martes, agosto 21, 2007

Vancouvers, el mejor grupo español

En 1990, el grupo madrileño Vancouvers publica su primer disco, No Particular Place, que sorprende entre una prensa musical por lo general demasiado llena de oficio y carente de pasión. Blas Fernández, en Rockdelux, escribió que el grupo "construye un robusto disco de debut, apasionado y caliente, con buenas canciones propias y versiones bien encajadas". Y M. Torres, en Ruta 66, se mostraba más cauto y afirmaba que "son gente que sabe sacarle partido a sus limitaciones construyendo canciones con sentido dramático y fuerza expresiva a partes iguales". Empezaba ya así la inextinguible maldición de los Vancouvers a lo largo de su vida, un éxito crítico que los contemplaba como quien mira al cielo y piensa que hace un día bonito, un reconocimiento innegable pero extrañamente anestesiado, y unos logros comerciales que oscilaban entre nada y casi nada.

Los Vancouvers al completo durante la grabación de No Particular Place, con
Alex Chilton a la izquierda


Porque lo cierto es que su primer disco era uno de los más excitantes y prometedores debuts de todos los tiempos, un áspero, rocoso catálogo de canciones que navegaban entre el rock y el power-pop y que se acercaban sin complejos al sonido de los clásicos, imitándolos, siendo ellos. No todo acabó aquí, el resto de sus discos serían igual de buenos, pero No Particular Place cuenta con el añadido de la frescura, el brío, la contundencia del primer intento. La primitiva "What I'm Wearing" abre el disco como un grito de guerra, la voz de Marta Romero ya muestra su propensión a la garra, al combate, sin que eso le impida cantar con emoción y constituirse en una de las mejores voces femeninas que ha dado nunca la música española. Y Juan Santaner hace explotar sus guitarras de una manera que recuerda mucho al descaro de las grabaciones de esos grupos garage de los 60, que publicaban un single para luego desaparecer. "Let It Go", otra de las joyas del disco, habría sido un éxito inmediato en cualquier otro grupo con más promoción, es fenomenal, lo tiene todo, se va desarrollando lentamente hasta que llega a un estribillo que estremece, luchador, crudo, adictivo.

"Fun" se retrotrae con gran cultura y conocimiento de los clichés a la música garage, y "Love Rubble" aumenta las revoluciones hacia un rock más parecido a lo que hacían Iggy y los Stooges, mientras que "Little Killer" es una genial recreación del sonido de Lou Reed, Velvet Underground y todos los demás gigantes neoyorquinos, una canción que huele a americano por los cuatro costados y que Marta canta con concisión y sin exhibicionismos innecesarios. Sin embargo, personalmente prefiero las curvas del pop de guitarras de "No Particular Place", sin perder un ápice de fuerza pero más entregados a una melodía que parece clásica, como si fuera una versión de unos Big Star con algo de esteroides. "Sometimes" se hace otra vez guerrera, con unos acordes repetitivos y la voz de Marta dando estocadas arriba y abajo. Sin embargo, mi favorita es sin dudas "Like a Sick Dog", clásico entre los clásicos, una de las cien canciones más emocionantes de toda la historia, joya pulida y sincera, inyectada por vena en el alma. La guitarra acústica, Marta mostrándose herida por primera vez, la delicada melodía, todos sus detalles componen una fenomenal, humana y expresiva obra maestra.

El resultado de todo esto: un disco mítico, relativamente ignorado, imposible de encontrar hoy día. Y todo ello a pesar de contener algunas de las mejores canciones que un grupo español ha compuesto nunca y de estar producido por Alex Chilton, uno de los dos tótems de Juan Santaner (el otro son los Beatles). Sin embargo, como ya había dicho Ángel Cubero, bajista del grupo, "Con Alex Chilton, la producción la hicimos prácticamente nosotros. Él se limitó a hacer las mezclas". Probablemente sea ésa la causa de su sonido quebradizo y sucio. Y también tuvo que ver que Polar, su discográfica, quebrase al poco tiempo y desapareciera así cualquier opción de promocionar el disco o darlo a conocer. A pesar de todo, ni las ganas ni el talento del grupo decrecieron y dos años después, en 1992, graban Quintessential, con producción de Mike Mariconda, disco del que ya se habló en este mismo blog, y que participa de la misma calidad y sonido de los grandes del rock alternivo de esa época. La voz de Marta se hace más emocionante si cabe y adquiere más matices, las canciones viran hacia una mayor importancia de la melodía y las guitarras de Juan Santaner pillan la chispa de los mejores grupos del momento y la reproducen con unas fenomenales canciones. De nuevo, el sonido es crudo y deliberadamente embarullado, lo cual cerraba las puertas a cualquier mínimo atisbo de comercialidad. Vancouvers, en ese momento, son el mejor grupo español, lo saben, y la prensa lo atisba, pero prefiere ayudar a mediocridades más "generacionales" como Los Planetas.

Y de nuevo, además, surgen los consabidos problemas con la discográfica, en este caso, Mondo. Como reconocían los Vancouvers en una entrevista a Rockdelux: "Dijeron que iban a sacar un CD y un single promocional, pero al final la promoción la estamos haciendo nosotros. Todo lo estamos haciendo nosotros. Incluso la distribución. Nos está costando una pasta la promoción". Pese a haber grabado ya dos de los mejores discos españoles y de contener un talento abrumador que aún daría más frutos, seguían pasando igual de desapercibidos en relación con el éxito que merecían. En palabras de Marta Romero, tras la publicación del disco: "Es falso que los Vancouvers seamos una banda maldita. Quiero pensar que la gente dice: '¡coño, un grupo que potencialmente podría vender muchos discos, es una pena que no los venda! Supongo que se deben referir a eso, porque hacemos una música muy directa que puede llegar muy bien a la gente: canciones sencillas, pop, que podrían tener más repercusión. Pero, vamos, yo creo que hemos tenido una suerte increíble. Muchos ya se darían con un canto en los dientes con lo que tenemos nosotros. Tenemos fans fieles... la crítica nos trata bien... ¿qué más queremos?". Sin embargo, la crítica aún no parecía haberlos entendido del todo o se limitaban a reconocer su importancia con excesivas reservas, con unas injustificables pinzas, tal y como demuestrá José Boix en su crítica del disco de Ruta 66: "No es todavía un producto perfecto (la voz parece demasiado escondida en las mezclas)".

La leyenda se hará más grande en 1994, cuando Vancouvers, para evitarse problemas, crean su propia discográfica, Mojave, y publican quizá su mejor disco, y posiblemente una de las grabaciones más fascinantes y satisfactorias que se han dado nunca en España. El sonido del grupo se regenera por completo, suenan más accesibles, limpios y comerciales que nunca, gracias a la escrupulosa producción de Paco Loco, y sin perder un ápice de su calidad y de su garra, cada una de sus canciones rebosa carisma, ganas e independencia unas de otras, como una especie de grandes éxitos, pero sin serlo. "King Disaster" es simpática, urgente, la voz de Marta Romero suena al fin decididamente femenina, se desenvuelve con maestría y descaro, y esto es un single con todas las de la ley, divertido, energético, pegajoso. La explosión de guitarras tenebrosas de "I Wanna Feel" no es menos estimulante, se nota mucho la influencia de grupos como Nirvana y Mudhoney, ese tipo casi de rock duro que, pese a todo, trata con cariño la melodía. Vibrante y maravillosa, le sigue no obstante otro peso pesado, "Happiness", una especie de creación a lo Veruca Salt, llena de misterio, terriblemente infecciosa, la mejor canción del indie español (si es que esa etiqueta tiene algún tipo de coherencia), magnífica en sus guitarras crecientes y decrecientes, todo un hit en potencia y aprovechable por cualquier canal de videoclips de música alternativa.

