lunes, marzo 31, 2008

The Flame

Hay una mítica excitante en algunos discos de principios de los setenta, una especie de adicción delirante a los sonidos maccartnianos de los últimos discos de los Beatles, especialmente Abbey Road (1969), cocinados con guitarras poderosas que beben del iluminado Harrison de por entonces. Badfinger, por ejemplo, basó casi todo su sonido en estos componentes tan concretos (por supuesto, sumados al incomparable talento de Pete Ham), pero no fueron los únicos. The Flame, grupo ultradesconocido donde los haya, procedían de Sudáfrica pero consiguieron grabar en 1970 un disco en Los Ángeles por obra y gracia de Carl Wilson de los Beach Boys, que quedó deslumbrado ante ellos. Ahí terminó todo, pero dejaron para el recuerdo una colección de canciones gloriosas, puro pop con dinamita en las venas y algún que otro aroma soul camuflado entre melodía y melodía.

El disco de The Flame se mueve con una fuerza auténtica, desgarrada, a veces hasta brutal, pero sin olvidar nunca las estructuras clásicas de la canción y el gancho arrebatador. Asombrosamente parecidos a Badfinger, quizá por esa manera de entender los Beatles vía McCartney del 69, sus canciones están muy trabajadas, sin perder por ello un sonido limpio y un gusto por los coros herederos directos del pop británico. La primera canción, "See The Light", es una preciosidad enérgica, sin duda alguna estos chicos escucharon el Abbey Road hasta perforarse los tímpanos primero y alucinar después, porque este tipo de McCartney brilla de manera omnipresente. En un disco de estas características es inevitable un rock, y siguen los paralelismos con Badfinger, pero es que "Make It Easy" es hermana gemela de "Love Me Do" del No Dice (publicado curiosamente el mismo año). En fin, lo tiene todo, convicción, carisma, varias voces trotando sobre unos acordes ejecutados con la precisión de un gancho. El soul ya aparece un poco con "Hey Lord", aunque las guitarras, el tipo de canción, beben mucho también del rock americano puesto en boga por Stephen Stills y similares. Y bueno, "Lady" está hecha para deleitarse sin remordimientos, una melodía nostálgica que de repente desemboca en esa especie de explosión melódica que era uno de los capítulos del libro de estilo de McCartney (tarareos incluidos; también se obsesionaron con el disco de las cerezas). Al nivel de su maestro, sin lugar a dudas, y todo un clásico.

Pero Lennon también tiene su espacio, por supuesto, y esto es "Don't Worry Bill", el mejor Lennon del Abbey Road (lamento repetir tanto este disco, pero hablando de The Flame -también de Badfinger- es inevitable). Una preciosidad incontestable, puro, auténtico e incorruptible espíritu Beatle conseguido gracias a desconocidas fórmulas mágicas, con el añadido de un cambio de ritmo en varias partes que alguien absorbió de entre los surcos perdidos de la suite de la cara B. Esto sigue, "Get Your Mind Made Up" se deja de tantas sutilezas y va directa al grano, suena resentida y está cargada de despecho, pero además atrapa con saña. The Flame nos dejan respirar con "Highs And Lows", la primera balada en toda regla del disco, y cómo no, es mejor que buena. Para hacernos una idea: imaginemos algo tan bueno como "Sun King" del -otra vez, lo siento- Abbey Road, el mismo sonido de guitarra buceando en el oceáno, pero desarrollada hasta formar una canción completa. Luego llega "I'm So Happy" para compensar, puro soul tostado y caliente, un canto a la vida en el que se busca más golpear que embriagar.

"Dove" es una ópera pop de dos minutos y medio que parece cantada por el propio Mccartney, tristeza sin remedio que a veces se abre en un coro celestial de ángeles, y la misma línea sigue "Another Day Like Heaven" (en serio, muy difíciles de diferenciar de Badfinger), con esa facilidad para la melodía barroca y sensible que cae por el peso de su propia belleza. El disco se cierra con una clara reminiscencia Beatle, un reprise de la primera canción, "See The Light", con más acento africano y rítmico.

Ignorados, hijos de su tiempo y vasallos de la melodía, The Flame compusieron uno de los discos más hermosos de los setenta, una obra maestra incontestable, rotunda e inmune al paso del tiempo, como pasa siempre con todos los clásicos.

The Flame (1970)

Artículo recomendado:
"The Flames/The Flame, la sombra de los Beatles es alargada". Por Luis de Ory, en
Powerpop Action. Historia de The Flame desde sus primeros tiempos, cuando se llamaban The Flames.

Próximamente, desde el vinilo perdido:
Un artículo sobre Martin Newell a cargo de Manolo Martos
La historia de The Scruffs. El peregrinaje oculto de Stephen Burns a lo largo de una carrera que dura hasta hoy y que está plagada de grandes discos
La semana Syd Barrett

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lunes, marzo 24, 2008

John Southworth, "The Pillowmaker"

Algunos discos obligan a desnudarse ante ellos. No es posible escucharlos desde la distancia salvadora de quien anhela la melodía y el estribillo que cierren el círculo perfecto. Esto es lo que ocurre con el último disco de John Southworth, The Pillowmaker (2006), grabado junto a la banda de circunstancias The South Seas. Southworth había publicado hasta entonces otros cuatro discos de pop extremadamente personal, con aromas muy diversos que iban desde las canciones de cuna o el fasto de los viejos crooners de los cincuenta, al soul o a Burt Bacharach, procurando siempre especial mimo y atención a la melodía. Pero con su último disco, se decidió a perder colorido y encrudecer sus referentes para ganar en emoción y en intensidad. Escuchándolo, me asalta la misma impresión que tuve cuando descubrí el primer disco de Leonard Cohen, Songs of Leonard Cohen, y me parecía que una entidad ultraterrenal me hablaba desde el más allá y me contaba verdades tan profundas como dolorosas.

Estas orillas de triste belleza se vislumbran ya en la primera canción, "Life Is Unbeliavle", una guitarra, unos coros y un contrabajo para levantar una melodía que sopla como el viento en una noche oscura, y que deja la sensación del tiempo y su avance sin piedad. "Holy Mackerel" parece una vieja canción tradicional del sur de Estados Unidos, y sus ingredientes son tan sólo un arpa y la voz de Sourthworth. Y la primera cumbre emocional llega con "The Pillowmaker", excepcional, una de esas canciones que inevitablemente rasga el alma, que hace que nos detengamos ante nosotros mismos para contemplarnos por dentro, y todo eso en apenas un minuto y gracias a una melodía que es pura y demoladora sencillez. Los sonidos añejos rebrotan en "Eyes Are The Flowers", parece la versión de una canción de los años cuarenta, tristeza apagada de un domingo por la tarde. El imaginario cancionero popular de Southworth tiene dos grandes incorporaciones con "Idiot Village" y "Pineapple Shoes", casi como si se hubiesen copiado de una antigua partitura perdida. El mejor material emocional llega con "We Can Live Life" y sus surcos de cantautor legendario, y acaba de explotar en la magnífica y sugerente "River Rations", ese tipo de canción que sale del fondo de los tiempos y y que apenas se molesta en desarrollarse, tan sólo se insinúa.

Southworth está sobrado de ideas y sabe cómo plasmarlas, y éste es su disco austero, reflexivo, depresivo. "Moon On Fire" es una absoluta maravilla que enciende la chispa de la magia con su oscilación entre una parte gris, llorosa, macilenta, y un estribillo de luz y esperanza extremadamente emocionante. Las revoluciones pop aumentan con "Seashells and Bluebells", con claros sabores de los primeros éxitos de Burt Bacharach, una canción cargada de esperanza, de ilusión, de optimismo ciego, con un estribillo que arroja luz al futuro. "Field Town Morris" recurre con desparpajo al sonido de raíces, y "Sail The Rails Railroad Sailor" adopta ese sonido de canción tradicional que es marca de la casa en Southworth. Más pop de quilates en "Bygones Be Bygones", otro clásico susurrante y humilde que se colará dentro de nosotros sin que apenas nos demos cuenta. Y "Rainbowin" es adecuada para silbar un sábado por la mañana de sol radiante, una tonadilla simpática que es mucho más de lo que parece. La refinada "River City Girl" seduce por su elegancia y por su inmediatez, es la canción perfecta para dedicar a una chica, y las diecinueve canciones del disco terminan como han empezado con "Ghostflower": crudeza, firma de cantautor, nostalgia, desnudez, palabras certeras. Imposible acabar de mejor manera que entre esas espirales de melancólicas guitarras españolas.

