miércoles, octubre 24, 2007

Flying Color

Presento hoy quizá uno de los discos más especiales de los que he podido hablar por aquí, una obra cargada de canciones otoñales, melancólicas, idóneas para esta época del año. Canciones sencillas, preciosas en su humildad, acariciadas con una cálida e inofensiva capa de guitarras, tocadas con la gracia de la nostalgia, del carisma, como si cada una de ellas estuviese preparada para hacerse un hueco en nuestras vidas. Sorprende tanta emocionalidad contenida, especialmente si se tiene en cuenta que fue su primer y único disco, que en definitiva es una de las cumbres del pop de finales de los ochenta.

El sonido de este disco es acogedor -como una manta de lana-, amigable, reparte melodías y bienestar a dosis iguales. La fórmula es muy sencilla: melodías quebradizas, guitarras nostálgicas, estribillos hermosos y gélidos, y una energía indómita y sutil, como un recuerdo intenso de momentos felices que ya han pasado. Ahí es donde se mueve este disco, en la sensación de pérdida, de reflexión, de melancolía, pero disparando con las armas del pop: inmediatez, belleza y adicción. La primera canción, "Dear Friend", es todo un himno, con su línea de guitarra que llega hasta profundidades abismales, serena, y su estribillo que arremete como si dijera una verdad profunda. Una de las mejores canciones de la década y una línea a seguir en el resto del disco, que en ningún momento se permite bajar el nivel. "It Doesn't Matter" suena a los Smiths pero en bueno, aquí hay nostalgia de verdad, sin pose, la guitarra acústica cumple su papel a la perfección y es una de las mejores que he escuchado nunca, limpia y precisa, en una composición que permea y llega hasta muy dentro. Todo esto se repite en "One Saturday", que recoge el espíritu de los Replacements, y un estribillo que a estas alturas ya nos hace acostumbrarnos a lo que este disco ofrece, melodías infecciosas y con calor humano sabiamente acompañadas por los punteos de guitarra adecuados. Y "Through Different Eyes" es pura gloria, optimismo ciego e introvertido, casi humilde, aunque siempre están ahí los trazos de guitarra invernal para dejar las cosas en su sitio.

Por eso "Tumble" es algo así como el himno de los perdedores, por fin alcanza el protagonismo esa voz irremediable del desaliento, del dolor muy pensado y ofrecido en plato, con toda sinceridad, sin histrionismos, parece una melodía rescatada de la composición química de una lágrima, teniendo en cuenta un estribillo que es sinónimo de la desolación. "Believe, Believe" concede un poco de tregua, es mucho más energética que las anteriores y más afín a la línea del power-pop clásico, la tristeza también tiene sus respiraderos y éste es uno de esos momentos en que todo parece que vaya a ir bien. Inmejorable punto de partida para otro de los clásicos de los ochenta, "Farewell Song", una de esas canciones que da la impresión de que han existido siempre en el subconsciente colectivo, si tenemos en cuenta la naturalidad con que se desarrolla, su limpieza y el acento emocional y la honestidad que se pone en el estribillo. Si no fuera porque Teenage Fanclub publicaron sus mejores discos años después, parecería que aquí están influidos por ellos, no podía ser de otro modo con esas fantásticas conjunciones de voces y esa ternura contenida e inocente. A continuación, otro de los hits del disco, "I'm Your Shadow", con guitarras rebeldes que siembran a sus anchas los cambios de ritmo y los devaneos emocionales.

En la recta final del disco todo sigue igual de bien. "Wise To Her Ways" contiene más energía que todas las anteriores, y se canta como si se quisiera parir un himno indie, de manera hipnótica y circular, un poco a la manera en que lo hizo Pavement tiempo después. La senda del power-pop despreocupado se recupera en "The Road We're On", no viene mal algo de poder azucarado en las últimas canciones, sobre todo si resulta tan pegajoso como en este caso. "By The Fire" nos propone una tonada que parece sacada del folklore popular, siempre con esas guitarras fibrosas y llenas de sentimiento que caracterizan el disco, para lograr la emoción instantánea. Y no hay mejor manera para acabar un disco así que con un estilo algo diferente, el country, integrado perfectamente con las demás canciones, pero suficiente para dar una nota de color, sin abandonar la melodía pura que se clava en el espíritu como una flecha.


Videoclip de "Dear Friend"

Flying Color nunca hicieron nada más, pero el testimonio de su vida como grupo es francamente inmejorable. Con este disco le dan mil patadas a muchos otros grupos de vida mucho más prolongada y, en algunos medios, permanente. Uno de los momentos más decadentes, puros y hermosos de los ochenta, de la misma estirpe que esas rarezas cargadas de sensibilidad y talento que se dan de vez en cuando. Os advierto que si lo escucháis una vez, le seguirán muchas otras. Aquí lo tenéis a vuestra disposición:

Flying Color. Flying Color (1987)

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miércoles, octubre 17, 2007

The Optic Nerve, "Lotta Nerve"

Los sesenta fueron sin duda una década legendaria en lo que respecta a la música, de gloriosa fertilidad y rebosante de sonidos que dejaron huella para siempre. Aquellos discos misteriosos, bellos, sorprendentes, contenían una inocencia y una pureza que se convirtieron en el ideal de mucha gente que los entendía como el paraíso perdido. Esto es lo que les sucedió a Optic Nerve, una banda neoyorquina de mediados de los ochenta que quiso recrear con su música todas aquellas emociones excitantes en plena época de sintetizadores, crepados de pelo y arrogante posmodernismo. Su postura radical les llevó a no poder incluirse en ninguna de las escenas alternativas que se estaban desarrollando entonces, y de hecho no llegaron a publicar ningún disco en vida, aunque en 1999 se agruparon de nuevo, y al parecer editaron un nuevo disco, On!, en el 2006. Hoy por hoy, nos queda de aquella etapa un legado de dos discos, ambos editados en 1995, varios años después de que se grabaran las canciones: Forever and a Day, un álbum de corte más folk y rhythm & blues, aguerrido y garagero, originalmente compuesto en 1988, y Lotta Nerve, que recopila sus singles y que es el que ahora nos ocupa.

El sonido de este disco es algo absolutamente puro y fresco, sorprende e incluso conmueve la manera en que están plasmadas las canciones, con unas guitarras que se deshacen en estallidos melódicos y unos estribillos cantados como si quisieran llegar al número 1 a mediados del 65 (de hecho, lo hubieran conseguido). Aquí huele a los Byrds, a los Beatles e incluso al Dylan más amable, parece la obra maestra de un grupo americano salido de la máquina del tiempo e influenciado por la invasión británica. Ahí está esa delicatessen que es "Ain't That a Man", nadie sospecharía que esa canción fue grabada a mediados de los ochenta, hay aquí demasiado convencimiento e ingenuidad, con una guitarra Rickenbacker deliciosa y limpia, omnipresente como el agua de las olas, y una batería que suena exactamente igual que cualquiera de las del recopilatorio Nuggets. En este tipo de canciones Optic Nerve eran maestros, tenemos la prueba con la siguiente, "Mayfair", otro tesoro de la psicodelia, cantada a varias voces, una síntesis del misterio y la belleza que se escondían en discos como los de Blues Magoos o Strawberry Alarm Clock. Es increíble cómo suenan a grupo clásico, porque también lo consiguen en "Happy Ever After", donde se parecen más a Bob Dylan, o quizá a los Byrds, con una melodía que parece haber sido captada directamente de los años sesenta en las maquetas inéditas de un grupo oculto. Demasiado bueno.

Todos estos adjetivos pueden aplicarse de nuevo a "Take Me", con un espíritu muy afín al de los grupos del Paisley Underground de aquellos mismos años, pero con un sonido infinitamente más cercano a la época en que se inspiran, y una Rickenbacker desbocada y que cabalga sobre la canción. En "Leaving Yesterday Behind" son los Byrds, se han transformado en ellos a base de querer parecerse, encarnados más bien en Gene Clark y su particular fraseo a la hora de cantar, e infalibles cuando elaboran, al igual que sus maestros, melodías tiernas y enigmáticas que parecen alzarse hacia el cosmos. Con "Same Way Too" se acercan al country, sin abandonar igualmente la guitarra de doce cuerdas, ni las armonías vocales, ni tampoco el preciosismo en melodía y estribillo, a la manera de unos Flying Burrito Brothers. Y "Kiss Her Goodbye" representa la vuelta a la psicodelica más tierna, al garage más dulce y sensible. "What's She Tryin To Do" es un clásico que podría haber aparecido en el Rubber Soul de los Beatles, consiguen la misma facilidad que ellos para unir de manera sencilla y natural el sonido de cualquier estilo que absorbiesen con la imbatible pegada de la melodía. "What's Been Missin'" ya es una gozada, un himno veraniego que parece ideado en el mundo de sueños de Buddy Holly, y cuya melodía sensual es una exquisitez potenciada por un sonido muy sencillo y concreto.