Y no se acaba aquí, la baba sigue cayendo con "Out of The Question", cercana al hardcore melódico más comercial, y claramente inspirada por Green Day y su alternancia de ritmos entre guitarra acústica y electricidad. En este tema, como en todo el disco, son muy grandes, es una fenomenal canción explosiva, capaz de hacer saltar a cualquiera y de dejarnos llevar por su rabia desatada. Una obra maestra que cruza fronteras, el despegue adecuado para luego planear más tranquilamente con la apesadumbrada "I Cut", que otra vez nos ofrece grunge de primer nivel. Porque después tendremos que hacer frente a "Crab Feeling" y el abrupto e irresistible fraseo de Marta en una cascada de guitarras distorsionadas. "Silence Kills" es una joya bajada de revoluciones, en la que nos emocionan como nunca cuando la melodía toma un giro desamparado y directo, y quizá la mejor manera de definirla sea decir que si no conociéramos a los Vancouvers, diríamos que se trata sin duda de algún grupo clásico americano. Y con "Gotta Shake It" estamos ante otro himno furioso, sin paliativos, cantado a varias voces y que se dedica a repetir sin complejos su sencillo y brillante estribillo.

El final del disco no decrece, todo lo contrario, "It's Not Too Late" se viste de nuevo con el grunge brumoso que había popularizado Nirvana, y que en un momento dado se abre milagrosamente con un acompañamiento de trompetas de fondo, un gran acierto y un imprescindible detalle para hacer de esta canción algo especial. Sobre todo, si la siguiente es la honesta "I'll Get Along", de nuevo sonidos americanos, en esta ocasión quizá en la línea de los mejores Lemonheads (los del It's A Shame About Ray), pero con la guinda de un estribillo para el que no hay palabras que hagan justicia, uno de esos momentos musicales que hacen ser feliz y sentirse lleno con la vida. "Miriam" certifica que el disco es un coloso, con sus voces dobladas de una manera muy parecida a como lo hacían The Boo Radleys o My Bloody Valentine, pero otra vez abierta a un estribillo luminoso, fresco y directo como un gancho a la mandíbula. Un brillante surtido de galletas, como indica su título y, en palabras de Juan Santaner, "acabo de volver a escuchar Assorted Cookies y ha resistido muy bien el paso del tiempo, estoy muy orgulloso de ese disco". Por otra parte, Rockdelux apenas le dedicó unas líneas al disco, en las que Laura Pardo remitía al tópico de banda maldita y se limitaba a decir que "esperemos que éste sea el LP que les haga despegar", y Ruta 66 proseguía en esa inexplicable línea del elogio contenido ("galletas surtidas entre las que abundan las que se comen con velocidad de un solo bocado, aunque un buen porcentaje encierra suficiente crema en su interior", según escribía Fernando Gegundez). Mucho más interesantes son las palabras del grupo. Primero, ante su actitud musical como grupo de "música americana": "Quizá eso nos cierra directamente a una parte del público, pero eso es lo que hacemos y lo que nos gusta; es lo mejor que sabemos y podemos hacer. La decisión de cogerlo o no está, pues, en el propio público"; y segundo, ante su propia explicación del disco: "Nos encanta haber conseguido sonar tan distintos, lograr que cada tema fuera un pequeño universo. Y, por supuesto, todo ello manteniendo una línea coherente que los uniera, un nexo común que mostrara a las claras que todo eso son los Vancouvers".

Tanta lucha, fundamentada en una irreductible autenticidad y en un honesto amor por la música, culminará con su último disco antes de separarse, en 1996, Up To You, crepuscular y reflexivo, pero con una producción de Scott McCaughey que les lleva por los mismos senderos de electricidad pulcra del disco anterior. Se trata de un álbum más reposado, menos furioso, y que continúa incluyendo canciones redondas y con garra, que en definitiva era lo que los Vancouvers sabían hacer. Así lo demuestra la primera, "Sentimental Foul", en que la manera de cantar de Marta Romero, temblorosa en los momentos precisos, nos aboca a un canal de sensibilidad electrificada, un fabuloso comienzo para su disco más emocional. "Reach Out" es un nuevo himno, con una preciosa y etérea melodía, imprevisible por su limpieza, descarada y decidida, lo cual da como resultado su canción más bonita. Más acorde a su estilo es "Sweet Teaser", en la línea de esos medios tiempos americanos en los que eran maestros, una nueva muesca en su colección de impresionantes canciones y en su capacidad para emocionar. Juan Santaner estaba presentando sus mejores y más resolutivas guitarras, y Marta, capaz de transmitir cualquier tipo de sensación, demostraba ser la mejor cantante del país. "The Me I Hate" es increíble, otra vez la mezcla de guitarras briosas y una sensacional y sorprendente parte acústica nos retuerce por dentro y nos obliga a deleitarnos con su escucha.

"Five" es nuevamente un cóctel de guitarras, melodía y rock americano, inquietante al principio, gloriosa y pegadiza al final, concisa, estupenda. Sin embargo, "Larrys On TV" empieza a calentar el horno, de apariencia tímida pero decidida en el estribillo, punk-rock de categoría en una muestra más de la heteorogeneidad de los Vancouvers (aquí se atreven incluso con la armónica). Y el galope desbocado llega con "Don't Hesitate", para mí uno de los mejores temas del disco, porque nos hace engancharnos a sus guitarras que caen en picado tanto como a los dos golpes precisos de platillo que culminan el fraseo de Marta. Impresionante y sincera, uno de los últimos hits que los Vancouvers nos regalaron y que son el más claro ejemplo de cómo emocionar con sencillez. "Honeymoon" es una canción más al estilo de sus inicios, asilvestrada, embravecida música de garage, pero con ese componente infeccioso que es marca de la casa de los Vancouvers. Algo que también reivindica "Trust", y esas líneas de voz que dejan tan profunda huella y que se estiran lo justo para derribarnos inevitablemente, y todo ello entre un muro de guitarras con la estructura muy clara y los alardes mínimos. "You Stole Nothing" resulta adictiva desde el principio, tarareable para siempre como un último grito de supervivencia y de fidelidad a los principios, incluido su magnífico final, a modo de cierre lujoso, exclusivo, laberíntico y rebosante de melancolía. Para dar paso, entonces, a algo muy diferente, una exótica canción dedicada a Jobim que no queda como una extravangacia, porque todo ha sido ya dicho, sino como un tributo a su propia heterogeneidad y a su capacidad para ser buenos en cualquier cosa que se propusieran.

Lamentablemente, continuaron sumergidos en su propia burbuja, esa preciosa excepción de la que toda la prensa musical decía, una y otra vez, que era una "preciosa excepción", un grupo que merecía más ventas del que todos los críticos decían que era "un grupo que mercía más ventas", y así una y otra vez, en una especie de círculo vicioso, y sin arrestos para nada más. Leyendo las críticas de este fenomenal último disco, se nota el desconcierto de la prensa. Félix Suárez se arranca con una rareza y dice en Rockdelux que "se aventuran en construcciones más complejas que otros no habrían dudado en emplear para otras composiciones", mientras que José Boix escribe en Ruta 66, en mi opinión de manera inexplicable, "no es que se trate de un trabajo de esos espectaculares que deslumbra a la primera escucha, sino de esos otros que van calando hondo, que duran, que satisfacen ahora y dentro del tiempo que sea". Y todo esto para definir otro disco de primer orden con canciones que llegan a la primera (aunque no a la manera de los singles) y que no buscan complejidades ni un sonido más maduro, sino simplemente crear música que toque la fibra, lo cual debería ser el objetivo principal de cualquier músico.

Cuatro discos fundamentales en un breve periodo de existencia, variados y diferentes entre sí, una calidad sorprendente y un reconocimiento que la prensa les negó desde el principio, a pesar de lo evidente de su calidad y de su condición de fueras de serie de la música española. Algo que probablemente tenga que ver con que nunca se adscribieran a ninguna moda o sonido pasajero que les hiciese merecedores de mayor atención. Sin embargo, el ejemplo es preocupante. Rockdelux, en su monumental y endémico despiste, fiel a su condición de peor revista musical existente, ni siquiera los cita en su lista de los mejores cincuenta discos nacionales de los años noventa (por supuesto, tampoco en la de los cien mejores discos españoles del siglo XX). Pero más doloroso es que mi admirado Juan Vitoria tampoco los nombre en el apartado de discos españoles de su fundamental Discos Ocultos (Avantpress Edicions, 2006). Espero que este texto sirva para reivindicar de alguna manera al mejor grupo español de los últimos años, cuyo sonido tuvo continuidad en los primeros discos de Jet Lag, el nuevo grupo de Juan Santaner tras la ruptura.