The Pillowmaker es un disco que deja huella, uno de los cinco tesoros de John Southworth, un testimonio claro de su genio y de su talento para aspirar influencias y, al mismo tiempo, ser radicalmente distinto a todo. Estoy seguro de que os va a gustar mucho y de que tendréis ganas de investigar en el universo colorista, fantasioso y onírico de este músico. Nuevamente, no tendremos otra opción que rendirnos al poder de algunos para hacer de nuestros días algo mucho más hermoso.

John Southworth. The Pillowmaker (1996)

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domingo, marzo 09, 2008

Airbag, "Alto Disco"

Airbag son pura diversión, es uno de los grupos más refrescantes del panorama español con unas armas que son bien sencillas desde su primer disco: guitarra, bajo, batería y melodías y estribillos a discreción, con unas influencias musicales que siempre han oscilado entre Weezer, Ramones y la música surf, todo ello preparado con un fuerte sentir pop y sesentero que ha ido creciendo disco a disco. Al final lo que queda es una maravillosa colección de canciones, hits redondos y dentados como motosierras. Y de este arsenal va sobrado Alto Disco, publicado este mismo año: trece canciones que en total apenas superan la media hora, una vertiginosa sucesión de estribillos infecciosos tratados con urgencia y al grano, una deliciosa caja de golosinas en la que es difícil escoger sólo una. En definitiva, su particular obra maestra de melodías aceleradas.

Han ido creciendo paso a paso y sin perder el fuelle. Su primer disco, Mondo Cretino (2000), ya presentaba en bruto todas sus influencias y fijaciones. El punk-pop ramoniano de estirpe más surfera y lúdica ("Marta no es una punk") servía para acoger letras que jugaban a su antojo con la cultura pop, las películas de miedo, la serie B y el sentimiento adolescente prototípico. Los Beach Boys y los grupos de chicas también tenían su parte del pastel (versión de "Don't Worry Baby" incluida), faceta que desarrollaron en su primer disco imprescindible, Ensamble Cohetes (2003). Este álbum es un excitante oasis de angustia adolescente formulada mediante continuas y certeras referencias a la cultura popular de los ochenta, un catálogo de hits ya desde el comienzo con "La chica nueva", melodías aceleradas con energía punk que alcanzan cotas tan carismáticas como "Películas de miedo" o, especialmente, esa maravilla indescriptible que es "Big Aquarium", y que lo tiene todo: una melodía digna de un éxito de Phil Spector, una sucesión de imágenes nostálgicas absolutamente originales y el derroche de encanto y de sensibilidad del mejor (gran) pop teenager. Otro disco en el 2005, ¿Quién mató a Airbag?, los confirma como grandes hacedores de canciones, esta vez dejando un poco al lado su vertiente más punk para centrarse en la construcción de pequeñas sinfonías, y con himnos tan contundentes como "Roswell 1947", "Territorio Dagger" o sobre todo, la magnífica y obsesiva "Cubo de rubik".

Y entonces este año llega Alto Disco, que ya empieza de manera inmejorable con su homenaje al Pet Sounds de los Beach Boys en la tipografía empleada, algo totalmente coherente con el corazón pop que late en el disco. Las revoluciones se han frenado incluso más que en las últimas ocasiones, el punk-pop da lugar a un pop clásico de libro, y eso es "Spoiler", música de lujo, pegadiza, con más influencia que nunca de los grupos de chicas, pero al mismo tiempo terriblemente moderna. "Comics y posters" es mi favorita, es muy fácil sentirse identificado con ese canto al mundo propio que es, contundente, energética y tan buena que toda ella parece un estribillo alargado, esto es Weezer de altísima calidad, pero también Airbag. Inolvidable, exactamente como "Salva mi domingo", que se frena aún más para ser puro Spector tocado con bajo, guitarra y batería (es fácil suponer lo bien que se adaptarían estas canciones a arreglos majestuosos). El surf ramoniano aparece en "Golpe al sueño de verano", una canción de playa acelerada, seductora y nostálgica, y el ritmo apresurado se mantiene en "Un día de furia", más referencias a la cultura pop en forma de canción adictiva.

Las canciones de onda sesentera vía Ronettes, Supremes y Dion and the Belmonts tienen otra estupenda representante con "Tus rechazos golpean dos veces", que rezuma inocencia entre coros y desencanto. El sol californiano brilla en "De un verano a otro", puro doo-wop, pura música surf, puros Beach-Boys primitivos, mientras que "En el primavera" es otro clásico para el recuerdo -este disco es grande por este tipo de canciones-, una melodía sencilla y precisa con la puntilla de un estribillo desamparado y adornado con coros. "La estrella invitada" está muy en la línea de su anterior disco, pop poderoso y vitaminizado con melodía entrañable, pautas que también sigue la todavía más concisa "¿Quién mató a CH?". Pero quedan más sorpresas, una de las mejores canciones aparece casi al final, porque "Ahí viene la decepción" es rotunda, más pop que nunca, con el mismo espíritu de los clásicos de este disco y la inclusión de unos papapás en el momento justo que van a dar vueltas en nuestro cerebro durante días. "Usted morirá en el espacio" es una canción perfecta para ir terminando, carismática y agradable con estribillo juvenil, justo antes de dar paso a "Surf instrumental para separar fases", un homenaje a la música que les gusta y a la sangre de sus discos, una puesta de sol contemplada desde la hamburguesería de un pueblo californiano.

Alto Disco es esa obra maestra que Airbag necesitaba, un disco que merece todos los elogios posibles por su desparpajo y su maestría, y que tiene la potencialidad necesaria para llegar muy lejos en las listas de ventas gracias a su pop raudo y adolescente, enquistado hoy por hoy en una pequeña legión de seguidores. Y Airbag es uno de esos grupos llenos de ideas y de talento a los que, sin embargo, les costará incluso ser reseñados en RockdeLux, porque no mezclan su música con los sonidos que están de moda en el momento.

Encontraréis sus discos fácilmente en Emule, pero como siempre, este tipo de grupos es mejor disfrutarlos en su formato original, gracias sobre todo a la cuidada presentación de sus vinilos. Podréis comprarlos aquí.

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jueves, marzo 06, 2008

The Pale Fountains, "Pacific Street"

El empujón dado por Manolo Martos a la sosegada, cálida, amigable música británica de los ochenta me va a servir también de excusa para hablar de uno de mis discos favoritos, una de esas obras que generan una sensación de particular intimidad y cercanía otoñal desde la primera vez que se escuchan. Pacific Street (1984), el primer disco de los Pale Fountains, presagia una atmósfera especial ya en la portada, con ese amarillo que apaga la fiereza del chico cargado de munición. La discográfica Virgin creyó en ellos, su escasa repercusión les trasladó al cajón del olvido, pero los rayos de sol de Michael Head siguieron brillando a lo largo de los años y calentando a quien se acercaba casualmente a sus canciones.