"Like To Get To Know Her", absoluta obra maestra, se basa por completo en el estilo de Gene Clark de sus discos del 67, apaciguada y sabia, cantada como si él mismo estuviese ahí. Parece, de hecho, una canción folk arrancada de la tradición y que carga con el espíritu de varios siglos. En "She's A Drag" se muestran acelerados y adictivos, mientras que "I See The Truth" es un escarceo por el garage más descarado, por una vez distorsionan las guitarras y se muestran hostiles y disonantes, aunque tampoco demasiado. Para terminar, "The Girl With The Beautiful Eyes" es un postre formado por una melodía que quiere expresar nostalgia y belleza pop, otra vez con el inestimable sonido de las doce cuerdas, pero ahora plegadas a una canción maccartniana que incluye una acertada y discreta guitarra española.

Lotta Nerve es un disco imprescindible por su voluntad fanática de reproducir un sonido de otro tiempo, por incluir canciones tan buenas como las que grababan los grupos en los que se inspiran, por constituir, en definitiva, un reducto de idealismo que no entendía de negocios ni de modas. Se trata de una colección de joyas depuradas y entusiastas, movidas por una energía succionada a las canciones de los sesenta que amaban. Hay un equilibrio perfecto entre pasión y calidad que hace que probablemente este disco sea uno de los más especiales que podremos escuchar nunca.

Lo tenéis aquí:

The Optic Nerve. Lotta Nerve (1995)

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miércoles, octubre 10, 2007

Mamá, "El último bar"

Nunca deja de sorprenderme la extraordinaria fertilidad que supuso el surgimiento de la nueva ola a finales de los setenta, en un movimiento expansivo en el que proliferaron los discos de pop inmediato y sin complicaciones, las guitarras limpias y energéticas y los estribillos directos a la mandíbula. Con guías espirituales de la importancia de Elvis Costello, Nick Lowe o Andy Partridge y sus XTC, se produjo una abrasiva, regeneradora y frenética nueva edad dorada del pop, a cargo de músicos que dejaban de lado poses, introspecciones tortuosas e intelectualismos de pacotilla para centrarse en la ilusión ardiente de la canción pop de tres minutos. El movimiento tuvo un influjo importante en España, donde, como siempre, los mejores no fueron los más conocidos. Es aquí donde se hace obligatorio hablar de Mamá, grupo adicto a las melodías, a los estribillos despreocupados, a las canciones de pop perfecto, juvenil, fresco y de pegada directa.


Su talento quedó plasmado en apenas dos álbumes. El primero de ellos, El último bar, publicado en 1981, es uno de los tesoros del pop español de aquellos años, un conjunto de canciones ultrapegajosas, nítidas, honestas en su sencillez y en su falta absoluta de pretensiones, y por lo tanto cercanas y eternas. Es un disco en el que sobresale por encima de todo las ganas de diversión, de bailar al ritmo de teclados obsesivos y estribillos emocionales, cuando la juventud no es impostura sino un aliento vital que explota y deja a su paso chispas y electricidad. "El show empieza" ya marca el camino, en esos teclados adhesivos hay indudables huellas de los XTC más nuevaoleros y frenéticos, y también, por qué no, de los Stranglers de los dos primeros discos, circulares y matemáticos. "Chica cruel" es más de lo mismo, pero igual de bueno: pegajosidad al máximo, pura melodía de chicle que, siguiendo la estela de los mejores momentos de Any Trouble o The Knack, coros incluidos, se convierte en representante de un hito irrepetible de la nueva ola española. En cambio, "El figurín", con su estribillo arrojado como una flecha, y ese ritmo de bajo tan propio del pub-rock británico, obsesivo y saltarín, está a la altura de cualquier clásico de la época, es puro power-pop diluido en azúcar. Pero ojo, que ahí llega "Escóndete", frustrada, repleta de carisma, sencillamente magistral, porque suena desesperada, hermosa y adictiva, y consigue por méritos propios ser una de las mejores canciones que se han escrito nunca en este país.

La exhibición no se detiene. En "Ligarse a Vicky" han escuchado el bajo introspectivo de "Watching The Detectives", de Costello -cuya figura se alarga sobre todo lo bueno que se hizo en aquella época-, aunque puliendo sus aristas más jamaicanas y logrando una canción de bote fácil y delicioso. Con "Hora punta en el metro" fijan la mirada sin disimulos en el pop de mediados de los sesenta, justo después de la invasión británica, con unas voces que se desgarran imitando aquellos coros apasionados y llenos de desamor. "El número equivocado" retoma el pop sin concesiones, envuelto en unas limpias y blancas guitarras tan en voga durante la nueva ola, y que procedían de las enseñanzas primigenias de Buddy Holly. "Buscándote a ti" es otra melodía enamorada, con la aparición de un saxo que, por raro que parezca, no molesta, sino que ensalza un estribillo otoñal y memorable, como para sentirse de nuevo un adolescente. El espíritu de la nueva ola, abierto a otros ritmos más cálidos, pero siempre integrado en la canción pop canónica, se recoge plenamente en "Las islas", donde se percibe esa curiosa conjunción entre un ritmo reggae y un estribillo al grano (como hicieron todos los grandes de aquellos años, vamos). "Amor de cuatro horas" aumenta las revoluciones y la furia, pierden un poco su candidez pop, tampoco demasiado, quieren ser duros pero canta a la legua que todo está relleno de caramelo que no empalaga.

"Estás muerto" es una canción sensacional, en cuya sangre corre la energía en estado de gracia, en aquellos momentos Mamá se sacaban de la manga las melodías más perfectas, aquellas que explotan hacia fuera, como hacían los Beatles en sus primeros singles. Y si no fuese porque las anteriores canciones son excepcionales, "El último bar", para terminar, podría considerarse la mejor de ellas, porque concentra todo lo que ha ido labrando el carácter del disco: infecciosidad, carácter juvenil, limpieza en el sonido y estribillos hasta en las esquinas, todo ello con un quebradizo y meláncolico aroma otoñal. El conjunto es un bocado sabroso de melodías puras, y en definitiva uno de los discos en español más pegajosos que he escuchado nunca.

Para terminar, he incluido también su primer EP, Regresa a casa a las 10, hoy por hoy tan inencontrable como el disco del que hemos hablado, y con cuatro hits nuevaoleros en los que Mamá no bajan el nivel ni para cambiar de canción. "Regresa a casa a las 10" sería la mejor canción posible para cualquier teleserie protagonizada por adolescentes, en "Nada más" el desencanto se convierte en dulzura, "Chicas de colegio" es una gamberrada power-pop pensada para ser un éxito, y "Ya no volverás" desprende pura emoción acústica de la que deberían aprender los sensibleros que pueblan las listas de ventas de lo que hoy se entiende como "pop español".

Aquí lo tenéis todo:

Mamá. El último bar (1981)

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miércoles, octubre 03, 2007

Velvet Crush, "Teenage Symphonies To God"

Algunos discos nacen de la furia creativa, de un disparo poderoso que avanza incesable, que se ha formado por la acumulación de ideas y por un estado de inspiración y de creatividad fuera de lo común. Todo esto podría aplicarse al segundo disco de Velvet Crush, Teenage Symphonies To God, publicado en 1994, un portento absoluto en la historia del pop, una de las gemas que nos dejaron las olas de los noventa, y nunca lo suficientemente valorado. Es un disco con sabor a verano, a melodías dulces envueltas en guitarras briosas, que no obstante escapa a las clasificaciones. Su particular sonido, casi saturado por toda la savia del pop que lleva dentro, enérgico, variado y dispuesto a configurar infinitas historias imaginarias, es uno de los mejores logros dentro de la música sin pretensiones.

