasiado, lo dejo y me voy”.

The Brotherhood Of Lizards fue el intento de regresar al espíritu de los Cleaners. Él suele comparar toda aquella época con un barco, y los Cleaners fueron “la balsa con un par de calzoncillos por bandera” con la que él y Lol navegaron hacia las profundidades del negocio musical. Para los dos últimos álbumes, cuando Giles entró, la balsa se convirtió en una especie de goleta más pulida en la que ya ondeaban unos pantalones con remiendos, “pero a mí no me gustaba ser tan pulido, así que quise regresar sobre un bote, remando con Nelson.” Nelson es su amigo Peter Nice, que empezó como bajista en los últimos tiempos de los Cleaners y acabó siéndolo de los mucho más famosos New Model Army. Sigue viviendo en Colchester, colaborando con Martin y, Dios los bendiga, saliendo en bici con él.

Así pues, Martin Newell había decidido acabar con los Cleaners From Venus, y Nelson se quedó con él. Músicos callejeros y pobres, pero allí estaba el Capitán Sensible para prestarles una grabadora y conseguir que su música se siguiera escuchando gracias a que Andy McQueen les ofreció la oportunidad de grabar un elepé en su sello Deltic, “Sin que costara mucho, nada opulento”. Y con sesiones a las que iban en bici y en las que grababan entre gallinas, conejos y gatos, finalizadas con la cerveza que hacía en casa o yendo al pub, terminaron Lizardland en el verano de 1987. Venititrés libras costó. Así lo cuenta en las notas del álbum, tomando la costumbre de dejar en cada disco suyo una serie de comentarios de tanto agrado para sus fans como la música que contiene.

-“Y ahora supongo que no habrá oportunidad de hacer alguna gira, ¿no?” les dijo Andy McQueen, al finalizar el disco.
-“Pues sí, pero va a ser en bicicleta”, replicaron.

Aquella gira fue famosa (“La mejor que he hecho en mi vida”), y tuvo su eco en los medios gracias a la corriente de conciencia ecológica a favor; aunque siempre, por mucho que cambiaran de dirección, se encontraban con el aire en contra. Es la eterna ley que sufrimos los ciclistas.

Hasta que llegó el día de 1990 en que los New Model Army necesitaban a un bajista y alguien se acordó de que Nelson era un buen bajista y EMI le ofreció el puesto. “Íbamos pedaleando por los llanos de Salisbury, en silencio. Llegó un momento en el que le dije: 'Nelson, tienes que cogerlo, sabes…'. Unas cuantas millas más en silencio, hasta que murmuró: 'Sí, supongo'”.

“Cuando el mundo corre ya demasiado deprisa, me dedico a la jardinería”

Fue el final de otra bonita aventura. No podía seguir, puesto que Nelson lo había dejado todo para irse con él, tras los Cleaners. No, no merecía ser reemplazado por alguien. Así que Martin se dedicó a escribir, cansado de la música, decidido a vivir en la pobreza escribiendo poesía y versos ligeros, “En vez de ser robado a ciegas por gente del espectáculo con una caja registradora por corazón”.

Lo curioso es que como escritor sí que le llegó el reconocimiento de inmediato. Alguien leyó un divertido poema suyo sobre los cantantes pop en Radio One (de nuevo Radio One) que generó interés, y alguien de los tiempos de The Cleaners From Venus que trabajaba para The Independent le llamó y le ofreció una columna semanal. De repente, Martin se había convertido en un poeta cuyos libros se vendían.

Hasta que llegó un día de 1991 o 1992 en que recibió la llamada de Andy Partridge, preguntándole si tenía más libros publicados. Y Martin le pasó su segundo libro a cambio del disco Nonsuch. Bonito trueque. Fue Kevin Crace, del sello Humbug, el que tuvo la idea de que Andy podría producirle un nuevo álbum. “Vale, mándame algunas canciones.” Y escuchó sus demos y le dijo: “Pues no son nada malas, Martin. No me explico cómo no eres más conocido”, sorprendido.