Pacific Street, habitual de las ediciones de serie media, es un disco que carece de cualquier tipo de pretensión, es la sencillez del pop llevada hasta sus últimas consecuencias, sin poses o visiones torturadas de la vida, una pequeña e inolvidable llama que prende ya en la primera canción, "Reach". Empieza de manera extremadamente relajada, una guitarra acústica, unos bongos, una voz susurrante, para que de repente brote el optimismo en un arranque feliz, lleno de trompetas y guitarras que cantan a la vida. La magia es innegable, esto engancha, y por eso nos sorprenderá también "Something On My Mind", la canción por la que muchos pensaron que los Pale Fountains llegarían lejos en las listas de éxitos. Otra vez bongos, guitarras acústicas y voz melancólica, sólo que esta vez la nostalgia se extiende al resto de la canción, un estándar altamente comercial sin perder ni pizca de calidad, intrigante, con su punto isleño. En "Unless" aparece una jungla extraña, primitiva, en la que fluye el espíritu del pop como si saliera el sol, apareciendo poco a poco hasta construir un estribillo incontestable, precioso, salpicado con las trompetas que tanto protagonismo adquieren en el disco. Magnífica en todos los sentidos, especialmente por la misteriosa atmósfera tribal que consiguen transmitir la percusión y el bajo. Pero prosigamos, "Southbound Excursion" es deliciosa, se acerca a la música brasileña en ese coro sorprendente que ilumina la canción como un día de verano.

A estas alturas, los Pale Fountains nos tienen donde querían: en el interior de su mundo de revelaciones y nostalgia. Por eso no está mal evadirse un poco, y "Natural" cumple esa función, pop saltarín y brioso en toda regla (nuevamente, eso sí, percusiones exóticas para darle un sabor especial). Pero las nubes se ponen otra vez, el instrumental "Faithful Pillow" se encarga de presagiar tormenta caribeña, aunque todavía tardará un poco en llegar, porque "You'll Start A War" quiere ser -y lo consigue- un hit, un single pop redondo adecuado para aparecer en cualquier anuncio, pegadizo, de libro. "Beyond Fridays Field" no esconde unas trompetas arrancadas de la imaginación de Burt Bacharach, para dar forma a una canción sensible, apagada, una de mis favoritas del disco porque logra generar esa sensación de belleza desolada y balsámica: las cosas van mal, pero son soportables si alguien es capaz de convertirlas en algo hermoso. Coros, una melodía celestial y muchas lágrimas sin derramar, un imperio derruido que se acuerda de su gloria. Por otro lado, Bacharach se hace omnipresente en "Abergele Next Time" y su aire de ligera bossa-nova ornamentada con un estribillo vacilón. ¿Y "Crazier"? Una nueva preciosidad de melodía íntima, preparada para llegarnos muy dentro tras su inofensiva apariencia tropical. El punto final lo pone "Faithful Pillow (Pt. 2)", más borrascas exóticas y caribeñas con las que acabar de definir la particular atmósfera de este disco.

Hay que hablar también de las canciones que se añadieron en la versión digital, por supuesto. "Palm Of My Hand" empieza con otra de esas trompetas dignas del autor de "The Look of Love", pero en realidad es pop británico de alta calidad adicto a los estribillos pegadizos. "Love's A Beautiful Place" abunda en la música brasileña como excusa para el pop, una canción relajada de cafetería en una tarde lluviosa. Y atentos, un auténtico cañonazo, "Meadow Of Love" es en mi opinión la mejor canción de The Pale Fountains y también una de las joyas de la música pop, increíble ese comienzo dubitativo para luego elevarse hasta el paraíso en un estribillo plagado de cuerdas y flautas en espiral. Sublime. Y para acabar, "Thank You", una guinda del pop de cámara sin complejos, una ración de colores sesenteros, una canción que bien podría haber sido un clásico perdido del sunshine pop de finales de los sesenta.

Hay que tener cuidado con el primer disco de los Pale Fountains, es fácil enamorarse de él. Sin ser una obra maestra -¿o sí?-, su sencillez y su honestidad, junto a un talento notable para la melodía y el color diferente de sus rasgos exóticos, lo convierten en un disco inclasificable, compañero eterno de nuestros pensamientos incluso cuando llevemos tiempo sin escucharlo.

The Pale Fountains. Pacific Street (1984)

Recordad: el domingo hablaremos de Alto Disco, la última entrega de Airbag, un excelente compendio de melodías, surf y música sesentera y desde ya uno de los lanzamientos de música española más importantes del año.

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lunes, marzo 03, 2008

Aztec Camera, "High Land, Hard Rain"

Después del artículo en el que nuestro colaborador Manolo Martos desentrañó algunos de los sonidos más elegantes de la música británica de los ochenta, no está mal que nos fijemos en un disco imprescindible de aquel periodo, el debut de Aztec Camera en 1983. Roddy Frame, el joven lider y compositor del grupo, utilizó el poder de seducción del pop para cocinar unos himnos intachables. Al mismo tiempo, revistió sus composiciones con unas sonoridades discretamente exuberantes, no demasiado llamativas pero sí lo justo para aportar unos matices misteriosos y sobre todo, repletos de frescura. High Land, Hard Rain terminó por ser el paradigma de disco británico redondo y sofisticado con sabores de músicas lejanas, siempre en el transfondo de un pop académico sin complejos.

Por eso "Oblivius" suena diferente, las guitarras acústicas desprenden calor caribeño, al igual que la línea de bajo (excelente a lo largo del disco). Todo esto genera una alta sensación de vivacidad, especialmente si le sumamos una melodía radiante, plagada de coros. El sonido Aztec Camera queda ya firmemente establecido, y por eso "The Boy Wonders" se hace tan atractiva, con su comienzo de guitarras de folk celta que rápidamente deriva hacia más pop en vena, con especial mención a un cambio de ritmo donde se cuelan otra vez recuerdos a culturas enigmáticas, antes de llegar al imparable estribillo. Y entonces aparece "Walk Out To Winter", en la que destaca absolutamente todo: la voz desencantada de Frame, unas guitarras fresquísimas, de reminiscencias tropicales, y un bajo omnipresente y sublime al que resulta inevitable prestar atención. Tres hits seguidos pueden causar sobredosis, y por eso "The Bugle Sounds Again" quiere ser más reflexiva, se mece con un suave sosiego al que, no obstante, se añade un elaborado estribillo de maneras románticas. El mismo esquema se repite en "We Could Send Letters", aunque con intenciones más etéreas y un tono de tintes trascendentales.

Pero tranquilos, las canciones de pop vibrante regresan con "Pillar To Post", el estribillo es directo, carismático, festivo, la diversión que necesitábamos tras el anterior descenso de tensión, entre teclados felices y un bajo más saltarín que nunca. Y "Release" es totalmente encantadora, con sus aires de bossa-nova y un fantástico y adictivo bajo que se apropia con maestría de los sonidos brasileños, sonidos que se amoldan como un guante a las canciones de Roddy Frame. Porque de ahí viajamos a las arenas del desierto más profundo, para encontrar el cofre del tesoro que es "Lost Outside The Tunnel", cuyo exotismo, misterio y aires legendarios se abren perfectamente en un estribillo que destila emoción y sentimiento de pérdida y que recordaremos desde la primera escucha. Sin embargo, "Back On Board" opta por terrenos más convencionales, es quizá la canción más estándar del disco, posiblemente también la más triste, y está fuertemente influida por las baladas de Elvis Costello, hasta el punto de que parece que la cante él. El disco termina con una sencilla canción acústica, "Down The Dip"; su planteamiento, totalmente desnuda salvo por la voz de Frame y una guitarra acústica, deja para acabar un ligero poso de melancolía, casi de resignación.

La versión digital incluye tres canciones más: "Haywire", que repite formato acústico, aunque su estribillo deja pistas de lo que podría haberse logrado con más arreglos e imaginación: hay canciones que no están hechas para la sencillez. Más estimulante resulta "Orchid Girl", al nivel del resto del disco, otra vez con el bajo insuflando vida a su particular estilo caribeño y una melodía que se dirige con firmeza hacia un estribillo que en este caso es como un latigazo. Y "Queen's Tattoos" es un estimulante rag-time, una de esas canciones felices que parecen concebidas para una celebración entre baile, cerveza y pianos de salón.

High Land, Hard Rain se convirtió en uno de los álbumes más emblemáticos del momento, una colección de canciones que, sin menospreciar la necesidad de melodías y de estribillos, optaba también por sonidos cálidos que se integraban con naturalidad a las canciones. Escuchar el debut de Aztec Camera deja un poso radiante, de una luminosidad que proviene tanto del pop confiado como del suave exotismo de sus canciones, cualidades que lamentablemente se irían perdiendo en los discos siguientes a favor de una mayor artificiosidad.