Es un disco de espíritu romántico, quizá idealista, a veces nostálgico, en el que tienen cabida no sólo distintos formatos de canción, sino también guitarras potentes, riffs infecciosos y voces exquisitas entregadas a melodías que vienen del cielo. Tanto el título, como la portada, ambos guiños a las señas de identidad de la música de Brian Wilson, catalogan perfectamente la energía joven y resuelta que se desprende ya desde la primera canción. "Hold Me Up" es el inicio de algo especial, con sus guitarras furiosas pero, al mismo tiempo, amigables (nada de "guitarras abrasivas" a lo Sonic Youth, por poner un ejemplo). Y entre esas líneas de fuerza se cuela la melodía, que enseguida juega sus cartas: pop puro, emocional, al grano, como el de las primeras canciones de los Beatles, y envuelto en coros cristalinos. Parecen jugar a definir el power pop: las guitarras calzan la canción y la empujan a la estratosfera, de alguna manera se sube al máximo la extraña y etérea ilusión que produce escuchar este tipo de música. La segunda, "My Blank Pages", incrementa las revoluciones, no se deja de lado la melodía ni las armonías pluscuamperfectas, pero la línea de guitarra es infecciosa, potente, enérgica, fascinante. Después de dos cañonazos así llega una magnífica versión de Gene Clark, "Why Not Your Baby", que pese a sus sonidos country -incluido el mismo deje de la voz de Clark-, encaja a la perfección en el espíritu del pop clásico. "Time Wraps You" es capítulo aparte: el sonido de una noche de verano se confabula para crear esta canción, cálida, tierna, una sencilla balada que rompe en un estribillo tan pulcro e ingenuo que parece pensado para hacer llorar.

Con "Atmosphere" tenemos sencillamente la canción perfecta. Una melodía que parece un clásico de otro tiempo, con una furibunda inyección power pop, y unas guitarras hawaianas acercando el sonido a lo divino, realmente deliciosas, elásticas, y con un papel esencial para arañarnos por dentro. Y lo que destaca en "#10" es su apabullante sencillez, dentro de un sonido más acústico e intimista, con arreglos de cuerda encantadores y giros melancólicos en la melodía que suscitan una aguda sensación de belleza, apoyada por unas voces limpias y casi susurrantes. Otra obra maestra de dos minutos, para luego entrar de pleno en "Faster Days", canción que rebosa emociones, que parece una historia de nostalgia explicada desde una humanidad abrumadora, con ese especial sonido de armónica y los coros más perfectos que nunca. Podría decir que es mi favorita si no fuera porque todo lo que hay en este disco me gusta mucho; lo que sí es cierto es que se trata de uno de esos temas que perduran a lo largo de los años y que, a poco que nos descuidemos, se va a colar sigilosamente en nuestra historia personal.

Y aún queda mucho más. Por ejemplo, "Something's Gotta Give", un tema de Mathew Sweet donde destaca su particular cóctel de melodía, guitarras de querencia rock y cierto espíritu psicodélico (aunque en mi opinión, con este disco Velvet Crush superaron ampliamente a cualquiera de los de Sweet). "This Life Is Killing Me" parece una especie de clásico del indie, sus guitarras cabezonas son increíblemente adictivas, sobre todo el golpe de rabia del final del estribillo y esos "pa, pa, pa" que estructuran una canción donde la melodía se subyuga más al ritmo. Con "Weird Summer" regresan los virtuosismos melódicos, la canción es una gloriosa exhibición de habilidades compositivas, de belleza perfecta, sublime e inmediata, con un sonido que es el colmo de la transparencia y la nitidez. Y por supuesto, en un disco que es una de los hitos del pop de los 90 no podía faltar la referencia a los maestros de esa década: "Star Trip" es un declarado, honesto y magistral tributo a Teenage Fanclub, como si en un alarde de facultades se hubiesen propuesto alcanzar su mismo nivel con idénticas armas, y lo consiguen, porque está a la altura de las mejores canciones del grupo escocés. Ya para acabar, "Keep On Lingerin'" adopta de nuevo un revestimiento country, al estilo del Gram Parsons de los Flying Burrito Brothers, una balada apaciguada y sincera con la que se cierra relajadamente todo un titán de los discos del pop.

Velvet Crush grabaron después buenos discos, pero nunca se acercaron ni por asomo a esta maravilla, y tampoco es algo que se les pueda echar en cara. Un sonido tan preciso y a la vez tan dúctil y variado, junto a unas canciones que oscilan entre lo muy bueno y lo grande, es algo que está al alcance de poquísimos grupos y que surge en momentos muy puntuales. En definitiva, otro de los grandes clásicos olvidados del pop, que el tiempo poco a poco va poniendo en su lugar, y que podéis encontrar aquí:

Velvet Crush. Teenage Symphonies To God (1994)

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jueves, septiembre 27, 2007

The Remains, pop de terciopelo y músculo

Sorprende la historia de los Remains, uno de los grupos estadounidenses que emergieron al calor de los nuevos caminos trazados por los Beatles. Soprende porque su pop, energético, cargado de melodías de alto poder adhesivo y de un estilo muy peculiar en el que tiene mucho que ver la voz de Barry Tashian -desganada, rebelde- y las guitarras ásperas, no se ajusta a su historia como grupo: una banda acomplejada, a la que nadie hizo mucho caso a pesar de haber firmado algunas de las mejores canciones que dio el pop cristalino de mediados de los 60. Quizá se trataba de su indefinición, con un Tashian voluble que hacía muchas cosas bien, pero muy distintas y sin constancia, quizá la excesiva desconfianza en sus posibilidades (jamás pensaron en publicar "When I Want To Know", sensacional composición, clásico instantáneo desde que fue concebida). Hoy día, escuchar su colección de singles es una delicia, todo un placer que se asienta sobre dos bases fundamentales: unas canciones fenomenales y un particular sonido, entre hostil y luminoso, tierno y gélido, que se despliega en pildorazos de dos minutos y medio.

Podemos citar "Why Do I Cry" para introducirnos en su sonido, la voz de Tashian ya traza espirales introvertidas, también cargadas de fuego, en una melodía circular, con un bajo obsesivo, sin por supuesto olvidar la importancia de un estribillo glorioso. "When I Want To Know" es demasiado, como ya he dicho cuesta comprender cómo no pudieron darse cuenta del calibre de este tema. No sólo es valiosa su insólita estructura, con una primera parte a caballo entre la voz de Tashian, voluntariamente dejada, y una sección rítmica sensacionall, del todo enigmática, para acabar con una breve explosión pop -dura apenas unos segundos- venida directamente de los grupos de chicas y de las canciones de Phil Spector. Un tema genial y perfecto, de escucha imprescindible, y el más claro ejemplo de dónde podrían haber llegado los Remains si se lo hubiesen creído más. "Ain't That Her" también tiene mucho encanto, es puro pop a lo Beatle, con mucho cuidado en las armonías y una melodía juvenil, fresca, resentida, que muestra la increíble habilidad de los Remains para abrir estribillos con garra, incrustrados como joyas. Otras canciones como "I'm Talking 'Bout You" muestran su lado más garage, más apegado al rock primigenio, faceta en la que tenía más importancia el bajista Vern Miller. En todo caso, su particular sonido, seco y áspero incluso en sus momentos más pop, hace que este tipo de canciones les venga muy bien, son capaces de acoplarse perfectamente a trallazos como "Say You're Sorry", fenomenal y rudo beat a garrotazos, con sus gotas de tristeza.

Sin embargo, el corazón sensible de Tashian fue el que al final ofreció las mejores canciones. Es imposible no sentirse atraído por "Baby I Believe In You". Su comienzo tiene algo de esotérico, suena demasiado moderna para haber sido grabada en el 65, otra vez son originales tanto en el ritmo que marca la batería como en ese sonido cristalino de teclado, y todo para moldear una canción de la que enamorarse, en la que los destellos melódicos chispean con frescura, con la naturalidad de los grandes. En "I Can't Get Away" parecen directamente los Rolling Stones, están a la misma altura que ellos en sus mejores momentos, con una melodía sinuosa, de cierto olor a incienso, en la que irrumpen unas vibraciones más propiamente rhythm & blues, lo que en conjunto conforma un mecanismo de precisa belleza y malsana adicción. Con "Me Right Now" siguen siendo clásicos, la canción, cabezona en el buen sentido, imposible más pegajosa, incluye además el mismo puente que "When I Want To Know" (iniciativa de Barry, porque le gustaba mucho y porque no pensaba que nadie fuera a escuchar nunca la canción en la que estaba originalmente). Las perlas caen una tras otra, "Time Of The Day" se presenta con un furioso ritmo garage (delicadamente envuelto en teclados de cristal) que no puede dejar de destilar el apego por la melodía directa. Por otro lado, la depurada estructura de "Once Before", al grano y desarrollada con guitarras al borde del estallido, nos hará preguntarnos el inexplicable motivo por el que los Remains pasaron tan desapercibidos en su época.