Y fue así que dos personas que en muchos aspectos parecen almas gemelas -dicho por amistades de ambas partes-, se unieron para dar al mundo uno de los más grandes discos de música pop inglesa. Las sesiones de grabación se hicieron en el estudio que Andy tiene en el cobertizo de su casa, y parece que todo se conjuró para conseguir que un título como el de The Greatest Living Englishman tuviera un reflejo sonoro acorde. Ambos pasaban por parecidas crisis de pareja, y cuentan que se reconfortaron mutuamente utilizando el duro trabajo como terapia. Martin lo tiene claro: “Es lo mejor que he hecho en mi vida. Cuando me muera, podré decir con orgullo que esto es lo que dejo al mundo”.

La forma en la que las demos fueron presentadas a Andy pasaron el control de su legendaria meticulosidad. “Yo ya sabía que Andy tiene fama de ser un cruce entre Mussolini y Papá Noel, pero no hubo ningún problema. Cuando las tomas empezaban a superarme, siempre daba un descanso para tomarnos un té.” Andy se ocupó de la batería ringostariana, de esto y de lo otro –toques XTC-, y Martin dejó unas cuantas clases prácticas del jingle jangle más efervescente. “Mi guitarra de siempre fue una Hofner del 58, aunque en los tiempos de los Cleaners ya usaba una Rickenbacker 330 fireglo”. ¡Vaya, menos mal que no era músico!

Que alguien pida otra ronda, mientras nos imaginamos a Andy y a Martin con sonrisa de gato de Cheshire, metidos en aquel cobertizo. “Mi única contribución técnica fue conectar una radio de cocina a la mesa del estudio, para ver si las canciones pasaban la prueba definitiva de escucharlas a través de una radio de toda la vida”. Para qué elegir algunas canciones, cuando comienza con “Goodbye Dreaming Fields” y termina con “An Englishman’s Home”, pudiendo volver a escucharlas todas otra vez sin que la magia decaiga. Una magia que transmite la solemne jovialidad de la amistad, las aventuras erráticas por los viejos caminos ingleses, la hospitalidad de las viejas tabernas, la amabilidad elemental y el honor de los antiguos modales ingleses. Y la gradual pérdida de todo eso. Uno de esos discos no muy numerosos en el que el todo es mayor que la suma de las partes.

Las primeras copias del álbum fueron acompañadas por Live at The Greyhound, grabación en vivo de su libro de poemas en el pub de Wivenhoe. “Si llegara cualquier día al pub diciendo que soy famoso como músico, que me conocen en Alemania o en Estados Unidos, pensarían que estoy mintiendo o que me he vuelto loco.” Pero las respuestas al disco fueron entusiastas, y hubo giras por Japón y por Francia acompañado por su compinche Captain Sensible y por Dave Gregory; y conciertos en Inglaterra abriendo para Robyn Hitchcock (otro buen ejemplar de lo que por aquí nos traemos), y los recopilatorios de Tangerine y la reedición CD en USA de Lizardland… ¡Graciosa bondad! Martin había dejado la música para ser un jardinero profesional y entonces convertirse rápidamente en un escritor con obra publicada. Y ahora ese interés por su carrera musical, él que nunca se había considerado músico y que no esperaba que alguien se acordara de lo que hizo, y que un buen día pensó que esto de escribir fue lo que siempre tuvo que haber hecho y que quizá nunca debió ser un cantante pop… Su carrera musical pegaba otro estirón. La graciosa ironía es que cuanto menos se preocupó por hacer música, más interés han despertado sus discos.

Reconócelo, Martin: “En Inglaterra somos buenos haciendo música pop. Es una de las pocas cosas en las que soy patriota. Tuvimos a la mejor banda pop del mundo, si bien los americanos consiguieron la segunda mejor… The Beach Boys, por supuesto.”