Aztec Camera. High Land, Hard Rain (1983)

Atentos esta semana a En busca del vinilo perdido, que viene otra vez cargada de artículos: el miércoles terminamos los días británicos con la revisión del primer disco de The Pale Fountains, Pacific Street, el reverso de la luminosidad de Aztec Camera, un conjunto de canciones de pop inglés intimista y otoñal. Y el domingo podréis leer una reseña del maravilloso último álbum de Airbag, Alto Disco.

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domingo, febrero 24, 2008

A Gentle Sound. 80's British Style

Por Manolo Martos

“Si no me preguntan qué es la elegancia, sé lo que es. Pero si me lo preguntan no sé qué responder.” ¿Cuál es la idea de un recopilatorio como éste cuyo título, para empezar, resulta ya bastante poco elegante, poco dotado de gracia? Difícil reflejar la intención de esta selección en la que ni están todos los que se acercaron al pop con estilo, ni son éstos el ejemplo definitivo de lo que uno pensaría que Las Islas legaron de mayor interés al pop en los ochenta. Será lo difícil del intento de navegar entre dos aguas, cuando se pretende presentar un puñado de canciones que triunfaron en las listas junto a otras pocas que también lo merecieron, archivadas dentro de una discografía efímera, y entre lo recordado y lo recordable, fabricarse un motivo que responda a la pregunta de por qué no le disgustan a uno ciertos sonidos… amables.

Ante la falta de una continua satisfacción que mantenga a raya la añoranza de aquellos primeros tiempos de formación (otra vez la educación sentimental), este recopilatorio busca un compromiso estético mediante esa navegación indecisa entre lo solemne y lo frívolo; más allá de un esnobismo elitista, pero queriendo darle algo de lustre a un pop desechable, para presentar las posibles virtudes de las producciones que persiguen un sonido cuidado, cohesionado, limpio; siempre que se tenga, eso sí, buen material a base de melodías trabajadas. “Cath” de los Bluebells como ideal, y todos contentos.

En el mundo de la industria musical siempre habrá vencedores y vencidos, pero no en el mundo ideal sostenido con tus aficiones. Hubo un tiempo en el que un cierto sonido mainstream mereció atención. O pudo haberla merecido, cuando se pretendió dejar algo de poso -haciendo corriente principal- en el ejercicio de unos sonidos, a diferencia de los adaptados a la corriente principal del momento. Será que en el erial de los tiempos actuales, ya cualquier gesto hecho con un mínimo de estilo queda engrandecido para los temerarios que aún pretenden resistir la confusión.

Pudo haber un tiempo en el que el sonido de una Joven Escocia debió apropiarse y abanderar lo que desde los medios se denominó como Nuevo Pop y que acabó siendo territorio de Duran Duran, Spandau Ballet y demás Nuevos Románticos. Pero ya se sabe que estas cosas nunca siguen el plan previsto. Y si no aparecen Orange Juice, Prefab Sprout o The Smiths es porque su propia –gran- personalidad y estilo romperían con una cierta continuidad estilística más impersonal perseguida aposta, en una propuesta recopilatoria de amable intrascendencia cuya escucha, con todo, deja una mezcolanza de jovialidad y melancolía.

Una mirada retrospectiva, pues, que repesque algunos legítimos intentos de permanencia en la memoria de los que aceptan con agrado unos sonidos amables, sobriamente exuberantes… elegantes. Si algún buen aficionado ha captado ese “espíritu fluyendo” entre todas estas canciones, será que al menos algo de estilo queda. Si San Agustín no nos lo podía decir, ¿nos podría responder quizás ese pingüino pillado in fraganti sobre un fondo naranja, mirándonos desde la cubierta de un libro de segunda mano de la colección Clásicos Modernos?

01. Orchestral Manoeuvres in The Dark: “Souvenir” (Dindisc, 1981)
02. Haircut 100: “Love Plus One” (Arista, 1982)

03. ABC: “All Of My Heart” (Neutron/Phonogram, 1982)

04. The Bluebells: “Cath” (Sire, 1983)

05. Aztec Camera: “Walk Out To Winter” (Rough Trade, 1983)


El comienzo no puede ser más exitoso, o escandalosamente comercial, a juicio de muchos: grandes nombres de los ochenta con éxitos de esos que marcan época (el otro día escuché “Walk Out To Winter” en la cafetería de un hospital). De entre todos, “Cath” de los Bluebells sobresale como el ejemplo perfecto: esa armónica, esos coros (“Cath, uouooh”)…Ésta es una versión 12” editada en USA por Sire, ligeramente diferente al single, y si cabe más afilada para hincarse en el centro de la diana pop. Los famosos OMD aparecen con el recuerdo de “Architecture and Morality” en cinta original, propiedad de algún amigo o hermano mayor que sabía cómo entretener las largas tardes de deberes; o la portada del single, con esa foto de terrazas en los 50. Por su parte, el productor Bob Sargeant es el culpables de darle ese aire ligero y refrescante que tuvieron Haircut 100 (merece la pena seguir la etapa posterior de Nick Heyward en solitario, demostrando conocer el oficio de componer y grabar canciones pop). Lo de ABC se las trae: uno de esos nombres representativos de los llamados Nuevos Románticos, etiqueta aparejada a banda de fotos para la prensa (egos de papel couché, músicos ficticios) y lavada de cara en la producción. Pero una buena canción puede con todos los prejuicios. Rescatemos entonces este single con un ajustado punto de elegante épica (con “Overture” en la cara B, buen ejercicio de pop sinfónico), del proyecto del periodista Martin Fry y la labor del productor Trevor Horn.

06. The Pale Fountains: “Jean’s Not Happening” (Virgin, 1984)

Ni fue su mejor single ni está en su mejor álbum ni pertenece a su mejor época (para ello háganse con su LP Pacific Street o con el magnífico recopilatorio de Marina, Longshot For Your Love), pero en mi caso sirvió como puerta de entrada al universo de Michael Head. Y aunque aquí la guitarra de su hermano sustituyó las partes de trompeta de Andy Diagram -que subrayaban la valentía de mostrar en aquellos ochenta la influencia de grandes nombres como el de Burt Bacharach-, lo cierto es que tiene un tirón que llama (a mí me llamó) la atención, destacando de entre las canciones de su segundo álbum, producido en su mayor parte por Ian Broudie.


07. April Showers: “Abandon Ship” (Big Star/Chrysalis, 1984)

Dúo de Glasgow que solo grabó este single (por cierto, repescado también por Marina), y del que poco más se sabe, salvo que hubo planes de sacar otro en el sello Operation Twilight (donde salió el primer single de los Pale Fountains) y que la chica por esas fechas fue novia de James Grant, componente de…

08. Friends Again: “State Of Art” (Mercury, 1984)

Quinteto formado en 1982 que sacó tres singles antes de fichar por Mercury en 1984 para grabar un único LP, Trapped & Unwrapped, en el que también está este ejercicio de pop formalista. Intrascendente elegancia. Al poco se separaron: James Grant formó Love And Money (de mucho más éxito) con el resto de la banda, mientras que Chris Tompson creó The Bathers en 1987, con mucho menos éxito (también repescados por… sí, Marina). Las chicas siempre aciertan para esas cosas.