De "Mercy Mercy Mercy" hay que destacar la implacable batería, cortesía de Chip Damiani (que en todas las canciones daba muestras de su talento), así como esa melodía pop en la que se cuela una adictiva vena de soul a lo Motown. Y en "Heart" es del todo estimulante escuchar la progresión de ese blues sin concesiones, extendido como un latido traducido a notas musicales. Porque después llegan canciones como la excepcional "Thank You", otro de los grandes momentos de Tashian, y que habría sido un hit inmediato si hubiera salido de la pluma de los Stones en su faceta más melódica, un tema con aroma a raíces, pero aun así centrado en el pop. Podría hablar también de canciones con las que gozarón de una mayor repercusión, como la versión de Bo Didley "Diddy Wah Diddy" o, especialmente, la legendaria "Don't Look Back", que debe su reconocimiento a haberse convertido en una de las leyendas de la recopilación Nuggets, épica envasada en tres minutos, un memorable batiburrillo de garage, pop y blues.

Todas estas canciones salieron como singles y formaron parte en su mayoría de su único LP. Aquí os las dejo, esperando que disfrutéis de su peculiar y adhesivo sonido tanto como yo lo he hecho. Piezas sensibles pero con nervio, y en conjunto uno de los tesoros más valiosos de las profundidades de los 60.

The Remains. Barry & The Remains (1966)

Artículo recomendado: The Remains. Excitante garage beat de mediados de los 60. En Sensaciones Sonoras.

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jueves, septiembre 20, 2007

Los Iberos: la causa perdida del pop

Los Iberos fueron un grupo creado para el éxito, que dispuso en su momento, a finales de los 60, de un presupuesto privilegiado para dar forma a algunas de las mejores canciones que se han grabado nunca. No cumplieron las expectativas comerciales y su carrera se desinfló rápidamente. Sin embargo, dejaron una estela de fabulosos temas que bebían del mejor pop de la época, un batido dulce y refrescante formado a partes iguales por el libro de estilo del pop británico, la exuberancia del sunshine pop californiano (siempre para embellecer, nunca para empalagar) y una serie de melodías que hoy por hoy son clásicos caídos en el olvido, y que demuestran de nuevo el inmenso talento que floreció en España a raíz de la invasión británica. El influjo de la música sajona ha inspirado en este país toda una serie de grupos capaces de ponerse al mismo nivel que sus modelos, ha dado como resultado un substrato cultural de un valor incalculable y que todavía fermenta (basta con citar a grupos como los Feedbacks o Protones). Y por este motivo es una lástima, casi una desgracia, que hoy por hoy en nuestros medios de difusión masivos -y podría decirse que también en muchos de los especializados- la música autóctona se reduzca al flamenco o similares, los subproductos latinoamericanos, los cantautores, los grupos "indies" y demás fantoches que pululan por ahí sin avergonzarse.

La producción de los Iberos es más bien escasa. Apenas dejaron una ristra de singles y un LP que los recopilaba. Cronológicamente, "Summertime Girl" fue su primer bombazo. El comienzo sabe a clásico, el resto ya es historia. Se trata de una canción que podría haber sido uno de los hits de los Turtles, y que se construye sobre una exquisita, refinada melodía, apoyada por unas trompetas sencillamente geniales. En definitiva, un motivo más para creer en la leyenda del pop de los 60. La cara B de este single, "Hiding Behind My Smile", recurre a los estallidos preciosistas del pop californiano, es una orgía del sonido elaborado a partir del Pet Sounds y de grupos como Millenium, Yellow Balloon o Sagittarius, quizá con cierto ritmo trepidante que parece más bien extraído del garage. "Las tres de la noche", ya cantada en español, encarna el mejor pop de cámara que se ha hecho nunca en este país, preciso, se parecen a los Zombies, a Love, la melodía es delicada, está tiernamente arropada por unas cuerdas como riachuelos. Y entonces llega su absoluta obra maestra, la apabullante, directa como un gancho, fresca, síntesis de lo mejor que dio esa década de oro, "Corto y Ancho". Y encima, cantada en español. Lo mágico de esta canción es que empieza de la mejor manera posible, la introducción es de matrícula de honor, una melodía excitante que nos lleva adonde quiere, es decir, al estribillo, seductora, embaucadora, hipnótica. Una vez lo consigue, no vuelve a aparecer, porque ya nos tiene en sus manos: en cuanto escuchamos esas voces, entre ascendentes y descendentes, esas trompetas trazando líneas celestiales a su antojo, no podemos hacer nada, los ojos nos brillan, estamos poseídos, somos parte de todos esos sonidos chispeantes, de ensueño, que cristalizan a nuestro alrededor y nos enseñan un paraíso desconocido, de una belleza indescriptible, rebosante de promesas y secretos. Una catarsis sonora inolvidable.

Después llegaron varios singles potentes. "Nightime" es una canción suave, llevada a ritmo de mecedora, y "Why Can't We Be Friends" se mueve con soltura en las pautas del pop de calidad, con un sonido más entregado a los arreglos orquestados, pura psicodelia californiana cuando aún no había degenerado en los insoportables empachos de grupos como Grateful Dead. "Liar Liar" es una estupenda versión del grupo de garage The Castaways, magnífica tanto en el falsete como en captar a la perfección el espíritu de la canción original y revestirla de sonidos de cristal y ébano. Los pildorazos energéticos de la factoría Motown aparecen por primera vez en "Mary and She", junto con el gusto por la canción chicle y las ganas de ser pegadizos y de que cada melodía entre en el paraíso de las grandes. "Te alcanzaré" es un paso más a la hora de fijarse en los ritmos que utilizaban las Supremes, y por eso resulta tan cándida y especial, es la canción del enamorado ingenuo, al que todavía no han roto el corazón. En síntesis, una ingeniosa mezcla del pop de Detroit y el británico a manos de un grupo que por entonces estaba dando lo mejor de sí mismo. Y como siempre han hecho los grandes grupos del pop de cámara, "Amar en Silencio" es una de esas canciones de pop medieval, parece escrita hace siglos, sin que deje de sonar instantánea y popular, como un romance, misteriosa, perenne. Con "Fantastic Girl" quizá llegaron a la cumbre, se trata de otra golosina de pop envuelto en celofán a la que no le falta nada de lo que tienen los grandes éxitos del sunshine pop, un estribillo luminoso y radiante y un sonido con arreglos tan cálidos que cada detalle golpea por dentro. Aún tuvieron tiempo de entregar una nueva obra maestra del pop lustroso, "Back In Time", con una melodía refinada y emocionante y unos "pa-pa-pa" que enamoran.

No obstante, el grupo comenzaba ya su declive. En 1970, Enrique Lozano, uno de los dos miembros importantes, se resintió de las secuelas de un antiguo accidente de tráfico y tuvo que abandonar el grupo. Se quedaba al mando Adolfo Rodríguez, que terminaría formando parte de los excepcionales Solera para seguir contribuyendo a la causa del pop. Precisamente, "Angelina" ya suena mucho a lo que Adolfo haría con ese grupo, es una gran canción que se fundamenta en un cambio de ritmo pensado para inyectar sentimientos, gracias a un estribillo memorable. "Con tu amor" también suena estupenda, no podía ser de otro modo si nos fijamos en ese bajo que le debe tanto a los Beatles. "Mañana", una versión de los Honeycombs, es más ramplona, empiezan a quedar lejos los logros de otros momentos y el sonido no es el mismo -ya no podían permitirse grabar en Inglaterra-, y aun así la melodía despierta un cierto cosquilleo y al final acaba haciéndose simpática. Lo mismo puede decirse de "Isabel", una grabación más sencilla, más de andar por casa, en la que ya se ve una decidida voluntad de vender más y una menor importancia de lo artístico, pero tiene su punto de gracia. "María, Tobías y John", aunque pueda resultar acomodaticia, engancha, especialmente sus cuerdas, sutilmente introducidas en la parte estratégica de la canción, y también con una melodía que parece un silbido humilde. En "Bajo el Álamo" ya no son ellos, me sabe mal decirlo pero hay una enorme distancia entre esta canción y sus más gloriosas composiciones, en los tiempos de Lozano. Por suerte, es la última y no repercute en la trayectoria de un grupo que alcanzó alturas prodigiosas.