De cómo grabar canciones en el bosque de Wivenhoe

En 1995 salió el EP Let’s Kiosk con “The Jangling Man” del álbum al frente, junto a tres canciones nuevas en las que el propio Martin coge las riendas de la producción, entre las que sobresale, quizá, la sensible belleza atmosférica de “I Will Haunt Your Room”. Pero todavía quedaba alguna que otra escrita en la cocina de Andy Partridge, así que con los ánimos de éste llegó un nuevo álbum, The Off White Album (Humbug, 1995), hecho en veintitrés días de trabajo, esta vez con el admirado Louis Philippe a los mandos (otra buena idea de Kevin Crace), quien hizo unas sesiones de producción al parecer tan interesantes y entretenidas como las que a él solía hacerle Richard Preston en sus discos para Records. “Louis posee una gran sensibilidad; muy europea, muy clásica. Es un maravilloso arreglista de cuerda. Y si bien suele desplegar la urbanidad de un intelectual parisiense, a veces sabe ser tan crudo y campechano como un veterinario rural.”

Si encima contó con la ayuda en las guitarras de Dave Gregory, la cosa estaba fácil para dejar convenientemente estampada una nueva colección de canciones. Aquí están “The Girls In The Flat Upstairs”, que la cierra de manera emocionante, o “Miss Van Houten’s Coffee Shoppe”, declarado intento de cómo Brian Wilson pudo haber hecho su disco The Village Green. También nos encontramos con una versión, “Some Girls Are Bigger Than Other”, de los Smiths… “Para demostrar que también soy capaz de arruinar las canciones de otros.”

Que muestra cómo la poesía y la música van juntas en tándem por la campiña inglesa

Al año siguiente aparece Box Of Old Humbug, conteniendo estos dos elepés y el EP. Para entonces Martin se había reconcentrado otra vez en su faceta de escritor y poeta iconoclasta, acomodándose en su querido hábitat rural, buscando en soledad el acompañamiento de sus libros y sus extrañas costumbres que son producto de mantener un brioso toque bohemio junto a una elegancia discreta. Sálvanos entonces, Señor, de las costumbres “normales”. Qué manera de tener que ser un exiliado en tierra propia. “Así pues, comparto con gente como Captain Sensible, XTC, Robyn Hitchcock, Stephen Duffy de Lilac Time, Julian Cope y unas cuantas personalidades más eso de ser excéntricos chiflados, ¿no? Si chiflado significa no ir por ahí en coche con una terrorífica música a toda leche, dejando que el envoltorio de Big Mac le caiga encima a ciclistas desprotegidos, entonces posiblemente sí que seamos unos excéntricos chiflados.”

Fue cuestión de tiempo que el compositor que sólo hace cosas por diversión se encontrara con la compañía de discos que sólo edita cosas que le gustan; “Que el artista que no se preocupa por su carrera se encontrase con el sello que no utiliza la promoción.” Cherry Red sigue sobreviviendo –y bien: ahí están su multitud de sellos dedicados a la reedición de buen material-, tras más de veinticinco años instalados en el lado izquierdo de los sellos discográficos en Inglaterra. A nadie le extrañó que Martin Newell retomara sus composiciones para editarlas en Cherry Red, que en 1999 preparó el retorno con un generoso recopilatorio, The Wayward Genius Of Martin Newell, para repasar toda su carrera. Pero no, tranquilos que “no habrá colaboraciones con Burt Bacharach, ni intentos de que Tom Jones versionee 'Wake Up and Smell The Offy', ni supermodelos… Probablemente habrá alguna pinta de cerveza, para después regresar al trabajo.”