Los discos de los Vancouvers son hoy por hoy inencontrables, y sería deseable que alguien se atreviese a reeditarlos. Mientras tanto, aquí disponéis de los enlaces para poderlos descargar y escuchar:

Vancouvers. No Particular Place (1990)
Vancouvers. Quintessential (1992)
Vancouvers. Assorted Cookies (1994)
Vancouvers. Up To You (1996)

Fotografías y fragmentos de entrevistas y de críticas tomadas de Rockdelux, Ruta 66 y Factory. La foto del principio de los Vancouvers con Alex Chilton ha sido muy amablemente cedida por Javier Olaz, primer batería del grupo que participó en No Particular Place. Nuevamente, debo agradecimientos especiales a Carrascus, sin cuya ayuda me habría sido imposible escribir este artículo.

Leer más...

sábado, julio 28, 2007

Billy Nicholls, "Would You Believe"

Un artículo más, sólo uno, antes de que empiecen las vacaciones, y con un disco muy estival y de pura orfebrería, grabado en plena efervescencia de la psicodelia. Pero no la agreste, hostil psicodelia norteamericana, sino la inglesa, deudora de Beatles, Kinks y Zombies, fanática de discos como Pet Sounds de los Beach Boys y de todo el sunshine pop californiano en general, ese pop lleno de belleza, arreglos y filigranas. Y esto es Would You Believe (1968), un tratado consistente del pop de cámara a lo Left Banke, un rayo violeta trazado en el cielo, una noche estrellada con olor a hierba húmeda. Impresiones vivas y sensuales, adornadas todas ellas con la cálida, exquisita voz de Billy Nicholls, a la altura del instrumento musical más bello.

Y sí, parece increíble, pero de este disco apenas se editaron unas pocas copias antes de que desapareciese su discográfica, y el asunto resulta aún más estrafalario al escuchar la primera canción, "Would You Believe". Todo un hit potencial, una canción que con la promoción adecuada se hubiera aupado al número 1 sin problemas, ya desde ese organillo del principio tan deudor de la etapa más mística de Brian Wilson, hasta que la voz de Nicholls se erige en auténtica protagonista, a modo de aparición divina, un chorro de hermosura, limpia, tierna, y volcada en un estribillo contundente. Un clásico del pop sin lugar a dudas, con unos arreglos deliciosos y exuberantes. "Come Again" es más sencilla, aquí se le da mucha importancia a la guitarra acústica, cristalina, casi se puede distinguir cada cuerda en su cascada de acordes, mientras Nicholls canta una melodía inocente, crepuscular, propia de un atardecer junto a la playa. Y que Nicholls había escuchado a los Zombies queda de manifiesto y de manera irrefutable en "Life Is Short", una canción más problemática que propone algo así como una excursión mental o la recreación de una pesadilla, entre coros, orquestaciones que se desatan en el estribillo y un falsete más que expresivo y tomado del libro de estilo de Colin Blunstone.

"Feeling Easy", más tranquila, igual de orquestada -increíbles esas cuerdas que subrayan el momento más triste, esto parece Love-, acaba desembocando en unos coros magníficos, que no están de más, en los que la voz de Nicholls transmite más emoción que nunca. "Daytime Girl" toma, por una parte, las juguetonas bases rítmicas que impusieron los Kinks, junto con sonidos de clavicordios y panderetas, lo cual da lugar una canción quintaesencia de la psicodelia británica: arreglos y experimentación, pero sin olvidar que las canciones son melodía y estribillo. Deliciosa, magnética, irresistible, pero ahí llega "London Social Degree" para hacérnosla olvidar un poco. Porque ésta, de tan buena como es, resulta tan atemporal que podría haberla grabado cualquier grupo inglés de no importa qué década. Magnífico tanto el comienzo, con ese Nicholls reivindicativo, que casi parece enfadado, como la manera en que termina la frase, el pegajoso It's a London social degree, cantado con una voz tan llena de calor y terciopelo que querremos escucharlo una y otra vez. Un clásico más al que le sigue otra canción a lo Zombies, "Portobello Road", otra vez parece que esté cantando Colin Blunstone una composición de Rod Argent, con esa voz desvaneciéndose cuando se hace más aguda y una atmósfera inquietante y onírica.

"Question Mark" comienza con un adictivo coro de voces, clasicista, pulcro, pero sigue con una tonada pop que, sin la orquestación, sería un hit del pop británico de los 60, y con ella es una joya absoluta del pop de cámara, imprescindible para quien lleve la música en las venas, delicada y fuerte, sensible pero con argumentos. En "Being Happy" nos fijaremos más que nada en esa extraordinaria guitarra, acuosa, como una excursión a las profundidades marinas, parte imprescindible de la estructura de la canción, sin olvidar, por supuesto, la demostrada pericia con los estribillos que por entonces poseía Nicholls. "Girl Form New York" prosigue en esa senda oscura, con unas guitarras que suenan realmente duras, cortesía de una parte del grupo Small Faces, con una participación importante en el disco, y tan dados también a unir melodía y guitarras furiosas. Aquí, esa energía, junto con las melodías neoclásicas y "psicológicas" de Nicholls, da lugar a un cóctel de complicada excursión mental, una canción aguerrida, bella, tierna, sorprendente, que se deforma poco a poco. Y para terminar, "It Brings Me Down", mucho más desesperanzada que las otras (contrasta enormemente con la luminosidad de "Would You Believe"), y sin embargo igual de hermosa, como si presagiara el triste destino de un disco de este calibre.

Así que, para el verano, os propongo este disco, que necesita ser degustado poco a poco y que os acabará calando hasta lo más profundo de vuestros genes. Un gran reserva del pop, uno de esos clásicos que en condiciones normales aparecen cada diez años, pero que en los sesenta fue uno más de los dioses de una época mítica y de creatividad desbordante. No me olvido de los Zombies, por supuesto, de hecho me sabe un poco mal haber hablado antes de este disco que del Odessey and Oracle, así que no tardaré demasiado en dedicarles un artículo. Por el momento, el disco de Billy Nicholls lo podéis descargar aquí:

Billy Nicholls. Would You Believe (1968)

Por otro lado, mis vacaciones acaban de empezar y estaré unas semanas descansando y sin colgar artículos, más o menos hasta finales de agosto. Justo cuando empiece de nuevo, este blog cumplirá un año. Me lo estoy pasando fenomenal, queda blog para mucho rato. Os agradezco vuestra presencia y vuestros comentarios. También me gustaría que dijerais qué os ha parecido por el momento o que hicieseis sugerencias y críticas.

¡Hasta pronto!

Leer más...

jueves, julio 19, 2007

Pete Dello, "Into Your Ears"

No es por despreciar a un grupo tan excepcional como Honeybus, pero la sensación que tengo siempre que los escucho es que muchas de sus canciones, aunque se trata de increíbles y refrescantes temas pop, no son más que aperitivos para las que me gustan de verdad, las que canta y compone Pete Dello, pequeñas maravillas, universos aparte donde brilla el genio de una sensibilidad especial.

De hecho, da la impresión de que su carrera con Honeybus fue sólo un esbozo de dónde quería llegar. No está mal reivindicarlos, pero siempre parece que la gran perjudicada es la obra maestra que Pete Dello publicó en 1971, recuperando algunas de sus canciones anteriores y juntándolas con otras. El resultado es Into Your Ears, una cita ineludible de los grandes clásicos del pop, posiblemente el disco más humano y enternecedor que se ha grabado nunca, un gigante entre gigantes y también el colofón de su autor, que nunca publicó nada más. Me gustan mucho las palabras que Juan Vitoria, en su imprescindible Los 100 mejores discos del rock, dedica a Into Your Ears: "Es como si se encontraran en un pub un domingo ocioso Paul McCartney, Ray Davies, Kevin Ayers y algunos folkies vegetarianos, se metieran en un estudio y dieran con la fórmula mágica que sólo se dispara en contadas ocasiones". Imposible definirlo mejor.