09. Sensible Jerseys: “Go To Work” (Virgin, 1985)

Este cuarteto editó un par de singles. Ésta es la cara B del segundo, conocida gracias a la cortesía de Javier “Lost And Found”. Una pena que su página, en la que repescaba grandes canciones, se encuentre perdida…

10. The Big Dish: “Prospect Street” (Virgin, 1985)
11. The Bible “Graceland” (Backs Records, 1986)


He aquí un par de nombres que siempre recuerdo conjuntamente: descubiertos por la misma época, estilísticamente similares, y básicamente siendo el proyecto de dos músicos que luego han mantenido una carrera en solitario. El escocés Steve Lindsay siempre estuvo rodeado de músicos de sesión; amigo de Craig Armstrong, con el que ha colaborado, o de Lloyd Cole, mentor de The Big Dish en sus inicios. Sus primeros singles resultan más atrayentes que la versión posterior para el primer álbum, Swimmer, y además contaban con la participación del gran Dave Gregory a las guitarras (dato que nos agrada a los fanáticos de XTC), haciéndolos más interesantes. Y es que esta versión primera de “Prospect Street” -con esa delicada melancolía en la manera de cantar de Lindsay, y con esos pequeños arreglos de guitarra, quedó mermada por una producción “más producida” en su supuesta puesta de largo. Y aunque el álbum Swimmer también queda para el recuerdo cariñoso en forma de cassette, son aquellos primeros singles los que presentan la original brillantez estilística.

En cuanto a Boo Hewerdine, resulta que trabajaba en una tienda de discos de Cambridge y fue amigo del escritor Nick Hornby… ¿Les suena de algo? The Bible editaron un par de álbumes: “Graceland” pertenece al 1º, “Walking The Ghost Back Home”. Para los bonus quedaron “Cristal Palace” y “Honey Be Good” del siguiente, “Eureka” (1987).

12. Danny Wilson “Mary’s Prayer” (Virgin, 1987)

Creo que los Danny Wilson (cuarteto de Dundee, Escocia) caen en el apartado de bandas de menor aliciente con más pretensiones estéticas (al principio se llamaban Spencer Tracy), así que poca atención logra mantener una escucha a su álbum Meet Danny Wilson o a su colección de singles, aunque “Mary’s Prayer" sí es resultona.

13. The Railway Children: “Brighter” (Factory, 1987)

De su primer single cojo el título del recopilatorio (recordando de paso “Gentle Sounds” de los formidables Fantastic Something), y “Brighter” -el segundo single de su primer elepé, Reunion Wilderness-, como canción representativa de una interesante banda recordada con cariño (aunque en su tercer disco tirasen de una producción muy de principios de los noventa), que se suelta con esa parte final de guitarras envolventes y los detalles de la percusión. Gran ambiente. Como parece que tuvieron más repercusión en Japón, Gary Newby fue allí para quedarse.

14. The Wild Swans: “Broken Home” (1987/Renascent, 2003)

The Wild Swans terminó siendo la errática aventura durante los ochenta de Paul Simpson, cuyos comentarios siempre resulta un placer leer. Con ellos tenemos otro más de esos ejemplos aleccionadores en la relación de una joven banda con ganas por mostrar su talento, con la industria discográfica. Paul siempre ha despotricado de los dos discos editados en Sire (producidos por Paul Hardiman e Ian Broudie), señalando que la magia de la banda de Liverpool se quedó en sus primeros tiempos. El doble recopilatorio Incandescent, con esas grabaciones antes de ser fichados, prueba el desencanto del bueno de Simpson: “Las multinacionales te chupan la poesía de los huesos y tapan los agujeros con cemento hecho de cocaína y adolescentes dolidos”.

15. Lloyd Cole and The Commotions: “Jennifer She Said” (Polydor, 1987)

¡Cuántas veces habré repasado los dos primeros álbumes (más extras: ahí está la maravillosa “Sweetness” descubierta gracias al no menos maravilloso fanzine Stamp) sin terminar de decidir qué canción elegir! Así que me voy a su tercer disco, Mainstream (mira por dónde), y repesco “Jennifer She Said”, la canción que nos devolvió a todos la fe tras escuchar el primer single de ese disco y teniendo en cuenta el titulillo de marras. Buen ejemplo del juego que aquí nos traemos: del despiste receloso al reconocimiento final. Sí señor.

16. Treebound Story: “Swimming In The Heart Of Jane” (Native, 1988)

Ahora Richard Hawley está en todos los medios musicales, pero lo mereció más con sus inicios en Treebound Story, acompañando de gira a Pulp, y con canciones como ésta, de uno de los tres o cuatro epés de 12” que sacaron entre el 86 y el 89. También encontrados por Javier en su página, pero conocidos ya de antes gracias a alguna cinta grabada desde La Coruña (¿Por dónde andará Luisa López, del fanzine La Línea del Arco?).

17. The Blue Nile: “The Downtown Lights” (Linn Records, 1988)

Si “Cath” es de esas canciones que triunfan de primeras, “The Downtown Lights” pertenece a aquellas que de verdad terminan imponiéndose al final, arrasando por su calado emocional. Una favorita absoluta, como lo es de todos aquellos que cayeron en la cuenta de la poco prodigada sensibilidad del escocés Paul Buchanan: cuatro discos en veinte años. Pop de teclados de altura, rico en imágenes sugerentes y sentimientos encontrados. Ni el pasaje final en plan heavy sintetizado corta la majestuosa magia.

18. Applemoths: “Fred Astaire” (A Turntable Friend, 1989)

Otros favoritos personales. Hubo muchos como ellos, especiales en sí mismos, que demostraron la valía de una corriente subterránea, profunda, lejana de la superficie del mainstream. Más cercana al centro de la autenticidad. Desde una pequeña habitación, desde un ático, se pueden dar inolvidables lecciones de inspirada elegancia. Sin pasar por un estudio profesional; sin sesiones de fotos; con sólo un EP editado (en Alemania) y dos o tres canciones esparcidas por recopilatorios en cinta.

19. Lightning Seeds: “Pure” (1989)

“Souvenir” abría esta selección con un vídeo en el que Andy McCluskey conduce un coche de los cincuenta por los inmensos jardines de toda buena mansión inglesa que se precie (aires a Retorno a Brideshead: estilo Tudor en arquitectura más pasado grecorromano), y “Pure” la cierra con un flamante BMW de última tecnología que pone la imagen a la brillantez pop que se sacó Ian Broudie con singles como éste bajo el nombre de los Lightning Seeds.

Y así ha transcurrido este recopilatorio. Entre coches de época que van y deportivos caros que vienen. ¿En qué quedó la amable elegancia? En “El arte de preferir lo preferible”, dijo Ortega. Y le quedó bien.

Podéis descargar aquí el recopilatorio:
A Gentle Sound. 80's British Stlye, por Manolo Martos

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miércoles, febrero 20, 2008

El renacer de Brian Wilson

El ciclo de los Beach Boys crepusculares merecía ser cerrado con este colofón: el sensacional primer disco en solitario que Brian Wilson publica en 1988 tras un largo proceso de recuperación a manos de un controvertido psiquiatra, Eugene Landy, quien en contrapartida se llevaría un buen pellizco de su fortuna. Desde principios de los setenta Brian no hacía nada tan perfecto ni que remitiese tanto a su propio genio, una colección de melodías de cristal que, por una vez, llevan chispa dentro y funcionan, una actualización de los sonidos más excitantes tanto de Pet Sounds como de Smile, once canciones directas de inspiración fuera de dudas que son el mejor postre posible a una carrera mucho tiempo congelada en el limbo. La felicidad, la belleza reencontrada se palpan en cada melodía y casi en cada nota. Como dijo el propio Brian, "el amor es el tema de todo mi álbum".

La mecha prendió un día que Brian estaba tocando al piano la canción de Burt Bacharach "What The World Needs Now Is Love". De ahí derivó a su personal visión del amor, y también a la primera canción del disco: "Love and Mercy" es un hit en toda regla que recoge a partes iguales la majestuosidad de Pet Sounds junto con el talento melódico de sus mejores canciones, todo esto entre arreglos muy pulcros y calculados -según algunos, empalagosos-, pero lo cierto es que consigue emocionar a la manera de los viejos tiempos. Parece que este entusiasmo se contagia a "Walkin' The Line", optimista, redonda, festiva, basada en una antigua línea de bajo que se le había ocurrido en los sesenta. Porque efectivamente, el Brian Wilson de aquella década se estaba poseyendo a sí mismo, y esto es algo que se nota especialmente en la deliciosa "Melt Away", la cual se deshace en su melodía desencantada, sin abandonar nunca ese esteticismo en plena forma, ese mismo nervio que latía en Pet Sounds actualizado para acomodarse a los nuevos tiempos. Y, sorpresa, la siguiente canción es igual de buena o mejor: "Baby Let Your Hair Grow Long" ha de entenderse como un resumen de las mejores canciones del pop primigenio, un mecanismo de orfebrería que funciona con una precisión asombrosa, una canción que quiere dar placer siendo contemplada y también escuchada. Pura magia.