En octubre del 2000 nos encontramos pues con un nuevo álbum, The Spirit Cage, presentado bajo unas ilustraciones inspiradas en los momentos de regocijo de las clases plebeyas en la época victoriana, y producido por su colega Nelson, con la ayuda en el último momento de, nuevamente, Andy Partridge: “Al enterarme que los de Cherry Red hacen los másters en un pequeño estudio en Swindon, llamé a Andy, quien acudió rápidamente para ayudar en los toques finales de sonido. Uno de esos accidentes felices.” Un nuevo festín para los pobres, con algún puñado de excelentes canciones de la marca Newell, sobre todo en la primera mitad del disco: “Wake Up And Smell The Offy”, “My Old School” (muy wilsoniana, como el ejercicio a capella de “Lily’s Lullaby” que cierra el álbum), “You Slay Me”, “Sugarcane”, “A Smash Bird Like Brenda”…

Y lo mismo tenemos, un par de años después, con Radio Autumn Attic (Cherry Red, 2002). Ya era el poeta más publicado en el Reino Unido, y pocos sabían de su faceta como músico, “Y los que la conocen me preguntan, de tanto en tanto: 'Martin, ¿aún sigues con lo de la música?', como si se tratara de una enfermedad venérea.” Los que nunca se interesaron ni se molestaron en esa carrera se lo perdieron, pero incluso muchos de los que alabaron trabajos como The Greatest Living Englishman tampoco parecieron preocuparse por sus discos posteriores, seguro que caprichosamente menores, pero igualmente bendecidos por los seguidores de alguien que nos tiene ganados con esa sana actitud de quien se toma en serio, como diría el gran Chesterton, el acto de correr tras su propio sombrero, sabiendo que a veces nada hay más gozoso que disfrutar de las cosas ridículas.

Propuesto como si se sintonizara una radio europea en Marte, el disco contiene aquí y allá las típicas cuñas promocionales, y un extracto de su libro This Little Ziggy en el que recuerda sus primeros pasos en esto de la música. De nuevo con Nelson a los mandos, al bajo “y al modesto violín”, el disco se abre con “The Duchess Of Leylandia”, compendio de la impronta de Brian Wilson al piano, los Beatles en esos toques de guitarra, y un final con esa clásica manera suya de estirar la melodía al cantar, como dejándose caer por una montaña rusa, para rematar con esos toques a los teclados a lo Procol Harum tan de su gusto, también. Pero trae más canciones para añadir a la antología: “The Wicked Witch”, rociada con olorosa psicodelia; “Life As A Broken Doll”, otro buen ejercicio jangle; “When We Were A Thing”…

Jarmusic añadía en el verano de ese mismo año un EP con cuatro canciones nuevas, Songs From The Station Hotel, que presentaba de portada una bonita foto antigua de ese pub de Wivenhoe. Fue la última edición exclusiva con material de interés del sello de Joachim Reinbold, que ha seguido con las tareas de distribución del catálogo de Martin Newell hasta hace muy poco. Su labor para los seguidores ha sido como maná caído del cielo. Martin quiso agradecérselo dándole esas canciones para que las editase.

En que el viejo se lanza a su tema favorito, y de las consecuencias que hubo

En 2004 Cherry Red añadía Living With Victoria Grey. The Very Best Of… a la cesta de recopilatorios cuando apareció The Light Programme (Cherry Red, 2004), un nuevo y sorprendente álbum en el que se nos presenta trajeado y con el pelo engominado, en plan crooner dispuesto a satisfacer a un auditorio de gente mayor. El motivo hay que buscarlo en el uso más frecuente del piano, en vez de la guitarra, como herramienta para componer, pero sobre todo en la influencia de un nuevo amigo: Richard Shelton, un cantante de jazz para el que empezó a componer algunas canciones. ¡A ver si nuestro hombre va a terminar siendo una referencia en el cancionero popular inglés!

Así que éste es el disco easy listening en plan jazz ligero de Martin Newell, en el que volvemos a encontrar a Nelson, y esta vez a otro viejo compañero, Giles Smith, al piano. Un álbum sin guitarras pero con algunas canciones que no las necesitan para entrar en la dorada selección del mejor Martin Newell destilado: “After The Boy Gets In”, “Grenadine And Blue” (compuesta para Richard Shelton) o “Trinity Square” mantienen el estilo de la casa.

Caprichos inesperados, resultado de hacer siempre lo que en cualquier momento le pareciese una buena idea. Y conclusiones consecuentes: “Tuve que hacer un álbum de estilo jazzy para aprender de verdad qué es lo mío”.