Todas sus canciones fueron recopiladas en un CD de bizarro y desastroso diseño, titulado Pop de los 60, y que apareció en 1988. Un cofre del tesoro en el que podréis escuchar la magnífica producción de los Iberos, y que está a vuestra disposición en este enlace:

Los Iberos. Pop de los 60 (grabaciones completas)

Fotos tomadas de Guateque.net

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martes, septiembre 11, 2007

The Zombies, "Odessey And Oracle"

Tenía muchas ganas de escribir un artículo sobre este disco, uno de los infravalorados más ilustres de la historia de la música. Afortunadamente, poco a poco parece salir del agujero al que fue condenado durante décadas desde el momento de su grabación, en 1967, pero nunca es suficiente. Hay que decir de una vez, sin que quede lugar a dudas, que Odessey and Oracle es uno de los pilares fundamentales del pop de los 60, un clásico desconocido que está a la misma altura de obras maestras como Pet Sounds, Sgt. Peppers o Forever Changes, una deslumbrante colección de canciones que ha pasado eternamente desapercibida, que ha sido constantemente despreciada, y que ya es hora de elevar a las alturas que merece.

Los Zombies venían de grabar un fabuloso disco de pop a lo Beatle, Being Here (1965), formado por canciones beat que ellos cubrían con una peculiar capa de terciopelo que las convertía en algo distinto. Aquí encontraron el éxito comercial con canciones ultraconocidas como "Tell Her No" o "She's Not There", habituales de recopilatorios poco profundos de los sesenta. En su siguiente y último disco, creció la sofisticación y a sus excepcionales dotes para el pop añadieron una exuberante variedad de arreglos, al más puro estilo Pet Sounds (es decir, un sonido rico, orquestado con concisión y en su punto justo, sin caer en el exceso). La delicia sonora se lanzaba al infinito, además, con la voz de su cantante -Colin Blunstone- en pleno estado de gracia, cálida, sensual y precisa (muchos se sorprendieron al darse cuenta, en directo, de que no se trataba de un truco de grabación). El cóctel concentraba como no se había hecho antes las señas de identidad del pop de cámara, e influyó en grupos tan esenciales como The Left Banke o Honeybus.

La caja de las maravillas se abre con "Care Of Cell 44", el clavicordio del principio ya señala por dónde van los tiros, para después encontrarnos con una canción pop pegadiza que reúne lo mejor de los Kinks y los Beatles, mención también para unos coros que son puro Beach Boys, todo ello encajado con precisión. El resultado es increíble, sobre todo si se tiene en cuenta que el estribillo contiene esa sangre tan puramente Zombie formada a partes iguales por componentes de nostalgia, elegancia y belleza. Y qué decir de "A Rose For Emily", más mesurada imposible: la voz de Blunstone y un piano son suficientes para una melodía arrebatadora, con la inclusión en momentos estratégicos de unas armonías vocales que son pura magia. "Maybe After He's Gone" ya es festín del pop de cámara: coros entregados y estribillos radiantes para una canción esencialmente compleja y llena de giros, pero que en conjunto no deja de ser pop de dos minutos. Después llega "Beechwood Park" para confirmarnos que los Zombies han dado con el misterio del pop, no puede ser de otro modo con esa guitarra arrastrada, que acoge la desganada voz de Blunstone, para que luego todo estalle en unos coros furiosos en los cuales los trucos de estudio suman puntos y emoción (cuántas veces esperaremos a que Blunstone diga "Beechwood Park" con su voz filtrada, ese detalle queda simplemente perfecto).

Y ahora escucharemos "Brief Candles", una temblorosa, delicada melodía llevada otra vez por un piano, y desgarrada por un estribillo vibrante y lleno de orquestaciones, los Zombies están en racha y entregan una obra maestra tras otra, como también los es, y en mayúsculas, "Hung Up On A Dream", la particular excursión psicodélica del grupo, misteriosa, colorista, onírica, adictiva, cargada de ese punto especial que tienen las grandes canciones, una pieza más en el increíble mosaico que están conformando. "Changes", para añadir más colores, suena medieval, parece creada por un trovador en pleno siglo XX, las percusiones primitivas respaldan esa melodía que recuerda a cantares de gesta y leyendas populares. Porque "I Want Her She Wants Me" retorna a caminos pop más habituales, pero eso no quiere decir que sea peor, de hecho es una de las mejores canciones del disco: pop a lo Beatle, de lo mejor que se ha hecho nunca, infeccioso, recuerda mucho a "It's Getting Better" de los de Liverpool, pero claro, con ese sentido melancólico que tenía todo lo que los Zombies componían. La siguiente, "This Will Be Our Year", es un clásico, con cierto aroma soul, pero es que su melodía, de una elegancia escrupulosa, fluye tan fácil que parece que no pudiese haber sido de otro modo.

"Butchers Tale" es otra muestra de algo así como pop medieval con influjos de psicodelia (debo remarcar que a pesar de todo, esto es pop, aquí no vamos a encontrar digresiones instrumentales ni nada que se le parezca), Theremin incluido -por algo se había publicado el Pet Sounds un par de años antes- en el estribillo ascendente; en definitiva, una canción con sentido dramático, teatral, como si se estuviese desarrollando una historia. Y de "Friends of Mine" sólo puedo decir que es mi favorita, porque lo tiene todo para ser la canción pop perfecta: una voz angelical, armonías carismáticas y un estribillo maravilloso que pone los pelos de punta, mientras de fondo se escuchan nombres de parejas. Diferente, distinguida, un momento estelar del pop. Como lo es también todo el disco, que finaliza con "Time of The Season", el mayor hit de los Zombies, un clásico al alcance de cualquier ocasional de la música, y del que a mí me gusta especialmente esas originales expiraciones (que los audaces Boys americanos tomaron prestadas, años después, para su descomunal "Baby, It's You").

El grupo había encontrado un estilo definido, un sonido maravilloso que lamentablemente terminó con este disco. Sin embargo, como ya dije, para mí una de las pruebas de que un disco es una obra maestra es que las canciones descartadas son también muy buenas, y Odessey and Oracle no es una excepción. Podemos destacar la belleza de la línea de piano de "I'll Call You Mine", el pop vitamínico de "Don't Cry For Me", muy cercano al beat de su primer disco, o especialmente esa joya que es "She Loves The Way They Love Her", nunca Colin Blunstone fue tan sensual cantando (de hecho, la recuperó para su primer disco en solitario).

Podéis descargar el disco aquí:

The Zombies. Odessey And Oracle (1968)

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martes, septiembre 04, 2007

Byrdy, tributo a las maneras de The Byrds

The Byrds aportaron a la historia de la música un sonido embriagador, inquietante, esotérico, fundamentado en la fusión de la guitarra Rickenbacker de 12 cuerdas de Roger McGuinn con las melodías ásperas y ultraterrenales de Gene Clark -como si viniesen de un rincón profundo e inexplorado del espíritu-, un milenario sabor folk y unas espirales psicodélicas y cósmicas que encajaban a la perfección en el conjunto. Su sonido marcó época e influyó posteriormente a cientos de grupos que se dejaron llevar por esos senderos místicos del pop, siempre enmarcados en canciones de dos minutos y medio. Uno de los grupos más especiales y originales de la historia de la música no merecían menos que un tributo a su altura.