Quintaesencia de la emoción y de la sensibilidad, Into Your Ears es un libro abierto que habla de amor, de sentimientos profundos y hermosos, y para ello se sirve de delicadas estructuras donde abundan los arreglos de cuerda, las guitarras acústicas y, por encima de todo, la privilegiada voz de Dello. Privilegiada, pero no en un sentido virtuoso, sino más bien por todo lo que transmite: tímida, honesta, humilde, que sumada a unas canciones paradisíacas consigue estremecer y encogernos de pura emoción. Intentadlo, poned la primera canción, "It's What You've Got", y comprobaréis a qué me refiero. Una tarde plácida, entre copas de té y en la campiña inglesa, comunicando un fluido de sentimientos del que no querremos salir nunca. "There's Nothing That I Can Do for You" es más Ray Davies, no podía ser de otro modo teniendo en cuenta el escenario, aunque también podría aparecer tranquilamente en el White Album de los Beatles. La emoción menos festiva rebrota en "I'm a Gambler", nos avisan esas cuerdas que vienen del neoclasicismo a las que tan aficionadas era Dello, y en "Harry The Earwig" está contando una fábula junta a la hoguera, una especie de canción infantil que se integra perfectamente en el espíritu recogido del disco.

Pero entonces emerge la mejor canción que ha escrito nunca Dello, "Do I Still Figure In Your Life", recuperada de Honeybus, una pieza maestra de los corazones rotos y doloridos, un espíritu herido por el amor que habla sin rencores, explicando con una humanidad abrumadora su melancólico, incierto tormento interior. Una de las canciones más bellas, profundas y tiernas del pop, una experiencia emocional sin parangón susurrada al oído con todo el cuidado del mundo. Quizá por eso, la siguiente, "Uptinght Basil", es más desenfadada, ahora toca un alegre paseo por el bosque al ritmo de un estribillo de optimismo radiante, sin olvidar el entrañable detalle de una voz de criatura fantástica e inofensiva. La elegancia de "Taking the Heart Out of Love" es inapelable, casi de mármol, sin que ello le quite ningún grado de emoción y hermosura, su estribillo es tan refinado como placentero. Y "Here Me Only" es de nuevo una brutalidad de la sencillez, un nuevo ejemplo magistral de cómo apenas unas guitarras y una voz introvertida son suficientes para hacernos soñar con mundos de cristal imperecederos, y de hecho su estribillo es como una cascada de belleza, de fantasías coloristas, de momentos felices nunca vividos. Después llega el turno de "On A Time Said Sylvie", el mejor McCartney resucitado de sus gloriosos años del Magical Mistery Tour, una brillante joya del pop británico que establece sin concesiones a Pete Dello como claro referente.

"A Good Song" revive la atmósfera vodevilesca propia de los Kinks, sin olvidar sus característicos coros, una deliciosa canción de amistad para cantar con una jarra de cerveza en las manos. La siguiente, "It's The Way", es un himno del folk, en el que Dello pierde un poco su apacibilidad y da paso a un inquietante mundo de ensueño, gracias también a un extravagante e infeccioso estribillo que se nos hundirá enseguida muy dentro. "Go Away" sigue apuntando alto, el disco se está acabando pero la maestría de Dello para lograr melodías cristalinas, tan llenas de honestidad, bondad y sentimientos humanos, aquí llega a perturbar, tenemos en la palma de la mano un mundo ideal construido con la suave, etérea arquitectura de la música. Y para acabar, Dello nos propone otra joya, "Arise Sir Henry", británica como la que más, otra guinda de un pastel que rebosa de ellas, una canción adecuada para hacerse amigo de todo el mundo y ser feliz sólo por la vida que inyecta escuchar este tipo de cosas. Genial, imprescindible, tanto como la canción añadida "Madame Chairman of The Committee", más belleza, más melancolía y, especialmente, unas cuerdas a media canción que llegan al alma, sensacionales, porque luego la melodía nos recoge de nuevo en su fascinante introspección.

Ya es hora de reivindicar a Pete Dello como se merece, y de auparle a la categoría de genio que su humildad y discreción le han impedido. ¿Los motivos? Me remito de nuevo al disco. Podéis descargarlo aquí:

Leer más...

jueves, julio 12, 2007

Material Issue, "International Pop Overthrow"

Hoy estamos de suerte, tanto yo, que voy a escribir sobre un álbum excepcional, como vosotros, en el caso de que no lo conozcáis. Se trata de un pedazo de disco como un sol que nace de la misma semilla -o fórmula mágica- por la que algunos grupos, a principios de esa década, decidieron inyectar a las guitarras brumosas ideadas por grupos como Hüsker Dü, Pixies o Sonic Youth una dosis concentrada de melodías. Así nació la estirpe del power pop noventero, con nombres tan ilustres como Teenage Fanclub, Redd Kross o Posies. Sin embargo, entre esta ristra de ases, se cayó inexplicablemente una de las perlas más redondas y brillantes, uno de los discos más fascinantes, arrebatadores y desconocidos de ese momento, una obra cumbre de las melodías bonitas, energéticas y rebosantes de emoción.

Un pequeño genio, Jim Ellison, compone en International Pop Overthrow (1991) catorce canciones mágicas siguiendo las reglas no escritas de la canción pop: no más de tres minutos por tema, estribillos pegajosos y dardos al corazón, y todo ello envuelto en un sonido limpio y duro de guitarra, bajo y batería. ¿Para qué más, si "Valerie Loves Me", con su melodía sesentera, sus guitarras tristes y los gritos desgarrados de Ellison, nos engancha inevitablemente, como un empujón traicionero a la piscina? Lo mismo podría decirse de "Diane" y la forma adictiva con que se canta el nombre de la chica, bajo un esqueleto sonoro deudor del rock alternativo de la década anterior. "Renee Remains The Same", y ya son tres las canciones con nombre de mujer, empieza con el estilo maestro de Ellison y su extraordinaria habilidad para enlazar palabras en una melodía luminosa. "This Letter" baja las revoluciones, es una increíble canción de tono triste, confesional, hermosa y emocionante a partes iguales, crepuscular, herida y desengañada. Y me hace gracia porque la siguiente, "Out Right Now", es algo así como reírse de los grupos de brit pop con una canción de ese mismo estilo saltarín, pero que da mil patadas a cualquier cosa que pudieran grabar Oasis o Blur (bueno, respetemos un poco a estos últimos porque al menos se parecían algo a XTC). En definitiva, una canción perfecta, un single de éxito en un mundo ideal, un maravilloso baño de felicidad. Y "Crazy" es directamente un himno del rock alternativo para aquellos que sepan verlo, reposada, infecciosa, con fantásticos y limpios coros que llevan a preguntarse sobre por qué este disco no arrasó desde el mismo momento de su aparición.

"Chance of a Lifetime" es más británica, con claras reminiscencias de los grupos ingleses de principios de los ochenta, una fenomenal canción de sabor londinense y otoñal. Entonces aparece la entrañable "International Pop Overthrow", quedaremos enganchados para siempre a su estribillo frenético y especialmente a los sutiles golpes de platillo que lo acompañan. "Very First Lie" ataca con todas sus armas directamente al alma, mejor no escucharla cuando estemos tristes, ornamentada además con una gloriosa y exótica línea de guitarra. Después nos llega la rabia explosiva y sin paliativos de "Trouble", un desahogo depresivo que dice mucho sobre la introvertida personalidad de Ellis, directa, rápida, como una bofetada de desesperación. Por eso sorprende tanto la siguiente, "There Was a Few", mi favorita del disco, una canción que hace soñar mundos hermosos donde los problemas no existen, y que lo tiene todo: una de las melodías más hermosas e ingenuas de los noventa, unas guitarras poderosas que aportan un punto de inquietud, y un estribillo arrebatador e inundado de ternura y dulzura, parece la historia de una ruptura, maravillosamente concentrada, producto de una sensibilidad fuera de lo común. Con "This Far Before" estaremos condenados el resto de nuestra vida a escuchar obsesivamente las voz superpuesta del propio Ellis al final del estribillo, a la manera de una daga afilada que emerge para atravesarnos. "A Very Good Idea" hace daño, otra vez la melancolía se hace dolorosa y bella al mismo tiempo, pero ahí está "Li'l Christine" para acabar el disco con una melodía radiante y que brota a chorro, carismática e imposible de olvidar.

Material Issue sólo publicaron dos discos más, Destination Universe (1992) y Freak City Soundtrak (1994), casi igual de buenos que el primero, antes de que John Ellis se sucidase como fruto de la ruptura con su novia y de la inamovible indifirencia con que habían sido recibidas sus canciones. En un mundo donde sólo triunfa la mediocridad, es absolutamente necesario conceder el reconocimiento debido a un disco tan único como International Pop Overthrow, sin duda uno de las que figurarían en una hipotética lista de los mejores del pop. Os pongo a continuación el enlace para que podáis escucharlo con agonía, como si fuera lo último que vais a hacer en la vida, porque no merece menos.