El hechizo prosigue en "Little Children", cargada de energía positiva, una especie de villancico que suena especialmente cristalino y adictivo, infeccioso pop de quilates sobre el cual Brian dijo lo siguiente: "Esta canción fue escrita como un intento de hacer que la gente se sintiera más joven". Apenas dos minutos entusiastas que enlazan con "One For The Boys", la primera nota realmente triste del disco, texturas vocales parecidas a las de "Our Prayer" de Smile, menos enigmáticas y por ello más accesibles. La leyenda, el brío, el pulso del Brian de 1966 también se recuperó en "There's So Many", que parece un descarte de Pet Sounds (la simetría con este disco es constante e inevitable), llena de arreglos, texturas, voces y melodías convertidas en pura alquimia para lograr la fuerza pop, todo ello con sonidos de arpa mágicos y una argamasa de sólida inspiración. Por otro lado, "Night Time" es la más ochentera de todas, en cuanto a ritmos y sonidos, pero la personalidad de Brian basta para apartar esta canción del tópico y convertirla en una ingeniosa pieza de baile con efluvios melódicos. Y ojo, otra obra maestra del pop en la médula: "Let It Shine", producida por Jeff Lyne de la menospreciada ELO, donde se dan de la mano arreglos de juguete con una inspiradísima recreación del mejor pop adolescente de los sesenta. Brillante y encantadora, es imposible no rendirse a sus encantos, como si se descubriese el amor por primera vez.

En un disco así es imposible que nada salga mal, por eso "Meet Me In My Dreams Tonight" también es grande, gracias a su introducción, vacilante y pegajosa, que se abre en un chorro de canción que retrocede de nuevo hacia Phil Spector y las Ronettes, en una orgía de sonidos pop sin complejos que son como la recreación de un sueño de antiguas glorias. Y es que, de nuevo en palabras de Brian: "Esta canción trata de un chico y una chica que se aman el uno al otro en un cierto nivel que es más alto que la vida real". Imposible expresarlo mejor musicalmente. Y ya, para terminar, "Rio Grande", ocho minutos de placer donde Brian cierra el círculo y se dedica a revisitar su época Smile, con una suite que se reparte entre melodías surrealistas del lejano oeste y relámpagos de canciones pluscuamperfectas. Se trata del punto y final perfecto a un disco sorprendente y magnético, que demuestra lo que Brian podría haber dado de sí en otras circunstancias.

Posteriormente sus discos son mucho más irregulares que esta joya, aunque siempre cuenten con momentos de gloriosa inspiración. Me gustaría destacar -de manera un tanto controvertida- la primera edición oficial que se hizo de Smile en el 2004; sí, de acuerdo, cuarenta años después de cuando tuvo que ser grabado y con un Brian ya muy mermado a todos los niveles, pero de todos modos disfrutable al cien por cien y en definitiva un castillo de maestría pop. Volveremos más adelante al tema Smile, con un artículo extenso donde hablaremos sobre lo que pretendía ser y de sus distintas versiones pirata, pero por ahora daremos por cerrada la semana Beach Boys, y de qué manera: porque el primer disco en solitario de Brian Wilson, una de las obras maestras indiscutibles de los ochenta, es la píldora perfecta para encontrar la felicidad musical y para superar con una sonrisa cualquier día gris que se atreva a plantarnos cara.

Brian Wilson (1988)

Texto recomendado:
"Brian Wilson, ¿puedes oír la música?". Por Karpov Shelby, en Karpov. Crónica de un concierto de Brian Wilson en Collado Villalba, España, en julio del 2005.

No os perdáis este domingo el primer artículo de nuestro nuevo y flamante colaborador: Manolo Martos, que nos hablará de los cálidos y elegantes sonidos que poblaron el pop británico de los ochenta, todo ello acompañado de uno de los mejores recopilatorios que hayáis escuchado nunca, preparado por él mismo.

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lunes, febrero 18, 2008

Los Beach Boys crepusculares (VI). "Surf's Up"

El ciclo de los Beach Boys crepusculares termina con un disco redondo en 1971, el último imprescindible en una carrera que, a partir de ese momento, se hará errática y desconcertante. En Surf's Up todos los miembros del grupo dan lo mejor de sí para sustituir a un Brian ya muy diluido, que pese a todo hace de este disco algo muy especial gracias a las tres canciones finales que aporta. El tono general del disco es sombrío, pesimista, de reflexión después de la tormenta, y por eso puede decirse que es quizá el más representativo de esa etapa oscura y resacosa del grupo. Pese a todo, la primera canción, "I Don't Go Near The Water", compuesta a medias por Al Jardine y Mike Love, la facción más reaccionaria de los Beach Boys, es un single adictivo, lleno de luz, con un cierto sonido acuoso y una melodía muy inocente, como de juego infantil, en la que explotan de repente unos coros entusiastas.

Sin embargo, una de las grandes sorpresas de Surf's Up es la fulgurante aparición de Carl Wilson como compositor, con dos canciones que son tan buenas que parecen compuestas por Brian. La primera es "Long Promised Road", una joya pop elegante y melancólica, que se va acelerando hasta sonar rabiosa, con la inclusión de un breve remanso de paz. Y hay que destacar especialmente "Feel Flows", que sin exagerar podría haber sido parte de Smile, en todos los sentidos, por el sonido cálido y sofisticado que sabe transmitir, unos coros tan bien enlazados y esa sensación orgánica de bienestar y belleza. Lo mejor de este disco no es sólo ver a Carl haciéndose pasar por Brian, sino también escuchar la nueva canción de Bruce Johnston, "Disney Girl", una balada con un fuerte acento melancólico que encaja muy bien en el conjunto, absolutamente introspectiva y adecuada para un día gris y lluvioso. Hasta Al Jardine consigue canciones resultonas, con la simpática "Take A Load Off Your Feat", inofensiva, ligera pese a sus pretensiones de ser cantada junto a una fogata, y la más misteriosa "Looking At Tomorrow", con un punto espectral que la hace muy excitante. Y entre todo esto, una convincente nueva versión de un tema de los años cincuenta de Leiber y Stoller, titulada como "Student Demonstration Time".

Pero lo mejor aún está por llegar. Las tres composiciones de Brian aportan a un disco ya muy bueno de por sí una magia tan intensa que lo alza varias atmósferas más allá. La primera de estas joyas es "A Day In The Life Of A Tree", un cuento infantil en toda regla que parece cantado desde una dimensión fantástica, una pieza fascinante de un musical perdido sobre la naturaleza. "Till I Die" resulta sobrecogedora porque Brian Wilson está hablando claramente -con el lenguaje que mejor domina, el musical- sobre el proceso de naufragio de su mente, desde una primera parte circular e increíblemente emotiva, con una voz que parece que fluye sin filtros desde su alma, para acabar con un cambio de ritmo que pone el vello de punta, solemne sin la necesidad de ser pretencioso, una verdad profunda ante la que sólo es posible dejarse arrastrar. Y "Surf's Up" realmente merecería un capítulo aparte. Sus espirales son del todo inextricables, divididas en dos secciones claramente diferenciadas: la primera cantada por Carl, que levanta unas expectativas increíbles en sus diferentes bifurcaciones barrocas, preciosistas, casi esculpidas y con un falsete de otro mundo. Y después aparece Brian al piano, dejando testimonio de todo lo que ha sido con unos minutos de una belleza inapreciable en la que muestra por última vez la puerta del mundo celestial que sólo él podía contemplar. Queda para el recuerdo, especialmente, el momento en que canta "Surf's Up" y después rellena la melodía con un murmullo. Impresionante.