La historia de este recopilatorio que hoy presento es casi igual de misteriosa que la música de Clark y compañía. No tengo dudas de que se trata de una de las mejores colecciones de canciones que he escuchado nunca, y sin embargo nunca se ha comercializado, de hecho creo que ésta es la primera vez que alguien lo cuelga, pese a tener ya merecida fama en varios foros. Su autor, Manolo Martos, un usuario de Soulseek que se conecta cada mucho tiempo, demuestra un gusto exquisito en la elección de las canciones y una sorprendente cultura musical. No hay ningún tema que suene fuera de lugar, todos remiten inmediatamente a los Byrds, en sus distintos matices, y lo que es más difícil: podrían haber sido compuestos por ellos. No es un puro calco sin sustancia, se trata de canciones de primer orden que podrían haber salido en cualquiera de sus discos.

Veintidós temas, casi ochenta minutos de música de una calidad extraordinaria que resucita los mejores momentos de los Byrds con sencillez, humildad y pasión, y entre los cuales, como quien no quiere la cosa, se encuentran algunas de las mejores y más escondidas canciones del pop. Vamos a encontrar guitarras Rickenbacker por doquier, increíbles giros emocionales, voces susurrantes a lo Gene Clark, armonías vocales pluscuamperfectas y el cósmico sentido de la belleza que se inventaron los Byrds. Hay que destacar la canción de The Fraternal Order of The All, "Space And Time", espectacular trallazo de comienzo en el que se emulan los coros derretidos tan característicos del grupo, y que mantendría el tipo en Mr. Tambourine Man. En cambio, "Candle and Birds", de The Lears, es una maravilla que se acerca mucho al sonido de los grupos del Paisley Underground, fanáticos de los singles perdidos de garage, de la recopilación Nuggets y, cómo no, de los discos de los Byrds. De la canción de The Quarter After, "So Far To Fall", hay que señalar las voces que caen en cascada, sostenidas por la fuerza de la Rickenbacker y su férrea estructura de acordes. Adictiva a más no poder, se trata de una hermosa melodía que se desgrana con facilidad, como una sucesión de imágenes de caleidoscopio.

Resulta inevitable citar a los Jayhawks y "Sprayforme". Son unos grandes, quien lo dude no tiene más que escuchar su gigantesco disco Rainy Day Music. Nunca han dejado de demostrar su amor por el pop clásico, y aquí, cómo no, toca homenajear a los Byrds, con un emocionante, breve, potente estribillo que sugiere bellos y reflexivos atardeceres. Igual de necesario es hablar de Teenage Fanclub y su aportación, "Accidental Life". El grupo más importante de los 90 nunca ha ocultado que una de sus fuentes primordiales son los Byrds, y han sido tan buenos que su importancia, sin exagerar, podría equipararse a la de su grupo fetiche. Aquí suenan a Byrds más que nunca, pero es que Teenage Fanclub casi siempre suenan a este grupo, y lo genial es que, aun así, no dejan de ser ellos. Por lo demás, la canción sigue su magnífica línea: elegante, refinada, cristalina, pura. Más desconocida es "Starbyrd", de Starbyrd, y esta canción me gusta especialmente, porque recuerda mucho a Gene Clark, mi debilidad personal, en la voz, en la manera de cantar, tranquila, susurrante, cargada de experiencia y sabiduría. Algo así como una persona comunicándose con el universo en una noche estrellada. Una absoluta genialidad que se queda en la memoria para siempre.

Tampoco puedo dejar de mencionar "She's The Girl (Who Said No)", de The Tweeds, otra de mis preferidas. Cuando una canción me llega me parece la mejor cosa del mundo, no puedo evitarlo, y éste es uno de esos casos. Este tema lo tiene todo, es una apasionante y despechada confesión, no deja de emocionar en cada uno de sus segundos, una melodía increíblemente pegajosa, pero no en el sentido lúdico, sino más bien en su vertiente más triste y apática, sin histrionismos de ningún tipo, desoladora y hermosa al mismo tiempo. Otro alto ineludible en el camino es la canción de The Optic Nerve "Like To Get To Know Her". Magistral, una de esas canciones que pone la piel de gallina, de nuevo una voz que susurra a lo Gene Clark, hablando desde la inmensidad de los tiempos y magníficamente acompañada por un coro que repite las palabras justas en el momento adecuado. Y de "If He's So Great", de The Resonars, se puede decir que es una joya pop que nos va a conmover mil veces con sus desesperados coros, deliciosamente modulados.

Hay que dar especial importancia a la canción de Rockfour, "Oranges". La obra maestra de este recopilatorio, quizá colgarlo sea una excusa para hablar de ella. El grupo israelí Rockfour demuestra que cuando se olvidan de sus insípidos desvaríos a lo Radiohead y se centran en lo que saben hacer, componer canciones redondas de influencias del pop clásico, son insuperables. Y de hecho, recuerdo especialmente esta canción porque se acopló enigmáticamente a mis sueños, mientras dormía en un largo viaje en tren. Una canción que sale de un lugar abismal y misterioso, imposible más perfección, desde esa puntillosa guitarra de doce cuerdas, trazando sus destellos complejos y a la vez tan sencillos, poniéndose en primer plano a veces, detrás de la canción en otras ocasiones; hasta la convicción con la que cantan, reivindicando quizá un extraño secreto en una de las melodías más furiosas y adhesivas que he escuchado nunca, con un claro parecido al tono de otro clásico de The Electric Prunes ("I Had Too Much To Dream Last Night"). Todos sus detalles son geniales, concisos, funcionan como un mecanismo de relojería y en definitiva resulta una experiencia alucinante, una especie de sueño absorbente que no puedo más que recomendar una y otra vez. En definitiva, un clásico de todos los tiempos publicado en el año 2000 en su disco a veces excepcional, a veces aburrido, Supermarket. Y le sigue "You're My Drug" de Dukes of Stratosphear. De este grupo, la encarnación psicodélica de XTC, hablaré detenidamente más adelante. Por ahora, basta decir que esta canción es un genial cóctel de Byrds y garage, trazado con una clase ilimitada, empezando con el bajo burbujeante y siguiendo con esas apabullantes, celestiales, entrelazadas voces, como si estuviesen esculpidas en oro, que dan paso al estribillo, diluido en una distorsión inspirada en la clásica "Open Your Eyes" de The Nazz.

Sólo he citado unas cuantas, pero lo cierto es que el resto son también muy buenas y probablemente acabaréis teniendo vuestras propias favoritas. Vuelvo a decir que este recopilatorio es imprescindible, pues condensa a la perfección el marasmo de sueños y folk que en definitiva fue la música de los Byrds. Estoy convencido de que os hará disfrutar tanto como lo ha hecho conmigo, y que descubrir todos sus secretos os llevará un largo tiempo de placer, diversión y experiencias místicas.

Byrdy. Tributo a las maneras de The Byrds

1. The Fraternal Order of the All. Space And Time
2. Starry Eyed & Laughing. Chimes Of Freedom
3. The Lears. Candle And Birds
4. The Remayns. Go Ahead
5. The Quarter After. So Far To Fall
6. The Jayhawks. Sprayforme
7. Teenage Fanclub. Accidental Life
8. American Suitcase. Million Dollar Man
9. Starbyrd. Starbyrd
10. The Grip Weeds. Strange Bird
11. Tweeds. She's The Girl (Who Said No)
12. The Optic Nerve. Like To Get To Know Her
13. Beachwood Sparks. Something I Don't Recognize
14. Bobby Sutliff. In My Perfect Dream
15. The Resonars. If He's So Great
16. Dramarama. I Wish I Was Your Mother
17. George Usher. Another Man's Crown
18. Rockfour. Oranges
19. Dukes Of Stratosphear. You're My Drug
20. Bill Kaffenberger. In A Winter's Dream
21. The Rhinos. Memories And Bones
22. Gene Parsons. Melodies From a Bird in Flyght (For Clarence)

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martes, agosto 21, 2007

Vancouvers, el mejor grupo español

En 1990, el grupo madrileño Vancouvers publica su primer disco, No Particular Place, que sorprende entre una prensa musical por lo general demasiado llena de oficio y carente de pasión. Blas Fernández, en Rockdelux, escribió que el grupo "construye un robusto disco de debut, apasionado y caliente, con buenas canciones propias y versiones bien encajadas". Y M. Torres, en Ruta 66, se mostraba más cauto y afirmaba que "son gente que sabe sacarle partido a sus limitaciones construyendo canciones con sentido dramático y fuerza expresiva a partes iguales". Empezaba ya así la inextinguible maldición de los Vancouvers a lo largo de su vida, un éxito crítico que los contemplaba como quien mira al cielo y piensa que hace un día bonito, un reconocimiento innegable pero extrañamente anestesiado, y unos logros comerciales que oscilaban entre nada y casi nada.