Material Issue. International Pop Overthrow


Leer más...

miércoles, julio 04, 2007

Everybody Else

Everybody Else, trío californiano que acaba de debutar con un disco homónimo, mete el dedo en la llaga del eterno problema del power pop. Sin tapujos, es una clara muestra de la esquizofrenia del estilo, un carácter paradójico que lo ha convertido en un tesoro para entendidos a pesar de su espíritu accesible y, por qué negarlo, comercial. Su raíz más profunda, que no es otra que los primeros discos de los Beatles, fue alejándose de los gustos populares a medida que los sesenta quedaban atrás, eso sí, raíz bien cultivada y desarrollada por estrellas del género como Badfinger o los Nerves. Su condición de estilo de culto contrasta con su voluntad de llegar rápido a la fibra a base de melodías hermosas y guitarras combativas.

Ahí es donde llegan Everybody Else para introducir subrepticiamente y con alevosía una bomba de relojería en el corazón del aficionado al power pop. Porque su fresco, vibrante disco, está repleto de himnos pegajosos, que llegan a la primera, que explotan en el corazón porque no tienen más remedio. Y sin embargo, han elegido para ello un sonido muy limpio, muy mascado y adecuado para oyentes que jamás han tenido un disco de power pop entre las manos. De alguna manera, se han dedicado a pulir y a lucir esa innegable cara comercial del género, sin por ello dejar de hacer grandes canciones, llenas de talento y de una inmensa cultura musical a sus espaldas. Habrá quien los considere comerciales y futuros ídolos de adolescentes. Para mí, al menos por ahora y teniendo en cuenta el disco del que hablaré, son grandes, encantadores, imprescindibles.

La primera canción, "Meat Market", ya es una gloriosa introducción, adictiva, optimista, un single redondo y un buen derechazo para empezar, guitarreros, bulliciosos, pero también sensibles sin llegar a azucarados (es curioso, porque de esto sí que creo que peca a veces uno de los gurús incuestionables del power pop, Matthew Sweet). Por si no nos lo creemos aún, ahí está "Faker", con sus coros, sus cambios de ritmo, su bajo intrépido, ordenado, saltarín y sin tregua. "I Gotta Run" es deliciosa, ya desde ese inicio casi recitado, sensible a más no poder, reposada, con la limpia, tierna voz de Gerety exhibiéndose (sin dar la nota, por supuesto), e "In Memoriam" sería asaltada sin preámbulos por la Mtv a poco sagaces que fueran: no hay más que escuchar el estribillo, sí, muy comercial, quizá demasiado para el más talibán de los aficionados al género, pero sin duda irresistible e increíblemente adictivo. Tampoco puede dejarse pasar la dolida "Born To Do" y sus rabiosos guitarrazos.

Con "Rich Girls, Poor Girls" llega la cumbre del grupo, un single potente y una de las mejores canciones de lo que llevamos de década, absolutamente maravillosa porque además, en su estribillo es imposible dejar de saborear los rastros de cuarenta años del mejor pop de guitarras, hay de todo, desde los Who a Badfinger, pasando por los Raspberries y siguiendo con Paull Collins. Fantástica recreación de la historia de un género, increíble composición llena de desfachatez, encanto y energía. "Makeup" se mueve en la línea más sensible del disco, sin que esto quiera decir nada malo, porque no deja de haber una base rítmica consistente, pero eso sí, se potencia al infinito la dulzura de la melodía, siempre hasta ese punto en el que todavía no empacha. "Without You" es otro fenomenal trallazo, y aviso, muy pegajoso, Everybody Else se han doctorado en la universidad de los estribillos vitaminizados y no dejan de alardear de ello. "Say Goodbye" es más que nada simpática, llegados a este punto Everybody Else ya deberían habernos robado el corazón por su honestidad y su fe ciega en lo que hacen. Porque aunque "The Longest Hour of My Life" suene a 40 principales, y "Button For Punishment" a canción que las adolescentes escucharían mientras lloran después de dejarlo con su novio, en realidad las dos tienen contenido, una estructura firme y sabia, un incontenible amor por el pop que ha elegido su forma más depurada y de radiofórmula. De "Alone In The World" sólo digo que es un tema espectacular, de cierto aire apocalíptico y melancólico, el broche final de un disco que será recordado durante largo tiempo.

Así pues, Everybody Else, a golpe de talento, demuestran que no son simplemente unos guaperas de postín con una música prefabricada y adecuada a su imagen. Todo lo contrario, por fortuna son el primer paso para que definitivamente el power pop se convierta en un estilo de masas. No es justo decir que estas canciones son comerciales sólo porque juegan a potenciar el lado más accesible del género. Y menos justo aún para uno mismo es negarse a disfrutar de ellas por este motivo.

El disco está aquí.

Leer más...

lunes, junio 25, 2007

XTC, en el Paraíso de los 80

Por fin llega el momento de hablar de XTC, un grupo no tan infravalorado como otros a causa de su prologanda trayectoria y su generosidad en canciones de oro y en obras maestras pero, como siempre, nunca lo suficientemente valorados. Hay que dejar claro que estamos ante unos de los héroes del pop, los reyes indiscutibles de los 80, así como Teenage Fanclub lo fueron de los 90. Una formación imprescindible, liderada por un genio, Andy Partridge, y que ofrece un exquisito licor en el que se mezclan sabores tan excitantes y valiosos como los Beatles o los Beach Boys.

Su andadura empieza a finales de los 70, claramente enmarcados en la new wave, y con dos discos, White Music y Go 2, pródigos en melodías briosas que galopaban los caminos firmemente trazados por Elvis Costello, Stiv Bators y otras luminarias del power pop clásico. Energía, frescura y una filosofía de ir al grano que incluía a partes iguales las guitarras angulosas y el amor por los estribillos adictivos. La explosiva "Radios in Motion", las curvas inquietantes de "This is Pop", el clásico de la nueva ola "Statue of Liberty" o esa joya de la emoción que es "Are You Receiving Me" (qué facil resulta engancharse a ella) son los primeros pasos de un grupo que ya ofrece claras muestras de personalidad pero que todavía no acaba de definirse.

Su último disco de la década, Drums & Wires, ya es el primer disparo en la dirección a la que irían en su momento más glorioso. Se trata de un álbum lleno, por una parte, de clásicos de los 80, como la parsimoniosa "Making Plans for Nigel", la compleja y adictiva "Teen Feet Fall" o la festiva "Life Begins at the Hop", junto con una serie de canciones distintas, mucho más personales, en las que Partridge desarrolla por fin su particular visión del pop y empieza a componer un universo de colores vibrantes y estructuras imprevisibles, sin perder de vista nunca, por supuesto, la accesibilidad y la pegada inmediata que se le supone al estilo. Aquí entran canciones inclasificables como la juguetona "Helicopter", la melodía que se desliza por un engranaje de "Reel By Reel", esa canción nerviosa, directa y encantadora que es "Scissor Man" o la vacilona "Change Of Command". Cambios de ritmo sorprendentes, armonías vocales que parecen desperdigadas pero que luego acaban configurándose en un conjunto mágico, guitarras que recuerdan muchas veces a la mejor época de Talking Heads y estribillos deliciosos que brotan en cualquier parte, cuando menos lo esperamos, son las premisas básicas del libro de estilo que Partridge perfeccionará en los discos sucesivos.

En ese camino hacia la perfección llega Black Sea, el siguiente destello dorado en el pop más exquisito de los 80. Una colección de clásicos, un disco que parece un grandes éxitos, canciones que se suceden de manera infatigable y que nos dejan al final del disco con la boca abierta. "Generals & Majors" es una de sus obras maestras, con ese silbido que ratifica el fascinante poder de la melodía que arma el esqueleto de la canción. "Rocket From a Bottle", con sus entusiastas teclados del principio, es una de las mejores canciones de amor nunca escritas, sin una gota de sensibilidad barata, absolutamente rítmica pero también grande en su estribillo, un gancho arrojado de manera precisa hacia nuestro corazón. "Towers of London" es otro hit, uno de los fijos de las colecciones de singles de XTC cortesía de las espirales de su hipnótica melodía, y a la misma altura o más está "Sgt. Rock (Is Going to Help Me)", un compendio de los tics de los Beatles, los Kinks, Move o los Hollies, un delicado plato que contiene las mejores esencias del pop y que jamás nos cansaremos de probar. Todas las canciones alcanzan un nivel sorprendente y participan de una heterogeneidad en la que cabe el reggae ("Living Through Another Cuba") o la música tribal ("Travels in Nihilon"), pero siempre como vestimenta y al servicio de un espíritu inconfundiblemente pop y plagado de estribillos.