Regreso al pop autorrefrescante

A Summer Tamarind (Cherry Red, 2007) fue la consecuencia de aquel disco jazzy: “Tras aquello, quise hacer un disco soleado, porque tenía que volver a hacer lo que mejor sé hacer: alegre pop inglés. En música sólo sé hacer una cosa razonablemente bien. Otra gente de mi edad forma grupos de blues y eso, diciendo que quieren regresar a las raíces. Yo no consigo ver cómo cinco profesores de geografía que intentan tocar como viejos músicos negros pueden regresar a sus raíces, pero en fin. Mis raíces fueron los singles de pop inglés con los que crecí. No me entusiasma el folk, ni sé bailar, ni soy irlandés, ni tampoco lo suficientemente inteligente como para tocar jazz. Por eso hago lo que hago. Uno debe hacer lo que sabe, y hablar de lo que conoce. No me veo escribiendo una canción sobre la Ruta 66, porque nunca he estado allí. Podría hacerlo sobre la A12, aunque ya sé que es muy aburrida.”

Las sesiones de grabación de A Summer Tamarind duraron veinte días, y con mayoría de primeras o segundas tomas, “Y ahí lo dejamos.” Para este disco, Martin ha contado con la ayuda en la producción del ingeniero Carl Seager, ayudando también al bajo y a la guitarra en algunas canciones y ocupándose, en todas, de la batería (“Y es una de las de verdad”).

Como por aquí uno también tiene sus debilidades, lo primero que llama la atención es “The Golden Afternoon” por su ejercicio jangly. ¡Uf! ¡Menudo entrelazado el que se marcan Martin y Carl Seager al final, con las guitarras sonando de vicio! Nada más que por esto, merece la pena. Lo mejor es que tienen razón los que afirman que puede que se trate del mejor disco de Martin Newell desde The Greatest Living Englishman. “Cinnamon Blonde”, “You Made It Rain”, “A Summer Tamarind”… Mmm, casi casi que sí, eh…

Y así están las cosas, con su amor por la vida rural de las pequeñas poblaciones inglesas y su descontento ante su desaparición. En Fiu!, Fíjate En Ese Viejo deja su autorretrato de persona mayor que “aún sigue rocanroleando cuando debería permanecer amablemente asintiendo.”

De cómo resumir esta historia como una mezcla única de idealismo e independencia

Martin escribe ahora en el East Anglia Daily Times -tras diez años haciéndolo en The Independent-, el periódico de su comarca, sobre cuestiones que conoce bien. Porque sólo se puede crear cuando se tiene interés en algo, cuando se posee la conciencia de “tener algo que decir”.

Sigue publicando libros; el último, A Prospect Of Wivenhoe, una serie de historias y recuerdos sobre su pueblo.

Resulta difícil no apreciar a Martin Newell y verlo como un raro ejemplo de honestidad en el mundo de las artes. Ese idealismo e independencia resultan extraños hasta en la escena musical independiente. Este hombre podría dar algunas lecciones necesarias sobre honestidad, falibilidad, espíritu crítico y comprensión, todo tratado con humor. Decía George Orwell, hablando precisamente sobre Dickens, que un chiste realmente gracioso siempre lleva una idea tras de sí, y por lo general una idea subversiva. Esa percepción emocional de que hay algo mal, y la nostalgia que conlleva, unida a una natural generosidad de espíritu que hace las veces de ancla para mantenerlo –casi siempre- en su sitio, conforma la edificante enseñanza que permanece a lo largo de la carrera de este secundario genial; de este “asesino hortocultural” capaz de expresar en forma cómica –y por tanto memorable, al igual que Dickens-, la decencia natural del hombre común. “La vaguedad de su descontento va contra una expresión del rostro humano” (esto último lo dijo Chesterton, pero no estoy seguro si sobre Dickens o sobre Martin Newell. Igual vale para ambos).