Los Vancouvers al completo durante la grabación de No Particular Place, con
Alex Chilton a la izquierda


Porque lo cierto es que su primer disco era uno de los más excitantes y prometedores debuts de todos los tiempos, un áspero, rocoso catálogo de canciones que navegaban entre el rock y el power-pop y que se acercaban sin complejos al sonido de los clásicos, imitándolos, siendo ellos. No todo acabó aquí, el resto de sus discos serían igual de buenos, pero No Particular Place cuenta con el añadido de la frescura, el brío, la contundencia del primer intento. La primitiva "What I'm Wearing" abre el disco como un grito de guerra, la voz de Marta Romero ya muestra su propensión a la garra, al combate, sin que eso le impida cantar con emoción y constituirse en una de las mejores voces femeninas que ha dado nunca la música española. Y Juan Santaner hace explotar sus guitarras de una manera que recuerda mucho al descaro de las grabaciones de esos grupos garage de los 60, que publicaban un single para luego desaparecer. "Let It Go", otra de las joyas del disco, habría sido un éxito inmediato en cualquier otro grupo con más promoción, es fenomenal, lo tiene todo, se va desarrollando lentamente hasta que llega a un estribillo que estremece, luchador, crudo, adictivo.

"Fun" se retrotrae con gran cultura y conocimiento de los clichés a la música garage, y "Love Rubble" aumenta las revoluciones hacia un rock más parecido a lo que hacían Iggy y los Stooges, mientras que "Little Killer" es una genial recreación del sonido de Lou Reed, Velvet Underground y todos los demás gigantes neoyorquinos, una canción que huele a americano por los cuatro costados y que Marta canta con concisión y sin exhibicionismos innecesarios. Sin embargo, personalmente prefiero las curvas del pop de guitarras de "No Particular Place", sin perder un ápice de fuerza pero más entregados a una melodía que parece clásica, como si fuera una versión de unos Big Star con algo de esteroides. "Sometimes" se hace otra vez guerrera, con unos acordes repetitivos y la voz de Marta dando estocadas arriba y abajo. Sin embargo, mi favorita es sin dudas "Like a Sick Dog", clásico entre los clásicos, una de las cien canciones más emocionantes de toda la historia, joya pulida y sincera, inyectada por vena en el alma. La guitarra acústica, Marta mostrándose herida por primera vez, la delicada melodía, todos sus detalles componen una fenomenal, humana y expresiva obra maestra.

El resultado de todo esto: un disco mítico, relativamente ignorado, imposible de encontrar hoy día. Y todo ello a pesar de contener algunas de las mejores canciones que un grupo español ha compuesto nunca y de estar producido por Alex Chilton, uno de los dos tótems de Juan Santaner (el otro son los Beatles). Sin embargo, como ya había dicho Ángel Cubero, bajista del grupo, "Con Alex Chilton, la producción la hicimos prácticamente nosotros. Él se limitó a hacer las mezclas". Probablemente sea ésa la causa de su sonido quebradizo y sucio. Y también tuvo que ver que Polar, su discográfica, quebrase al poco tiempo y desapareciera así cualquier opción de promocionar el disco o darlo a conocer. A pesar de todo, ni las ganas ni el talento del grupo decrecieron y dos años después, en 1992, graban Quintessential, con producción de Mike Mariconda, disco del que ya se habló en este mismo blog, y que participa de la misma calidad y sonido de los grandes del rock alternivo de esa época. La voz de Marta se hace más emocionante si cabe y adquiere más matices, las canciones viran hacia una mayor importancia de la melodía y las guitarras de Juan Santaner pillan la chispa de los mejores grupos del momento y la reproducen con unas fenomenales canciones. De nuevo, el sonido es crudo y deliberadamente embarullado, lo cual cerraba las puertas a cualquier mínimo atisbo de comercialidad. Vancouvers, en ese momento, son el mejor grupo español, lo saben, y la prensa lo atisba, pero prefiere ayudar a mediocridades más "generacionales" como Los Planetas.

Y de nuevo, además, surgen los consabidos problemas con la discográfica, en este caso, Mondo. Como reconocían los Vancouvers en una entrevista a Rockdelux: "Dijeron que iban a sacar un CD y un single promocional, pero al final la promoción la estamos haciendo nosotros. Todo lo estamos haciendo nosotros. Incluso la distribución. Nos está costando una pasta la promoción". Pese a haber grabado ya dos de los mejores discos españoles y de contener un talento abrumador que aún daría más frutos, seguían pasando igual de desapercibidos en relación con el éxito que merecían. En palabras de Marta Romero, tras la publicación del disco: "Es falso que los Vancouvers seamos una banda maldita. Quiero pensar que la gente dice: '¡coño, un grupo que potencialmente podría vender muchos discos, es una pena que no los venda! Supongo que se deben referir a eso, porque hacemos una música muy directa que puede llegar muy bien a la gente: canciones sencillas, pop, que podrían tener más repercusión. Pero, vamos, yo creo que hemos tenido una suerte increíble. Muchos ya se darían con un canto en los dientes con lo que tenemos nosotros. Tenemos fans fieles... la crítica nos trata bien... ¿qué más queremos?". Sin embargo, la crítica aún no parecía haberlos entendido del todo o se limitaban a reconocer su importancia con excesivas reservas, con unas injustificables pinzas, tal y como demuestrá José Boix en su crítica del disco de Ruta 66: "No es todavía un producto perfecto (la voz parece demasiado escondida en las mezclas)".

La leyenda se hará más grande en 1994, cuando Vancouvers, para evitarse problemas, crean su propia discográfica, Mojave, y publican quizá su mejor disco, y posiblemente una de las grabaciones más fascinantes y satisfactorias que se han dado nunca en España. El sonido del grupo se regenera por completo, suenan más accesibles, limpios y comerciales que nunca, gracias a la escrupulosa producción de Paco Loco, y sin perder un ápice de su calidad y de su garra, cada una de sus canciones rebosa carisma, ganas e independencia unas de otras, como una especie de grandes éxitos, pero sin serlo. "King Disaster" es simpática, urgente, la voz de Marta Romero suena al fin decididamente femenina, se desenvuelve con maestría y descaro, y esto es un single con todas las de la ley, divertido, energético, pegajoso. La explosión de guitarras tenebrosas de "I Wanna Feel" no es menos estimulante, se nota mucho la influencia de grupos como Nirvana y Mudhoney, ese tipo casi de rock duro que, pese a todo, trata con cariño la melodía. Vibrante y maravillosa, le sigue no obstante otro peso pesado, "Happiness", una especie de creación a lo Veruca Salt, llena de misterio, terriblemente infecciosa, la mejor canción del indie español (si es que esa etiqueta tiene algún tipo de coherencia), magnífica en sus guitarras crecientes y decrecientes, todo un hit en potencia y aprovechable por cualquier canal de videoclips de música alternativa.

Y no se acaba aquí, la baba sigue cayendo con "Out of The Question", cercana al hardcore melódico más comercial, y claramente inspirada por Green Day y su alternancia de ritmos entre guitarra acústica y electricidad. En este tema, como en todo el disco, son muy grandes, es una fenomenal canción explosiva, capaz de hacer saltar a cualquiera y de dejarnos llevar por su rabia desatada. Una obra maestra que cruza fronteras, el despegue adecuado para luego planear más tranquilamente con la apesadumbrada "I Cut", que otra vez nos ofrece grunge de primer nivel. Porque después tendremos que hacer frente a "Crab Feeling" y el abrupto e irresistible fraseo de Marta en una cascada de guitarras distorsionadas. "Silence Kills" es una joya bajada de revoluciones, en la que nos emocionan como nunca cuando la melodía toma un giro desamparado y directo, y quizá la mejor manera de definirla sea decir que si no conociéramos a los Vancouvers, diríamos que se trata sin duda de algún grupo clásico americano. Y con "Gotta Shake It" estamos ante otro himno furioso, sin paliativos, cantado a varias voces y que se dedica a repetir sin complejos su sencillo y brillante estribillo.