Con este disco termina el legado más importante de los Beach Boys, como una ola que se retira y que deja la arena húmeda en un paisaje de desolación. Al año siguiente, con Carl and The Passions: So Tough, sufrirán un grave tropiezo al abandonarse a los sonidos más comerciales del rock setentero. Y ya no se levantarán salvo en momentos puntuales, o en discos muy concretos, vistos desde el cariño, como en The Beach Boys Love You (1977) -bonitas melodías con unos arreglos estrafalarios- o Keepin' The Summer Alive (1980), coincidentes con las fugaces recuperaciones de Brian Wilson. A medida que terminaba la década, los Beach Boys fueron convirtiéndose en un teatro del esperpento, con un Mike Love que entendía el grupo como un circo con el que enriquecerse, y aun así podemos señalar al menos dos momentos especiales de dos de sus miembros más carismáticos: para empezar, la primera y única grabación en solitario de Dennis Wilson, Pacific Ocean Blue (1978), un apreciable conjunto de canciones rock que con el tiempo se ha convertido en un disco de culto, y especialmente, el extraordinario primer disco en solitario de Brian Wilson (1988), que es una resurreción con todas las de la ley que le muestra en una forma admirable después de casi dos décadas de vagar en las tinieblas.

Una inspección más detenida de su discografía completa revela a los Beach Boys como el grupo famoso más desconocido, un conjunto que de la mano de su genio pasó por etapas muy diferenciadas, que cuenta en su haber con varias obras maestras y que, en definitiva, puede considerarse sin lugar a dudas como el grupo más grande de la historia del pop junto a los Beatles.

The Beach Boys. Surf's Up (1971)

El ciclo Beach Boys ha terminado, pero seguid atentos: a modo de apéndice, el jueves hablaremos del brillante debut de Brian Wilson en solitario en 1988, un disco cargado de enormes canciones en las que recuperaba gloriosamente la inspiración. Un disco que habla sobre el amor y que, para ello, se sirvió de algunas de las canciones más encantadoras que Brian había grabado nunca.

Textos recomendados:
"Carl Wilson". Por Dérik Granz, en Beach Boys Forever. Trayectoria artística de Carl Wilson, tanto con los Beach Boys como en solitario.
"Dennis Wilson. Pacific Ocean Blue". En
Paisajes Sonoros. Artículo sobre el único disco en solitario de Dennis Wilson.
"Mi disco favorito de los Beach Boys". Por Peter Buck, en R.E.M Nation. El guitarrista de REM explica las virtudes de su disco favorito de los Beach Boys, The Beach Boys Love You.
Brian Wilson. Surf's Up. Totalmente necesario ver este vídeo, perteneciente a un documental sobre la grabación de Smile, en el que Brian Wilson interpreta Surf's Up al piano.

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jueves, febrero 14, 2008

Los Beach Boys crepusculares (V). "Sunflower"

Si algo no se puede negar a los Beach Boys, que a comienzos de los setenta dejaban atrás su estandarte como grupo de culto, es su intensa capacidad de trabajo y de autoperfeccionamiento. En 1970 graban Sunflower, que continúa siendo ignorado en América pero que en Gran Bretaña es saludado como el Sgt. Pepper de los Beach Boys. De cierta manera, la semilla aquí plantada terminaría por germinar en su último gran disco, Surf's Up. Sin embargo, podemos ver varios avances con respecto a 20/20: una mayor cohesión entre las canciones, una minuciosidad instrumental y vocal a prueba de balas y, en resumen, una obra de artesanía en toda regla en la que todos aportan su grano de arena.

Sunflower es un disco esforzado, valiente, honesto, con el que los Beach Boys luchan de nuevo por situarse en la cresta de la ola en unos años que ya no estaban hechos para ellos. La participación de Brian Wilson es mínima, pero todos se imbuyen de su talento para fabricar una caja de música en la que cualquier detalle suena bonito y preciso. Dennis continúa dando lo mejor de sí, esto podemos verlo en la pieza que abre el disco, "Slip On Through", que trata de captar la energía caliente de la década con algunos gramos de soul, y como siempre, entre deliciosas armonías vocales y un gusto por la inmediatez y por enganchar a la primera. Su habilidad progresa y otra muestra de ello es "Got To Know The Woman", todo un rock and roll setentero de adictivo estribillo, matices rhythm and blues y voces en crescendo entre el gospel y el soul. Pero la mejor de su triunvirato para este disco es sin lugar a dudas "Forever", emparentada sentimentalmente con "Without You" de Badfinger (que popularizaría Harry Nilsson), y que es un mosaico pop puramente emocional en el que se tocan como un arpa las fibras del alma: al final resulta una de las mejores canciones del disco, y también una de las baladas más logradas y penetrantes de la década, escrita por alguien que en los primeros discos de los Beach Boys se contentaba con grabar sus solos de batería.

Y a pesar de su ocaso, Brian también reluce, aportando temas del calibre de "This Whole World", divertida, fantasiosa y extremadamente romántica, como una canción de Disney pero sin el azúcar, y además cantada con pasión por Carl, que mece su voz como le da la gana. A gran nivel raya también "Add Some Music To Your Day", un estándar pop de inmaculado preciosismo, cristalino y con un estribillo sosegado pero claramente ganador. Bruce Johnston ya había demostrado que podía aportar cosas en 20/20, y aquí prosigue su línea ascendente. Las pruebas son "Deidre", que parece un clásico, una cancioncilla melancólica y desenfadada que atrapa sin remedio desde que empieza y con detalles tan emocionantes como las flautas que rodean la voz de Bruce; y la melodramática "Tears In The Morning", una canción de hermosa tristeza envuelta en celofán, como todo el disco, y adornada con bonitos detalles que la hacen más entrañable si cabe. En "It's About Time" participa casi todo el grupo, es la más rabiosa de todas, entre trompetas hostiles y guitarras masculinas. Wilson aparece otra vez en "All I Wanna Do", tan sencilla que da la impresión de conocerla de toda la vida, y aun así vaporosa y cargada de misterio, con un Mike Love que no puede ser más conciso cantando. Y, claro, otro trallazo de Brian: "Our Sweet Love", mi favorita del disco si no fuera porque también existe "Cool, Cool Water", otra vez la voz de Carl para adaptarse a la perfección a las exigencias de la música mística de Brian, toda una historia sentimental que concluye en un estribillo casi espiritual y que lanza los sentimientos al espacio entre infinitas armonías encajadas con precisión milimétrica.

En la penúltima canción toma Al Jardine el protagonismo: "At My Window" es una excursión al campo, una canción atmosférica donde las haya que convierte la música en impresiones palpables, una jornada tranquila entre pájaros y árboles, muy dulce, muy trabajada, otra candidata a la banda sonora de una película de Disney. Pero sin lugar a dudas, lo que hace que este disco pase de muy bueno a excelente, es el último bombazo: "Cool, Cool Water". Ya hacía varios discos que los Beach Boys recurrían a los restos del naufragio de Smile, pero es que este tema queda perfecto en un disco como Sunflower y arroja luz sobre lo que Brian imaginaba que iba a ser su obra maestra. En la canción, unos coros se repiten una y otra vez durante cinco minutos, pero suena todo tan sencillo que realmente parece música extraída de la naturaleza, el tiempo se pasa volando mientras la escuchamos y nos dejamos llevar por sus sensaciones de paz y armonía con, esta vez sí, una enorme sonrisa en la cara y un chispazo de entusiasmo en el pecho. Al acabar, no tendremos más remedio que empezar de nuevo el disco. Fabulosa. Un Smile que hubiese mantenido este nivel habría sido una de las obras artísticas más descomunales de la historia.

Disco romántico, carismático e inspirador de buenos sentimientos, Sunflower no sólo fue el penúltimo peldaño antes de Surf's Up, sino que al igual que Friends, pasó a formar parte de la historia de miles de personas. Algunos álbumes nacen con aromas especiales y susceptibles de crear un mundo paralelo en el que ocultarse y ser feliz. El sol de Sunflower nunca ha dejado de irradiar para aquellos que se han tumbado tranquilamente a la sombra de sus canciones.