En ese momento culminante llega su mejor disco, English Settlement, obra imprescindible e ineludible de los clásicos del pop. Después de una crisis nerviosa que empuja a Partridge a abandonar los conciertos, el sonido de sus canciones se vuelve mucho más personal y todas ellas adquieren una cohesión extraña, podría decirse que milenaria, un sonido acústico, muy primitivo, unas melodías cada vez más extravagantes y personales (pero siempre, no lo olvidemos, sin perder un ápice de su poder adhesivo), lo cual en conjunto es un extraordinario generador de la imaginería más mágica y exótica de los 80. Cualquier palabra se queda corta al enfrentarse a este disco, pero ya los tambores célticos de "Runaways" nos avisan del universo en el que estamos entrando. Y lo mejor de todo es que, al final, las canciones están rellenas del más puro, ortodoxo y fanático espíritu del pop británico. Por eso, "Ball and Chain", con sus trompetas que parecen llamar a la batalla, no deja de ser en realidad una extraña mezcla en la que prima la estela de los Beatles. "Senses Working Overtime" es sin duda la mejor canción que hicieron nunca, también con esa brisa folk y celta en la que emerge de improviso su acaramelado estribillo. "Jason And The Argonauts" es fascinante, misteriosa, se respira en ella el remoto aire de siglos pasados, y la aguerrida "No Thugs in Our House" presenta un estribillo furioso que deslumbra por su perfección y que jamás podremos quitarnos de la cabeza. En este disco cabe hasta lo que parecen bailes tradicionales nunca escuchados ("Yatch Dance"), y curiosos ritos de iniciación africanos que encierran en su interior contagiosas, irresistibles, entrañables melodías pop ("It's Nearly Africa"), y también una canción para enamorarse directamente de ellos, "Knuckle Down", o cómo juntar el poder de un estribillo que habría sido fácilmente número 1 en ventas de haberse tratado de una manera más comercial y el sonido inconfundible de los singles más poderosos de los 60. En definitiva, un disco esencial, una recomendación absoluta, un conjunto de magníficas canciones con raíces en el pop clásico y en un etéreo e imperceptible sentido del paso del tiempo.

El disco siguiente, Mummer, es más bien crepuscular, extraño, se buscan nuevos caminos después de la brutalidad anterior y se consigue la grabación más rebelde y diferente de todas. La amenazante "Beating of Hands" parece pertenecer aún al disco anterior. "Wonderland" es una preciosidad, una canción que usa los componentes de los éxitos comerciales de ese año para obtener una fantasía que rebosa imaginación y exotismo, algo así como meterse en un jardín japonés del siglo XIX. "Great Fire" es tan primitivista como las canciones de English Settlement, y "Ladybird" un prodigio del pop melancólico con firma McCartniana. Otras canciones, como "Jump", que parece casi de juego infantil, la preciosa "Toys", mi favorita, donde XTC demuestra una vez más su pulso firme en los estribillos gloriosos, que hubieran sido muy comerciales si alguien se hubiese preocupado de creer en ellos, y la sorprendente, cercana y llena de calor "Desert Island", son una prueba del nivel fuera de serie que el grupo había alcanzado.

Entonces llega The Big Express, igual de bueno que los anteriores, y que destapa los problemas porque XTC se proponen ser más comerciales que nunca pero, obviamente, no lo consiguen. Y todo esto a pesar de canciones tan redondas como "Wake Up", otra de las que habrían quedado perfectas en un anuncio, la placenteramente machacona "All You Pretty Girls" o "This World Over", que en un mundo hipotético equivaldría a que Sting hubiese tenido talento. Otros temas continúan siendo igual de mágicos e intimistas, en la línea del mejor Partridge, como "I Bought Myself a Liarbird", que parece una fábula. Además, siempre estarán esas canciones que nacen en plenos 60 y que se convierten en clásicos de todos los tiempos, como "The Everyday Story of Smalltown", un nuevo y encantador batido de Beatles, Beach Boys y Kinks, y "You Are The Whis You Are I Had", que toma de inspiración al McCartney de "Penny Lane" o de "Your Mother Should Know".

La fuerza creativa de Partridge prosigue su vigoroso impulso en Skylarking, una completa maravilla de principio a fin, un canto a la naturaleza, al verano, a la sangre de la tierra y de la vida. "Summer's Cauldron", con sus cantos de grillos y pájaros del comienzo, sirve para entonar esta peculiar, genial, brillante oda, siempre enmarcada en la canción pop. "The Meeting Place" nos parece estar contando verdades ocultas y hermosas, y "That's Really Super, Super Girl" es esa característica canción infernalmente pegajosa a la que es tan dado Partridge con su voz grave, flexible y modulada. "Ballet For a Rainy Day" es una preciosidad, que empieza melancólica y delicada, suavamente acompañada por unos teclados, y que se abre en un estribillo que genera una adicción preocupante. "1000 umbrellas" ya es genial sólo por estructurarse sobre la parte instrumental de "Looking For a Glass Onion" del disco blanco de los Beatles. ¿Y "Season Cycle"? Otra joya lustrosa del pop de quilates, con irresistibles armonías y melodías y un estribillo luminoso, poseído por los mejores singles de los 60. Lo mismo podría decirse de la casi neurótica pegajosidad de "Earn Enoug For Us", o ese mágico primitivismo del que ya hemos hablado, usado en otros discos, y que también usan en "Sacrificial Bonfire", que da la impresión de ser una canción medieval.

Ya llevamos una ristra de varias obras maestras, y lo increíble es que el asunto no acabó aquí. Oranges & Lemons vuelve a ser otro disco maestro, con una magnífica portada que hace clara referencia a los Beatles del Yellow Submarine. "Garden of Earthly Delights" es una de esas canciones donde el paganismo y la delicia pop se dan de la mano y obtienen como resultado un optimismo vigorizante, una inyección de felicidad en el corazón que nos lleva volando hacia un mundo de sueños. Y "Mayor of Simpleton" se deshace como un caramelo pop sin concesiones, una de las canciones más adictivas de Partridge, nacida para ser tarareada hasta que se acabe el mundo. "The Loving" es otro himno inmediato, elegante, más pulido y quizá comercial, pero igual de brillante y preparado con las mismas esencias de los 60. Otras canciones, como "One Of The Millions" o "Across the Antheap", vuelven a los sabores celtas de English Settlement con el mismo grado de acierto y belleza, y "Scarecrow People" representa el pop nervioso y con garra tan propio de Partridge. Un conjunto de canciones brillantes con el que XTC cierran la década y dan paso a los 90, en los que producirán discos más fríos y ya alejados de la vida y la intensidad de su época dorada.

No lo hemos dicho aún todo sobre XTC. Porque entre 1985 y 1987, y bajo el seudónimo de The Dukes of Stratosphear, publicaron dos estupendos discos en los que se encarnaban en cada uno de los grupos que les habían influido, y donde daban rienda suelta a su amor por la psicodelia, los Byrds, los Zombies, Brian Wilson, la recopilación Nuggets, Lennon y McCartney y todos los dioses del estilo. Sin embargo, hablaremos de esto más detenidamente en otro artículo. Cualquier cosa que se escriba sobre ellos será siempre muy poco. Afortunadamente, sus discos han sido frecuentemente reeditados en CD y es muy fácil encontrarlos a buen precio.

Leer más...

lunes, junio 18, 2007

Spongetones, "Beat & Torn"

La llama que prendieron los Beatles no perdió su chispa a lo largo de las siguientes décadas, todo lo contrario, siempre hubo fanáticos dispuestos a recogerla y a avivarla, a extender el culto a lo largo de los años en espera de su nueva llegada. Cada vez menos escuchados, cada vez más arrinconados por revistas, radios y críticos en ese oscuro agujero de lo que no le importa a nadie, se hicieron fuertes en la clandestinidad de su sonido y dejaron un reguero de fabulosas canciones que dejan en evidencia al que ve en ellas sólo la nostalgia de una epoca que nunca se vivió ni se vivirá.