El final del disco no decrece, todo lo contrario, "It's Not Too Late" se viste de nuevo con el grunge brumoso que había popularizado Nirvana, y que en un momento dado se abre milagrosamente con un acompañamiento de trompetas de fondo, un gran acierto y un imprescindible detalle para hacer de esta canción algo especial. Sobre todo, si la siguiente es la honesta "I'll Get Along", de nuevo sonidos americanos, en esta ocasión quizá en la línea de los mejores Lemonheads (los del It's A Shame About Ray), pero con la guinda de un estribillo para el que no hay palabras que hagan justicia, uno de esos momentos musicales que hacen ser feliz y sentirse lleno con la vida. "Miriam" certifica que el disco es un coloso, con sus voces dobladas de una manera muy parecida a como lo hacían The Boo Radleys o My Bloody Valentine, pero otra vez abierta a un estribillo luminoso, fresco y directo como un gancho a la mandíbula. Un brillante surtido de galletas, como indica su título y, en palabras de Juan Santaner, "acabo de volver a escuchar Assorted Cookies y ha resistido muy bien el paso del tiempo, estoy muy orgulloso de ese disco". Por otra parte, Rockdelux apenas le dedicó unas líneas al disco, en las que Laura Pardo remitía al tópico de banda maldita y se limitaba a decir que "esperemos que éste sea el LP que les haga despegar", y Ruta 66 proseguía en esa inexplicable línea del elogio contenido ("galletas surtidas entre las que abundan las que se comen con velocidad de un solo bocado, aunque un buen porcentaje encierra suficiente crema en su interior", según escribía Fernando Gegundez). Mucho más interesantes son las palabras del grupo. Primero, ante su actitud musical como grupo de "música americana": "Quizá eso nos cierra directamente a una parte del público, pero eso es lo que hacemos y lo que nos gusta; es lo mejor que sabemos y podemos hacer. La decisión de cogerlo o no está, pues, en el propio público"; y segundo, ante su propia explicación del disco: "Nos encanta haber conseguido sonar tan distintos, lograr que cada tema fuera un pequeño universo. Y, por supuesto, todo ello manteniendo una línea coherente que los uniera, un nexo común que mostrara a las claras que todo eso son los Vancouvers".

Tanta lucha, fundamentada en una irreductible autenticidad y en un honesto amor por la música, culminará con su último disco antes de separarse, en 1996, Up To You, crepuscular y reflexivo, pero con una producción de Scott McCaughey que les lleva por los mismos senderos de electricidad pulcra del disco anterior. Se trata de un álbum más reposado, menos furioso, y que continúa incluyendo canciones redondas y con garra, que en definitiva era lo que los Vancouvers sabían hacer. Así lo demuestra la primera, "Sentimental Foul", en que la manera de cantar de Marta Romero, temblorosa en los momentos precisos, nos aboca a un canal de sensibilidad electrificada, un fabuloso comienzo para su disco más emocional. "Reach Out" es un nuevo himno, con una preciosa y etérea melodía, imprevisible por su limpieza, descarada y decidida, lo cual da como resultado su canción más bonita. Más acorde a su estilo es "Sweet Teaser", en la línea de esos medios tiempos americanos en los que eran maestros, una nueva muesca en su colección de impresionantes canciones y en su capacidad para emocionar. Juan Santaner estaba presentando sus mejores y más resolutivas guitarras, y Marta, capaz de transmitir cualquier tipo de sensación, demostraba ser la mejor cantante del país. "The Me I Hate" es increíble, otra vez la mezcla de guitarras briosas y una sensacional y sorprendente parte acústica nos retuerce por dentro y nos obliga a deleitarnos con su escucha.

"Five" es nuevamente un cóctel de guitarras, melodía y rock americano, inquietante al principio, gloriosa y pegadiza al final, concisa, estupenda. Sin embargo, "Larrys On TV" empieza a calentar el horno, de apariencia tímida pero decidida en el estribillo, punk-rock de categoría en una muestra más de la heteorogeneidad de los Vancouvers (aquí se atreven incluso con la armónica). Y el galope desbocado llega con "Don't Hesitate", para mí uno de los mejores temas del disco, porque nos hace engancharnos a sus guitarras que caen en picado tanto como a los dos golpes precisos de platillo que culminan el fraseo de Marta. Impresionante y sincera, uno de los últimos hits que los Vancouvers nos regalaron y que son el más claro ejemplo de cómo emocionar con sencillez. "Honeymoon" es una canción más al estilo de sus inicios, asilvestrada, embravecida música de garage, pero con ese componente infeccioso que es marca de la casa de los Vancouvers. Algo que también reivindica "Trust", y esas líneas de voz que dejan tan profunda huella y que se estiran lo justo para derribarnos inevitablemente, y todo ello entre un muro de guitarras con la estructura muy clara y los alardes mínimos. "You Stole Nothing" resulta adictiva desde el principio, tarareable para siempre como un último grito de supervivencia y de fidelidad a los principios, incluido su magnífico final, a modo de cierre lujoso, exclusivo, laberíntico y rebosante de melancolía. Para dar paso, entonces, a algo muy diferente, una exótica canción dedicada a Jobim que no queda como una extravangacia, porque todo ha sido ya dicho, sino como un tributo a su propia heterogeneidad y a su capacidad para ser buenos en cualquier cosa que se propusieran.

Lamentablemente, continuaron sumergidos en su propia burbuja, esa preciosa excepción de la que toda la prensa musical decía, una y otra vez, que era una "preciosa excepción", un grupo que merecía más ventas del que todos los críticos decían que era "un grupo que mercía más ventas", y así una y otra vez, en una especie de círculo vicioso, y sin arrestos para nada más. Leyendo las críticas de este fenomenal último disco, se nota el desconcierto de la prensa. Félix Suárez se arranca con una rareza y dice en Rockdelux que "se aventuran en construcciones más complejas que otros no habrían dudado en emplear para otras composiciones", mientras que José Boix escribe en Ruta 66, en mi opinión de manera inexplicable, "no es que se trate de un trabajo de esos espectaculares que deslumbra a la primera escucha, sino de esos otros que van calando hondo, que duran, que satisfacen ahora y dentro del tiempo que sea". Y todo esto para definir otro disco de primer orden con canciones que llegan a la primera (aunque no a la manera de los singles) y que no buscan complejidades ni un sonido más maduro, sino simplemente crear música que toque la fibra, lo cual debería ser el objetivo principal de cualquier músico.

Cuatro discos fundamentales en un breve periodo de existencia, variados y diferentes entre sí, una calidad sorprendente y un reconocimiento que la prensa les negó desde el principio, a pesar de lo evidente de su calidad y de su condición de fueras de serie de la música española. Algo que probablemente tenga que ver con que nunca se adscribieran a ninguna moda o sonido pasajero que les hiciese merecedores de mayor atención. Sin embargo, el ejemplo es preocupante. Rockdelux, en su monumental y endémico despiste, fiel a su condición de peor revista musical existente, ni siquiera los cita en su lista de los mejores cincuenta discos nacionales de los años noventa (por supuesto, tampoco en la de los cien mejores discos españoles del siglo XX). Pero más doloroso es que mi admirado Juan Vitoria tampoco los nombre en el apartado de discos españoles de su fundamental Discos Ocultos (Avantpress Edicions, 2006). Espero que este texto sirva para reivindicar de alguna manera al mejor grupo español de los últimos años, cuyo sonido tuvo continuidad en los primeros discos de Jet Lag, el nuevo grupo de Juan Santaner tras la ruptura.

Los discos de los Vancouvers son hoy por hoy inencontrables, y sería deseable que alguien se atreviese a reeditarlos. Mientras tanto, aquí disponéis de los enlaces para poderlos descargar y escuchar:

Vancouvers. No Particular Place (1990)
Vancouvers. Quintessential (1992)
Vancouvers. Assorted Cookies (1994)
Vancouvers. Up To You (1996)

Fotografías y fragmentos de entrevistas y de críticas tomadas de Rockdelux, Ruta 66 y Factory. La foto del principio de los Vancouvers con Alex Chilton ha sido muy amablemente cedida por Javier Olaz, primer batería del grupo que participó en No Particular Place. Nuevamente, debo agradecimientos especiales a Carrascus, sin cuya ayuda me habría sido imposible escribir este artículo.

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