The Beach Boys. Sunflower (1970)

Acaba la semana, pero no lo hace todavía el ciclo de los Beach Boys más oscuros. El próximo lunes se cierra el círculo con Surf's Up, el último disco de melodías y belleza antes de que los Beach Boys cayeran de pleno en el letargo de los setenta.

Textos recomendados:
Revista Efe-Eme. Opinión de Fran Fernández -integrante de Australian Blonde y La Costa Brava- sobre Sunflower, en el apartado "Punto de partida", e indicativa de los prologandos efectos de Sunflower: "No voy a hablar de Pet sounds, me gustaría hablar un poco de Sunflower. Después de las crisis nerviosas sufridas por Brian Wilson tras la grabación de Good Vibrations, este disco de 1970 tal vez sea el que más resista una comparación con aquél del 66, y supone a la vez un renacimiento, y (junto a Surf’s up. Van juntos en las reediciones de los CDs) un canto del cisne (...) Tal vez tenga uno de los mejores “encadenados” de la historia: “Deirdre”, “It’s about time”, “Tears in the morning”, “All I wanna do” y “Forever”. Hay algo que me atrae mucho en estas historias tan americanas de ascenso, caída y segunda oportunidad. Sin ir más lejos, pienso ir a ver Rocky Balboa. Y cada vez que escucho este disco una infinita sensación de belleza y melancolía se apodera de mí."
"The Beach Boys. Sunflower (1970)". Artículo en Aloha Pop Rock, página a la que hay que reconocer su ingente trabajo, a pesar de que a veces no acaben de controlar cierta pedantería innecesaria.
The Beach Boys Spain. La página más completa sobre los Beach Boys en español, muy cuidada y con un interesantísimo foro centrado exclusivamente en el grupo.

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miércoles, febrero 13, 2008

Los Beach Boys crepusculares (IV). "20/20"

20/20 nace en una época convulsa históricamente y con unos Beach Boys que se dan cuenta de que ya no pueden depender de Brian Wilson, metido hasta las cejas en las drogas y en su mundo de batidos y hamburguesas (de hecho, ni siquiera aparece en la portada). Los introvertidos mundos pop de los discos anteriores ya son parte del recuerdo y aun así el grupo sigue optando por fabricar las mejores canciones posibles, en un momento de transición que los sitúa al borde de la bancarrota. Los siguientes discos será una mezcla del talento del resto de los miembros y las chispeantes composiciones de Brian, aunque a veces tendrán que recurrir a las canciones perdidas de Smile. Aun así, 20/20 es un álbum que no engaña, canciones sin más que todavía recogen algunas de las mejores esencias del pasado, incluida la versión de un clásico de Spector y las Ronettes, "I Can Hear Music", un estilo que todavía se adapta muy bien al pop delicado y envuelto en celofanes de los Beach Boys.

Pese a todo, y aun considerando las dulces melodías que encierra, 20/20 es un disco nervioso, con cierto punto caótico e indicativo del momento en que fue grabado: el final del engaño hippie, la resaca de la psicodelia, la expansión de las drogas duras y la irrupción de la violencia. La primera de sus canciones, "Do It Again", tuvo cierta repercusión comercial, pues recurría a los sonidos surferos de sus primeros discos, pero bajando las revoluciones e incluyendo los coros y las armonías de siempre. Luego hay otra versión, la verdad es que elegida con mucho gusto, la buddyholliana "Bluebirds Over the Mountain" de Ersel Hickey, que ellos llevan a su terreno adornándola con sus voces y con unos teclados de aroma caribeño. Dennis Wilson también había aprendido a componer canciones, y ahí está "Be Whith Me", cantada con mucha delicadeza, como ya había hecho en el disco anterior con "Be Still", y con una breve conclusión de carácter épico que deja un gran sabor de boca. "All I Want To Do" es otra estupenda aportación de Dennis, un rock energético interpretado con muchas ganas y con un adictivo cambio de acordes antes de entregarse al frenetismo. Y aún hay más sorpresas, porque Bruce Johnston, experimentado músico de surf que se había unido a los Beach Boys en 1965 para sustituir a Brian en los conciertos, graba su primer tema para el grupo: "The Nearest Faraway Place"; un instrumental que protagoniza un piano ensoñador, y que él concibió como la continuación para "Let’s Go Away For Awhile" de Pet Sounds.

Continúan las versiones: "Cotton Fields" se conforma con ser una adaptación correcta del clásico de Leadbelly, aunque quizá buscaba el mismo golpe de efecto que "Sloop John B" de Pet Sounds, pero Brian Wilson ya no estaba en condiciones de inventarse sonidos mágicos de la nada. Aun así, se acopla con naturalidad al disco, y además después viene "I Went To Sleep", una especie de nana infantil en forma de vals que suena casi como una canción navideña, una miniatura exquisita con el color de la nieve que demostraba lo que Brian podía conseguir cuando salía fugazmente de su propio encierro. Brian también destaca con "Time To Get Alone", definitivamente otra genialidad, una pieza pop cargada de elegancia y sencillez y con una melodía infecciosa, tratada entre algodones. Sorprende que una canción tan tierna preceda a "Never Learn Not To Love", atribuida a Dennis pero en realidad obra de Charles Manson, el visionario asesino más conocido por sus matanzas de famosos en Cielo Drive, y originalmente titulada "Cease To Exist". La canción es estupenda, tiene un neurótico tono folk que los Beach Boys convierten en pop de quilates y, además, contribuye a hacer más denso el ambiente enrarecido del disco. Dennis fue amigo de Manson y su familia y participó en muchas de sus orgías, pero a Manson no le sentó nada bien que Dennis se apropiase de su canción, ni tampoco que le cambiase la letra, originalmente una oda a la sumisión.

El disco termina con dos canciones rescatadas de la época Smile: "Our Prayer", la canción que abriría aquel disco imaginario, y que es una sucesión de texturas vocales con vocación de plegaria musical, hermosas y placenteras. Y sobre todo, "Cabinessence", que concentra los mejores aspectos de aquel proyecto fallido: las melodías intrigantes, complejas pero al mismo tiempo inmediatas, y la inclusión de partes radicalmente distintas -en este caso un coro guerrero que presenta batalla- y que no obstante encajan entre ellas de una forma absolutamente natural.

20/20 fue un esfuerzo de supervivencia cuando los Beach Boys se dieron cuenta de que Brian Wilson cada vez daba menos. Sin embargo, sus éxitos aislados en single y su alta calidad de conjunto no ocultaron un nuevo fracaso comercial, lo cual condujo a la ruptura con la discográfica y a una precaria situación como grupo. Los Beach Boys, lejos de desanimarse, centraron sus esfuerzos en un nuevo disco que cambiaría por completo su suerte y con el que se ganaron de nuevo el favor de la crítica y del público: Sunflower.

Y por supuesto, mañana podréis leer un nuevo artículo sobre el renacer de los Beach Boys en 1970 con Sunflower, un excelente y minucioso disco, antes de su última obra maestra: Surf's Up.

The Beach Boys. 20/20 (1970)

Textos recomendados:
"Bruce Johnston". Por Alan James, en Beach Boys Forever. Un repaso a la trayectoria del músico que empezó siendo un recurso para las giras del grupo y que terminó por convertirse en miembro de pleno derecho.
"Smile, ¿mito o timo?". Por Powerpep, en Pet Sounds. Reflexión sobre las auténticas cualidades de Smile, en uno de los mejores blogs españoles de música que han existido nunca, y que lamentablemente ya no se actualiza.
"Canciones perfectas: Good Vibrations". Por Luis, en Computer Age. Apasionado artículo sobre uno de los hitos indiscutibles de la música popular.
"The Beach Boys: Breakaway". Imprescindible escuchar esta canción, que apareció como single antes de que los Beach Boys dejasen Capitol, y que es una muestra más del brillante pulso creativo que les llevaría hasta Sunflower.

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