jueves, marzo 12, 2009

El ladrón de melodías (IV)

Había perdido de vista a Alejandro durante algo más de un mes, y ahora me resultaba extraño encontrarlo en una situación anímica tan poco usual en él. Se levantó del sofá y caminó hacia su habitación. Cambió la música.

–¿Qué tal en California?
–Estupendo, creo que es el mejor lugar del mundo. Dormía en un bungalow junto a la playa. No puedes ni imaginar la belleza de aquel mar. Me sentí muy inspirado, empecé a componer muchas canciones. Llené toda una libreta. ¿Y sabes que hice en cuanto llegué aquí?

Me senté en otro sofá, todavía confuso.

–Me esforcé y alquilé un estudio por horas. He grabado una maqueta y estoy seguro de que alguna compañía me la va a comprar. Son las mejores doce canciones que he compuesto nunca.

Yo no podía ser más escéptico ante sus palabras. Hasta entonces, su talento me había dado demasiadas pruebas de sus límites. Pero me gustaba la canción que estaba escuchando. El estribillo, hermoso y enérgico, fluía sobre unos arreglos de cuerda delicados, que emocionaban con una precisión asombrosa. El resto de la canción se amoldaba perfectamente al clímax, aunque con originalidad y equilibrio. Y no podía haber mejor voz para cantarla, a pesar de que jamás la había escuchado en otro contexto que no fuese un conjunto de ruidos pintorescos o unos acordes sosos y acoplados con calzador.

–¿Es alguna versión?
–No te infravalores. ¿Crees que un fanático del pop como tú no iba a reconocer una versión de una canción tan buena?

A lo largo de la noche escuché varias veces su maqueta, sin salir de mi asombro. Alejandro Navas había creado un brillante disco de pop. Durante cuarenta minutos, las doce canciones se entrelazaban sin dar lugar al aburrimiento o a la previsibilidad. Cada una era la prueba de un especial talento para forjar melodías. Efectivamente, daban la impresión de haber sido compuestas en la playa, en un especial estado de paz. Predominaban las guitarras acústicas, a veces las eléctricas –pero siempre en un plano muy discreto–, y un bajo y batería que se limitaban a marcar el ritmo adecuado en el momento idóneo. Los arreglos de cuerda eran muy sutiles y embellecían pasajes ya de por sí vibrantes.

Nunca hubiese creído que Alejandro fuera capaz de crear aquel mundo de belleza. Le felicité y expresé mi sorpresa. A los pocos días, una discográfica le propuso la edición del disco. En un mes la maqueta fue regrabada con mejores medios, pero mantenía su espíritu intacto. A finales de septiembre, Alejandro Navas ya era toda una revelación para los aficionados al pop más exquisito, un prometedor sucesor de Brian Wilson.

Por fin estaba viviendo su sueño. Apenas venía ya al piso, pues las promociones y los conciertos le mantenían muy ocupado. El éxito crítico había sido unánime, y como mucho se le podía recriminar su “clasicismo”, su apego a los clásicos del pop, aunque siempre reconociendo su extraordinaria habilidad compositiva. A veces topaba con alguna de las entrevistas que le habían hecho a raíz del éxito de su disco. Y aunque se había convertido en un músico brillante, casi nada de lo que decía Alejandro tenía demasiado interés. A excepción de una de las frases que repetía con más frecuencia:

“He pasado muchos años preguntándome sobre el secreto de las grandes canciones, estudiándolas, tratando de encontrar una explicación a la chispa que generan. Mis canciones son el resultado de esa búsqueda.”

Apenas lo vi durante aquel año. Las pocas veces que coincidimos, me habló de lo cansado que estaba y de las ganas que tenía de volver a componer.

–Estoy muy ilusionado con mi nuevo proyecto, pero aún no he escrito nada. Empezaré este verano. Y en septiembre ya estoy obligado a entregar un disco. Pero confío en mí mismo. ¿Recuerdas lo que le pasó a Brian Wilson después de grabar Pet Sounds?

Habíamos hablado de ello miles de veces. Después del disco Pet Sounds, de fama perenne, el líder de los Beach Boys se propuso crear el mejor disco de pop de todos los tiempos, una “sinfonía adolescente para Dios”, en sus propias palabras. No sólo no lo consiguió, sino que su carrera entró en un largo declive y su mente se perdió en la niebla de la locura. No se recuperaría hasta años más tarde.

–A mí no me va a pasar lo mismo. Te aseguro que voy a componer el mejor disco de pop que se haya creado jamás.

Alejandro lograba contagiarme su entusiasmo. Después de este tipo de conversaciones, deseaba escuchar enseguida su nuevo material. Su sorprendente debut hacía razonable esperar algo grande del segundo disco.

CONTINUARÁ