domingo, marzo 15, 2009

El ladrón de melodías (V)

Volví a ver a Alejandro con las maletas una tarde de principios de agosto, un año después de su primera marcha. Se iba de nuevo a California. En ningún otro lugar, según me dijo, podría sentirse mejor para empezar a componer. Necesitaba aislarse, alejarse de entrevistas y conciertos. Las revistas ya adelantaban que su nuevo trabajo aparecería en septiembre. Y él no había escrito una sola canción.

Dos meses después tuvo lugar el cambio definitivo. Alejandro no apareció. Pero no se limitó a no volver a nuestro piso, donde su presencia ya era bastante casual, a pesar de que continuaba pagando las mensualidades. Por el contrario, desapareció para todo el mundo. La noticia corrió rápido y dio lugar a muchas especulaciones. Yo no dejaba de leer el periódico en busca de nuevas informaciones sobre el caso.

Al mismo tiempo, casi sin quererlo, me encontré con toda una serie de noticias bastante turbadoras en la agitación de aquellos días.

“Hemos decidido abandonar. No estamos inspirados y no nos salen las cosas. Lo mejor será que cada uno siga su camino. Hace tiempo que no logramos nada bueno.”

La frase está extraída de una entrevista donde el grupo californiano Gigolo Aunts, de forma insospechada, y un año después de la publicación de un gran disco –Pacific Ocean Blues– de canciones perfectas llenas de belleza y melancolía, anuncia su separación. La noticia pilló por sorpresa a quienes ya lo consideraban un grupo que iba a tener un gran alcance en los años venideros.

“Ya soy muy viejo. A veces no logro comprender cómo he podido crear todas esas canciones. Parece como si fueran ajenas a mí, ya que he perdido el modo de escribir otras semejantes. Prefiero ser honesto, así que no voy a componer más.”

Esta declaración venía acompañada de una fotografía de Burt Bacharach, con la mirada pensativa y amarga bajo su flequillo blanco. Uno de los mayores artífices del pop de quilates y de las melodías pluscuamperfectas y llenas de emoción se declaraba fuera del juego después de tantos años. Su obra permanecía, pero su público quedaba definitivamente desamparado.

Y por último:

“Estoy perdido. No sé quién fui. Creo que logré dar con el secreto, y eso está bien, tengo muy buenas canciones. He llegado lejos. Ahora es necesario que me centre y lo olvide todo. He disfrutado con el pop y lo he ennoblecido en lo que me ha sido posible. Antes creía que las canciones eran una forma de hablar con Dios. Más vale dejarlo cuando eres incapaz de comunicar nada.”

Lo escuché en la televisión, en una entrevista en la que Brian Wilson aparecía con la expresión divertida que lo caracterizaba desde que había empezado a salir de sus laberintos mentales. Decía estas palabras de manera despreocupada, casi irresponsable. Imaginé el efecto que esta declaración hubiera causado sobre Alejandro Navas, y entonces me di cuenta de que él también había desaparecido para la música. Era una víctima más del virus que asediaba implacablemente al pop.

Mi desconcierto se mantuvo lo suficiente como para que me resultase imposible encontrar una explicación más allá de las casualidades. Me sentía como el adorador de un dios cuyo culto estaba desapareciendo y cuyos seguidores eran aniquilados y estaban en vías de extinción.

La policía me hizo varias visitas, pero no pude ayudar en nada. Conocían el segundo viaje de Alejandro a California y, es más, les constaba que había vuelto y había alquilado un piso, también en el centro de la ciudad.

Poco después recibí una carta. El sobre era demasiado pequeño para el contenido que albergaba: varios folios doblados hasta la máxima compresión y escritos apresuradamente con la inconfundible letra de Alejandro. Cuando terminé de leerlos, pensé que quizá debía haber comentado a los agentes mis dudas sobre la salud mental de mi compañero.
CONTINUARÁ