Pero demonios, ¡basta ya de tanta expresión solemne! Resulta algo bastante antinewelliano, así que menos palabrería y que alguien vaya y pida, si le quedan fuerzas, otra ronda para seguir brindando y decirlo todo con un buen trago.

Poderoso expositivo a favor de la tesis de que el camino del reconocimiento no es tan suave como una vía férrea

Aún queda para reflejar otro de esos felices accidentes que consiguen mantener la fe en la justicia poética, a poco que se deje ver. Más vale tarde que nunca:

Un buen día, nuestro querido Martin se llegó hasta los estudios Abbey Road, y al pasar por la puerta del estudio número 1, decidió echar un vistazo. Allí estaba un señor llamado Peter Long conduciendo una orquesta de sesenta músicos, haciendo los arreglos para esas canciones versioneadas por Richard Shelton. Al acabar una de las piezas, invitaron a Martin a pasar y darlo a conocer entre los músicos como el compositor de esa música. “Para mi asombro, me hicieron una reverencia con sus instrumentos y me aplaudieron. Por una vez me quedé pasmado, sin saber qué decir. Casi lloro.”

Que nadie vaya a esperar ahora de Martin eso de tomarse su carrera en serio. ¡A buenas horas! Él sigue pensando que la mayor satisfacción a la hora de componer y grabar un disco es “tomarse unas cervezas después. Tres pintas tras una buena sesión de grabación. No hay nada mejor.”

Appendix

-¿Y quién es tu inglés vivo más grande, Martin?
-“Sir George Martin. Ya no hacen modelos así.”

Appendix (II)

“En alguna ocasión he hablado con Nelson acerca de la posibilidad de recrear aquella gira en bicicleta, haciendo de nuevo el mismo viaje a modo de homenaje.”

Appendix (III)

¡Anda! ¿Ya se ha terminado? ¿Quién se apunta a una cerveza?


9 comentarios:

icheyenne dijo...

¡¡Gracias amigo Manolo por este genial artículo!! Emotivo homenaje para no menos emotivo artista. Van unas pintas a vuestra salud.
Mr. Glashead, enhorabuena por el excelente blog. Buen gusto y sensibilidad pop, sí señor!

Mr. Glasshead dijo...

icheyenne, muchas gracias por tus palabras

Y en cuanto al artículo, en fin, buenísimo desde mi punto de vista. Sólo señalar que es cierto eso de que Partridge y Newell deben de ser almas gemelas, porque escuchando detenidamente el recopilatorio ya veo señales XTC incluso en sus canciones con The Cleaners From Venus.

"The Greatest Living Englishman" incontestablemente bueno. Puro oro y especialmente jugoso si uno ya parte de ser fan de XTC.

El recopilatorio que ha preparado Manolo Martos proporciona horas de exquisito placer pop.

Anónimo dijo...

¡Iñaki, muchacho!

Pintas redobladas ;-)

Saludos cadenciosos.

Manolo.

shackleton dijo...

Sí, Edward Ball se merece uno de sus excelentísimos posts.

Mr. Glasshead dijo...

Olvidé decir que encuentro particularmente emocionante este comentario de Newell:

"Otra gente de mi edad forma grupos de blues y eso, diciendo que quieren regresar a las raíces. Yo no consigo ver cómo cinco profesores de geografía que intentan tocar como viejos músicos negros pueden regresar a sus raíces, pero en fin. Mis raíces fueron los singles de pop inglés con los que crecí."

sebastian knight dijo...

My God! esto es un post o una tesis doctoral.

Anónimo dijo...

Lo descubrí no hace mucho, es un genio de esos ocultos. Gracias por el artículo, refleja muy bien el estilo de Newell. Saludos!

Seags dijo...

Wow! Wish I understood this, lol (Carl Seager)

Anton dijo...

¡Qué gozada de artículo! Hasta se puede captar el olor a campiña, cobertizo y cerveza. Y pensar que podía haber muerto sin escuchar a este tío....
Gracias por el trabajo.