A ese grupo de fieles pertenecen The Spongetones, los cuales en 1982 lanzan Beat Music, un disco que retrocede a 1964 y que aglomera los ritmos incansables de los Beatles, las perfectas armonías de los Hollies, la frescura y juventud de una música eterna que conmocionó al mundo. Sus doce canciones son una declaración de amor a una época que hoy día, tal y como están las cosas, parece una barbaridad, más una leyenda que unos hechos claramente demostrables.

"Here I Go Again" destapa la botella gran reserva, una melodía sencilla y adictiva, unas voces cristalinas, desacomplejadas, volcadas en su tarea de revivir el espíritu Beatle en dos minutos y medio, solos de guitarra a lo Harrison incluidos. El ritmo marcial de "Tell me Too" es igual de encantador, los Spongetones no sólo capturan fotográficamente el espíritu del merseybeat, sino que lo desarrollan a su gusto, como si hubieran sido uno de los grupos esenciales del estilo, teletransportados en el tiempo. "Cool Hearted Girl" es puro beat a lo McCartney, un extraño y original cruce entre "I Saw Here Standing There" y "Ask Me Why". "Take My Love" es sensual, melancólica, brota de ella un hermoso y agridulce sentimiento característico de las mejores canciones de los Spongetones. La briosa "A Part Of Me Now" aparece como un glorioso y delicado aperitivo antes de llegar a "She Goes Out With Everybody", uno de los primeros hits de los Spongetones, donde las voces y las guitarras suenan más cristalinas que nunca, en una canción que vive de una potente línea de guitarra siempre al servicio de la melodía. Lo mismo puede decirse de "Every Night is a Holiday", que empieza majestuosa y elegante porque es muy consciente de su clase, siempre con el estribillo pegadizo y refinado para acabar la jugada. "Don't You Know" es resuelta, dolida, el beat entregándose a la causa de los corazones rotos, con las guitarras lanzando acordes como si quisieran ocuparse de la percusión, y el bajo acompañando la cota de malla del ritmo, que no cede ni un segundo.

Lo mejor de "You're The One" es esa melodía descendiendo por una frenética montaña, tan a lo Hollies, otra vez apuntalada por un estribillo explosivo a varias voces. "Better Take It Easy" es la más dura, aquí la guitarra adquiere protagonismo y de hecho parece uno de esos temas más cañeros de Honeybus. Y "Eloquent Spokesman" es puro McCartney del Magical Mistery Tour, absolutamente concentrado y servido sin concesiones. Aquí acabaría Beat Music, de no ser porque en posteriores reediciones le añadieron el excelente EP que Spongetones publicaron dos años después, Torn Apart, más alejados del sonido Beatle, pero no del pop puro y nítido, más personal pero igualmente directo. El resultado de la suma, Beat & Torn, es una brutalidad que une un primer disco excepcional y uno de los mejores Ep's de la historia del pop.

En todo el EP es constante la presencia del desengaño amoroso, del dolor y la incredulidad después de una ruptura, de la herida de la que todavía mana sangre, y todo eso con la forma de unas canciones de pop más pulcro imposible, matemáticamente hermoso, pulido con el perfeccionismo más exigente. "Have You Even Been Torn Apart" ya incluye todos esos ingredientes, más melancólica y herida precisamente por ese sonido perfecto y puntilloso. "Lana Nana" es directamente hermosa, relajada y extremadamente personal, buscando ya un camino alternativo a la furia Beatle del primer disco. Con "(My Girl) Marianne" estamos ante todo un clásico del power pop, digno de figurar en cualquier recopilación del estilo, y brillante en su forma de mezclar unos acordes de guitarra infecciosos y potentes con una melodía más bien sensible. Y, bueno, "Now You're Gone", la mejor canción que hicieron nunca Spongetones, y un tema que se autoimpulsa hacia donde habitan los clásicos, tanto por la modestia con que está planteado como por todo el dolor que contiene tras su belleza de cristal. "This Kiss Is Mine Tonight", por otro lado, supone el final perfecto, un tema tan brillante como los otros y absolutamente certero en la búsqueda del estribillo limpio, puro y por encima de todo, arrebatador. Una canción salida de un sueño.

Spongetones grabaron más discos, cada vez más orientados al pop puro y atemporal, entre los cuales cabe destacar el magnígico Oh Yeah!, prácticamente a la altura del que hemos hablado. El grupo en sí, y su obra, es uno de los mejores ejemplos de lo mucho que le debemos a los Beatles en todos los sentidos. Beat & Torn, como suele ocurrir con los discos fuera de modas, no es fácil de encontrar. Desde aquí podréis descargarlo:

Leer más...

domingo, junio 03, 2007

Vancouvers, "Quintessential"

Un disco áspero, de sonido sucio y asilvestrado, directo al grano, que hace honor a su propio nombre, Quintessential, y en el cual refulge, sin embargo, el calor de las melodías que lleva dentro. Un disco perdido, prácticamente ignorado y desconocido, que jamás ha tenido, como tantos otros, su justo reconocimiento. En definitiva, una de las joyas fulgurantes del rock de este país, aparecida a principios de los 90, dentro de la vorágine del noise-indie-rock o cómo se le quiera llamar, y que desde su misma aparición deja en ridículo la obra de grupos como Australian Blonde, Los Planetas o esa gente sin sangre que son Le Mans o Family.

Porque se trata de un disco del que se puede hablar sin complacencias absurdas, sin darle más valor sólo por ser español, que se aúpa a sí mismo hacia esa categoría de los grandes del rock alternativo de los noventa en la que brillan discos como Slanted and Enchanted de Pavement, Bakesale de Sebadoh o cualquiera de los de Superchunk. Y además sobresale su innegable y cercano encanto, tan íntimo, porque no se aprovechan de esa moda de las texturas de guitarra para dar lugar a elucubraciones aburridísimas y de duración absurda (la sensación que suelo tener siempre que escucho discos de Sonic Youth), todo lo contrario. Más bien se acerca a clásicos desconocidos como el primer disco de Urusei Yatsura, We Are Yatsura, obra estelar e ignorada del rock de los 90 y que participa por encima de todo del mismo sentido de amor por la canción y por la diversión.

Se trata del segundo álbum de Vancouvers, grupo del que apenas he encontrado información, más allá de que ahora algunos de sus componentes tocan en Jet Lag. En No Particular Place, su primer álbum, se acercaban al parecer a unas directrices más power-pop. Con este disco entran de pleno, y con una calidad incontestable, en el sonido de moda en los 90 (no hay más que leer -o mejor dicho, ojear- las Rockdelux de ese periodo). "Chicken Song", el tema que abre el disco, es un puñetazo rockero directo, no quieren engañar a nadie, y el ritmo salvaje y desgarrado casi oculta la importancia de la melodía, que la tiene, especialmente en ese estribillo delicioso que rompe la furia de la canción en cuanto aparece. "Finest Young Lady" no pierde la brisa guitarrera, pero es mucho más amable, con una melodía optimista, casi feliz, quizá la más power-pop del disco, y además jamás nos vamos a cansar de esos acordes reprimidos y el cielo claro, lleno de coros, que viene a continuación. "Bad Bad Bird" es impresionante, sofisticada, cantada con una especie de soberbia mágica, dejando caer las sílabas con desgana junto a esas guitarras tan absolutamente geniales en su acompañamiento, y sin perder de vista una vez más un estribillo lleno de luz, porque Vancouvers no buscan la pose ni la actitud, sino simplemente disfrutar. "The Comer" es la más salvaje, la más impregnada de un ritmo garage sin concesiones, grasienta y marginal, llena de punteos que se pavonean sin complejos. "My Friends And I" recupera la cara amable, dentro de la mejor tradición del rock independiente, y es abiertamente melódica, triste, con una progresión de acordes de guitarra que, al igual que el resto del disco, se graban dentro de nosotros en cuanto los escuchamos, porque dicen muchas cosas, expresan emoción pura. Y "Well Bred", bueno, la primera cara no podía acabar de mejor manera, esto es un clásico del rock, desde el comienzo engañoso, que da paso a un ritmo frenético y veloz, una canción que parece reivindicar algo, con un gancho increíble, absolutamente pegadiza y furiosa.

