lunes, marzo 02, 2009

El ladrón de melodías (III)

A las pocas semanas se produjo otro cambio. Una mañana, Alejandro llegó con un paquete. Lo puso encima de la mesa del comedor y lo abrió. El cartón desveló cuatro libros con una encuadernación que parecía antigua, de colores rojizos y apagados. Los llevó a su habitación y estuvo toda la tarde encerrado. Pasaron varios días. Las pocas veces que salía de la habitación se podía ver, detrás de la puerta entreabierta, una parte de su cama llena de folios con anotaciones. No me explicó nada. Una noche, mientras cenábamos, le hablé de cierta película interesante que acababan de estrenar. Le dije que podíamos ir a verla.

–Imposible. Ahora estoy muy liado con los exámenes.

Por las tardes, cuando volvía de la facultad, me encontraba con cientos de papeles desordenados sobre la mesa del comedor. Se trataba de escritos en griego clásico y latín, infestados de apuntes en los márgenes con la letra de Alejandro. Me convencí de que, realmente, mi compañero se encontraba en plena época de exámenes. Por lo demás, yo también estaba muy ocupado con los exámenes de medicina, así que no pude dedicar mucho tiempo a investigar lo que Alejandro podía traerse entre manos. Sin embargo, ciertos detalles despertaban en mí sospechas de todo tipo. A veces, entre sus folios garabateados, me encontraba con mapas desplegables a distintas escalas, de diferentes partes del mundo y de distintas épocas. Todos ellos estaban cruzados por líneas de bolígrafo obsesivas que parecían dibujar rutas. A pesar de todo, lo más preocupante tenía lugar por las noches. Mientras intentaba dormir, dando vueltas en la cama, acosado por el calor húmedo de la ciudad –estábamos a principios de julio–, empezaron a sobresaltarme los gritos de entusiasmo que profería Alejandro desde su habitación, a cualquier hora de la madrugada. Al principio sólo lo hacía de vez en cuando. Resultaba imposible no ver en aquellos estallidos una expresión de satisfacción, de la plenitud de haber alcanzado un objetivo.

Los gritos se incrementaron poco a poco hasta llegar a hacerse muy frecuentes en una sola noche. Además, el carácter de Alejandro era cada vez más taciturno, lo cual me hizo dudar seriamente de su estabilidad mental. Pensé en brotes de esquizofrenia y en alienaciones de la realidad. Y me temí lo peor cuando mi compañero no apareció por casa durante tres días seguidos. Estuve a punto de denunciar su ausencia a la policía. Cuando más peso había alcanzado esta determinación, Alejandro volvió. Llevaba consigo dos maletas de tamaño grande, recién compradas. El comedor empezaba a oscurecerse con las sombras del atardecer. Alejandro encendió una lámpara.

–Ya he acabado los exámenes. Estuve estudiando en casa de unos amigos, por eso no he podido venir por aquí. Quizá tendría que haberte avisado.
–Me faltaba poco para avisar a la policía.

Se quitó la bufanda y la chaqueta, y las arrojó despreocupadamente sobre un sofá. Arrastró las maletas hasta su habitación y volvió al comedor.

–Mañana me voy de vacaciones. He comprado un billete para California. Necesito quitarme todo el estrés de los exámenes.
–¿Te vas a California?
–Eso he dicho, ¿no? –me dijo, guiñando un ojo–. Calculo que estaré fuera un par de semanas, como mucho tres. No te preocupes, dejo pagado el alquiler de todo el mes.

Se fue al día siguiente. A partir de su marcha, el verano transcurrió para mí como una línea de serenidad y paz continua. Las últimas extravagancias de Alejandro habían generado de nuevo una distancia entre nosotros, esta vez reafirmada por mis dudas sobre su salud mental. Estuve solo en el piso durante dos semanas, en las que aproveché su ausencia para organizar pequeñas fiestas o, simplemente, disfrutar de la desaparición de las tensiones que habían marcado nuestra relación. Finalmente, yo mismo marché de vacaciones. Contemplé el regreso al piso, y la compañía de Alejandro, como una carga incómoda. Consideré seriamente la posibilidad de cambiar de vivienda en cuanto volviese. Sólo tomé conciencia de lo duro que iba a ser acostumbrarme de nuevo a la normalidad cuando, tres semanas después, abrí la puerta del piso y escuché música desde dentro. Alejandro se encontraba allí. Intenté sonreír. Estaba reclinado en el sofá. Tenía la piel morena y vestía con una camisa de flores hawaiana y unas bermudas.

–Vaya, veo que las vacaciones te han sentado genial.
–¿Genial? ¡Más que eso! Mi vida ha cambiado por completo.

1 comentario:

angeloso dijo...

pero hombre cuelga ya la siguiente parte que nos tienes aqui con el alma en vilo, esto engancha tanto como el serial de ama rosa.


saludos