sábado, marzo 21, 2009

El ladrón de melodías (VI)

Aquí empieza la segunda parte del relato, de la cual ya no soy responsable. Hasta ahora he explicado lo que puedo asegurar como cierto y lo único que es posible comprobar, e incluso a pesar de sus momentos de misterio no deja de tener lógica dentro del mundo en que vivimos. Lo que viene a continuación llenará los vacíos de la historia que he contado, pero desde una perspectiva muy cuestionable o, incluso, alucinada.


Carta de Alejandro Navas


Discúlpame, pero tengo que pedirte que creas en todo que lo estoy a punto de contarte. Lo más fácil es que cuando leas esto, yo ya no esté. Ahora mismo tengo miedo e intuyo que mi final se acerca. Suponía que podía pasar algo así, pero nunca acabé de tomarlo en serio. Sólo había visto la parte amable del misterio. Escribo rápidamente estas palabras. Espero que al menos me dé tiempo. No me gustaría que todo lo que sé acabara conmigo. Va a ser difícil que me des algo de crédito, pero concédeme al menos el beneficio de la duda.

Lo que sabes de mí es mentira. Nunca he estudiado literatura clásica. Para mí nunca ha existido nada más aparte de la música. Antes de mi viaje a California, llevaba muchos años componiendo. Después de mis primeros fracasos, pensaba que tarde o temprano lo lograría. La práctica y la experiencia me conducirían hacia mi meta, que no era otra que escribir al menos una buena canción. Es duro ver cómo, después de infinitos intentos, de lo único que queda constancia es de la ausencia de talento. No me desanimé pronto. El paso de los años me hizo ser consciente de que nunca llegaría a nada. El mundo de la música no era para mí, al menos como partícipe.

Cualquier otra persona más voluble hubiera aceptado su fracaso sin más y se habría dedicado a otra cosa. Yo no buscaba otro tipo de realización. La música me gusta demasiado. Fui terco en mis decepciones. No podía hablar de mis mejores o peores canciones, sino en todo caso de las menos malas. Esto es duro cuando quieres ser alguien, cuando quieres utilizar el arte para descubrir a la humanidad verdades ocultas. Las canciones pop encierran secretos indescriptibles, mudos pero vibrantes. Yo sólo quería emocionar con mis canciones.

Aparte de la música, todo lo demás lo he tomado siempre como una afición. Incluso el resto del arte. Mi padre me contagió el gusto por la literatura clásica. Pero también acabé derivando estos conocimientos hacia el fin que realmente me interesaba.

La biblioteca de mi padre era muy extensa, llena de ediciones polvorientas y de manuscritos antiguos, comprados generalmente a muy buen precio en mercados callejeros. No había demasiado orden ni criterio, de modo que a veces era posible encontrar algo de valor entre una gran cantidad de papeles que no servían para nada. Antes de cumplir los veinte años, pasaba tardes enteras escudriñando entre los estantes, como un cazador de tesoros. Examinaba los textos y apartaba los que suponía más importantes, o que a mi parecer destacaban del resto. Mi formación al respecto era nula, de tal modo que frecuentemente sólo separaba los que estaban marcados con una fecha muy antigua o aquéllos cuyo contenido era peculiar o me resultaba interesante. De vez en cuando me molestaba en llevarlos a tasar y solía venderlos cuando el beneficio era razonable.

Sólo una vez no vendí un manuscrito de cuyo valor estaba absolutamente seguro. Porque entonces fue cuando se produjo la conexión con el mundo donde se concentraban mis auténticas obsesiones: la música. Lo había descubierto por casualidad, mientras ojeaba una edición del siglo XVII de las Metamorfosis de Ovidio. Entre sus páginas surgió un papel amarillento y frágil, resquebrajado por uno de los márgenes y lleno de palabras en latín, pero perfectamente legible a pesar de la caligrafía medieval. La letra estaba concentrada, como si su autor hubiese querido aprovechar al máximo el espacio disponible. Los números romanos que aparecían al final del papel indicaban que había sido escrito en mil cuatrocientos siete.

El manuscrito se dividía en dos partes. El párrafo de la parte superior era perfectamente comprensible. Explicaba una pequeña leyenda de la que hasta entonces yo no tenía noticia. Un poco más abajo una serie de referencias se alineaban una tras otra. En un primer momento no las comprendí, porque no seguían un orden sintáctico lógico.

En cuanto comencé a entender lo que se decía en aquel papel amarillento, me sentí absorbido por una tarea fascinante y que me ocupó por completo desde entonces. Supuse que su autor había sido un monje, un conocedor de fuentes ocultas y desaparecidas para la modernidad. Tras darme cuenta, con el paso del tiempo, de que todo encajaba tal y como se refería en el manuscrito, alejé de mí cualquier tendencia a considerar aquella búsqueda como un juego o entretenimiento.

Apolo, el dios de la música en la mitología griega y romana, pero también de la poesía, la medicina y la luz, fue retado por el pastor Marsias en un duelo musical. Los jueces de esta lucha fueron los habitantes del pueblo de Nisa. Marsias extrajo impresionantes sonidos de su flauta, pero el canto de Apolo logró provocar en el público duraderas lágrimas de emoción.

No importa que Apolo, como venganza por la afrenta, decidiera desollar a Marsias en lo alto de un árbol. Lo realmente interesante, y aquí es donde no llegan la mayoría de los mitos conocidos, es que Apolo, desterrado por su comportamiento cruel con el pastor, decidió ocupar el tiempo en una particular obra de arte. Apartado de todos, en una playa desconocida, decidió elaborar una tabla donde se expusieran todos los secretos del universo. Y para ello empleó el código que más conocía: la música. La tabla quedó plasmada en un papiro que contendría la sinfonía definitiva, un receptáculo de belleza inmortal que embriagaría todas las almas y acercaría a las personas a la grandeza de los dioses.

Apolo volvió del destierro, pero tras mucho pensarlo, y con los ánimos más calmados, decidió no poner aquel conjunto de conocimientos a disposición de los estrechos límites humanos. Sin embargo, orgulloso de su creación, tampoco se atrevió a destruirla. En un lugar desconocido de la playa en la que había pasado aquellos años de soledad, construyó un templo donde depositó el papiro. Para asegurarse de que nadie accedería a aquellos secretos, puso el templo y el papiro bajo la vigilancia de sus mejores discípulos. Apolo volvió al Olimpo, donde otra vez se encargaba de transportar el sol en su carro día tras día.
CONTINUARÁ