La cara B comienza con un hit, "No Better Way", nacida para la gloria pero condenada al desprecio. Gigante la melodía, las guitarras acústicas, los coros que subrayan el momento más emocionante de la canción. Y "Time Flies, Fruit Flies" incorpora un ritmo extravagante, obsesivo, casi hipnótico, dentro de la voluntariosa amabilidad que se desprende de todo el disco, porque no deja de ser tarareable. "Porno" es de nuevo una canción poco higiénica, en el buen sentido, que parece salir de la recopilación Nuggets (sólo le falta el organillo), peligrosa, arisca, concreta, excitante. "Here Tonite" no hay manera de explicarla de manera precisa, en realidad se trata de un conjunto de todo lo mejor de los grupos de ese momento, la mejor canción posible dentro del rock alternativo, una estrella del estilo que hubiera corrido diferente suerte de haberla grabado Yo La Tengo, encantadora y viciosa, otra vez una estructura monocorde, muy rítmica, que de repente se rompe en unos acordes de guitarra en espiral combinados con unos coros perfectos, un caramelo delicioso que desearemos probar infinitas veces más. "In My Garage" incluye otro estribillo explosivo, cantado a gritos y en coro, y se supone que saltando con ganas, porque no hay otra manera de hacerlo. Vacilona y directa, otra joya más que da paso al final, "Tell Your Daddy", la más furiosa, la más rápida, la más inquietante, con el mejor espíritu de los Stooges, o quizá de Hüsker Dü, o posiblemente del primer y mejor disco de los Pixies, Surfer Rosa. En definitiva, sublime.

Al principio intenté escribir un artículo completo sobre toda la discografía del grupo, que al parecer consta sólo de tres álbumes más, pero me fue imposible encontrarlos. Me parecía un deber hablar de éste, demasiado bueno como para que quede en el olvido, un clásico del estilo -y no sólo en España- que merece ser reeditado, reescuchado, reconocido y todo lo que se precie. Como no veo manera posible de encontrarlo de otro modo, aquí os lo podéis descargar:

Vancouvers. Quintessential

Y por supuesto, agradecería enormemente que alguien pudiera explicar algo más sobre los Vancouvers o el modo de hacerse con su discografía.

* Fotografías en blanco y negro aparecidas en Ruta 66 del año 1992. Cortesía de Carrascus

Leer más...

martes, mayo 29, 2007

The Leopards, la magia aún existe

El infinito placer de amar la música, de dejarse fascinar por sus imprevisibles ramificaciones y darse cuenta de hasta dónde puede llegar la pasión, tiene episodios particularmente felices como el que nos ocupa hoy. Hablaremos de The Leopards, cuatro tipos de Kansas City que en 1977 y, diez años después, en 1987, graban dos discos fundamentales, tan admirables tanto por las hermosas canciones que los forman como por su particular sonido. Imaginemos que cuatro locos se obsesionan con el Village Green Preservation Society de los Kinks y con todo lo que huela a la época más rica y original de Ray Davies. Me refiero a esas canciones con aroma a te de media tarde, a delicada y elegante composición inglesa con efluvios de la campiña, observaciones sarcásticas sobre la sociedad incluidas. Porque The Leopards fueron los Kinks después de los Kinks, y no sólo eso, sino que gracias a mantenerse fieles a ese libro de estilo lograron, paradójicamente, un sonido inconfundible, intenso, cálido y extremadamente íntimo.

Son los nuevos reyes de los discos perdidos. Kansas City Slickers, su primer álbum, hoy prácticamente inencontrable, es un tratado sobre cómo querer ser Ray Davies, conseguirlo y transformarlo en algo propio. El irresistible encanto de esta manera de hacer queda ya patente en "Road To Jamaica", entrañable, pegadiza, tierna, melancólica, es decir, todo lo que tenían las canciones de Ray Davies -también una voz idéntica a la suya, a cargo de Dennis Pash-, como si estuviera recién salida de las sesiones del Face to Face. "Mind of My Own" es una vuelta de tuerca al clásico "David Watts", sin olvidar los pianos saltarines, y "Dancing in The Snow" parece una de las extravagancias de Ray, casi de vodevil, y producto sólo de una mente experta que ha sometido sus neuronas a una sobredosis de discos de los Kinks. Con "57 Chevy" nos damos cuenta de que tanto parecido con el grupo de Ray Davies no es algo superficial, sino que lleva a alguna parte, porque The Leopards están trazando una atmósfera muy personal, deliciosamente anacrónica, y plagada además de melodías increíblemente hábiles y adictivas. De hecho, "Bugle Boy" es tan enigmática y tan fuera de parámetros que hasta parece escrita por Jaume Sisa. Y "Recess" podría estar entre "Dead End Street" y "Sunny Afternoon" en un recopilatorio de los Kinks. "Raggedy And Raggedy Ann" es en mi opinión la joya del disco, con esa rápida y entrañable, pacífica, casi folk melodía, mandolina incluida, una estupenda canción que cierra un espíritu originalísimo, el cual mezcla a los Kinks y un tono campestre y de fogata nocturna.

Un disco esencial, con una personalidad abrumadora, voluntariamente fuera de toda onda y, por consiguiente, injustamente ignorado desde su misma aparición. De este disco tan cercano y mágico es muy fácil enamorarse, pero no obstante, como ya se ha dicho, diez años después The Leopards publican Magic Still Exists, su obra maestra, una joya del pop y referente absoluto, aunque completamente desconocido.

Descomunal, gigante, pero a pesar de todo humilde, Magic Still Exists destila belleza, ternura, los inevitables giros a lo Kink y una fuerza inigualable a la hora de emocionar con canciones sencillas y dotadas de una sensibilidad que desarma por su pureza. A pesar de todo, la canción que abre el disco, "Block Party", engaña, porque es muy rock, de hecho no parecen ellos, y enseguida "Back on The Track" nos demuestra que las cosas no sólo no han cambiado, sino que se han hecho mejores. Excelente pieza, digna de la pluma más inspirada de Ray Davies, a quien ya no sólo rinden homenaje sino que lo toman como forma de vida y lo igualan. "Empty People" es puro, nuclear, incorruptible pop británico de los 60, viene de allí, se ha obrado el milagro, el tiempo se ha derretido y todo es posible. ¿Y "Last Night"? Pues otro clásico del mayor de los Davies, sólo que no lo ha escrito él y que es el ejemplo paradigmático de hasta qué punto puede emocionar la sencillez. Ni siquiera "Harleans House" pierde el carisma, con esos coros a lo Beatles y unas melodías firmemente trazadas con sus cambios sutiles, delicados, melancólicos, dolorosos en su belleza.

Es fácil detectar cuándo un grupo está haciendo algo grande, porque sus discos se desarrollan prácticamente sin altibajos, como si se tratara de un espadazo que al terminar nos deja temblando. Esto es lo que experimentaremos con "Psychedelic Boy", que viene a ser el mejor McCartney, el mejor Ray Davies, el mejor Pete Dello, el mejor todo de todo dentro de la tradición del pop exquisito. "It Can Happen To You", otra maravilla, con una introducción de mandolinas en espiral que directamente derrite, y una construcción perfecta y de estribillos poderosos, genialmente acompañados por una guitarra de goma. "Waiting" es una genial aproximación a un estilo más bien de la nueva ola, no tan personal pero igualmente talentoso, algo de lo que parece participar también "Crying". "Dusty Treasure" es uno de esos instrumentales que no están de más, que son tan buenos como cualquier otra canción y que nadie en su sano juicio excluiria del disco (¿os suena "Is This Music", de Teenage Fanclub?). Y "Maggie Lane" es el canto del cisne, una canción trabajada, más compleja pero con los referentes igual de claros que las anteriores, de desarrollo inquietante (acaba con una explosión) e ideal para cerrar un disco de esa altura.

Grandes, honestos, unos clásicos desconocidos que os invito a que formen parte de vuestra colección desde ya mismo. Si nunca habéis escuchado a The Leopards, os propongo que descarguéis la siguiente canción (cara B del single "Psychedelic Boy") y digáis en los comentarios qué os parece:

The Leopards. "If You Come Back To Me"

Y puesto que se trata de discos muy difíciles de encontrar, a continuación pongo los enlaces correspondientes a los dos (también están en e-mule, por cortesía de la fantástica 1 poco de música):

The Leopards. Kansas City Slickers
The Leopards. Magic Still Exists

Leer más...